Prescindiendo de la lluvia

Está uno en la cafetería y tiene que prescindir de la lluvia que persiste al otro lado del cristal multiplicada por esas carreras sin velocidad para escuchar la historia del botánico, reparador médico de plantas que desprecia a su mujer porque ella no tiene una profesión clínica, como os lo digo, y cuyo hijo quiere ser profesor para tener muchas vacaciones y poder estar con sus hijos el tiempo que su padre no está con él porque está tratando de sacar adelante por orden alfabético abutilones, acalifas, alegrías, amarilis, begonias, buganvillas, incluso bonsáis, camelias, crotones preñados de látex, dioneas atrapamoscas empachadas de moscas, guzmanias, petunias, tradescantias o zebrinas, con lo que gana mucho dinero para luego llegar a casa y hacerle saber a su esposa entre las azaleas que todo cuanto ella hace está mal hecho. Y la luna y el sol se suceden sin desacuerdos entre sus luces en estas lluvias de diciembre, cuando sin embargo por todas partes salen de la nada músicas de guiñol y molinillos de viento.

Rumor

A causa de un problema en un tímpano, ella oye a veces un zumbido inexistente.
Algunas noches, mientras ella duerme, él permanece despierto, escuchando esa sonatina de olas mentales.
El amor tiene esas cosas.

Más tristezas

No se llamaba Ismael.

La acobardada ciudad vigilaba al mediodía.

Durante mucho tiempo se había estado acostando muy tarde.

Nunca se molestó en buscar a la Maga.

Gregorio Samsa despertó aquella mañana después de un sueño apacible y comprobó que seguía siendo un bípedo corriente.

Tristeza

Nunca lo llevaron a conocer el hielo.

Algunas jornadas particulares

Te miras en el espejo y crees que tienes una idea siquiera aproximada de cómo va a ser el día. Te miras o no, porque piensas (pero preferirías no hacerlo) que todos los días son iguales, que todos merecen la misma cara. Sin embargo, a veces es el día de la risa. A veces el anonimato de la jornada laboral deja paso a una diversión inesperada, absurda, hecha de maniobras y conversaciones que encajan en el mapa mudo del cachondeo como en el invisible bastidor de un puzzle. Llegas incluso a temer (pero eso también te da risa) que alguien piense o diga ¿de qué se ríe o sonríe ese imbécil todo el tiempo?, ¿qué se ha creído?, ¿acaso no se da cuenta de que esa cara de felicidad no hace sino incitar al prójimo jefe o al prójimo colega o al prójimo camarero a fastidiarle sin piedad? Pero nada, no hay manera. Se impone esa percepción del ser humano como portador cuando menos de valores bienhumorantes y, aunque sabes que al final del día te quedará cierta melancolía de incomprendido, te sientes dueño de o poseído por un poder nada superior, un poder que habita a la altura de cualquier mirada, y cuando sales por la puerta de la oficina, por mucho que llueva, sigues dejándote mimar por esa suave, contradictoria euforia.

Precisión

Estamos tan distraídos por el fragor mediático de la vida moderna y su banalidad que se nos ha olvidado festejar el 6012 aniversario de la creación de la Tierra.
Gracias al arzobispo James Ussher, desde el siglo XVII se sabe que nuestro planeta apareció a las 12 del mediodía del 23 de ocubre de 4004 a. C.

Leer un libro

Los responsables de un foro de Filosofía de secundaria han escogido como colofón del curso 2007/2008 la siguiente frase de un alumno:

No puedo opinar nada malo sobre este libro ya que ha sido el mejor libro de los pocos que he leído (todos mandados en clase), sólo tengo palabras buenas… Creo que voy a empezar a leer algún libro por voluntad propia a a partir de este año, que me he dado cuenta que no hay nada malo en ellos.

Parece ser que la inapetencia infantil procede en ocasiones de algún trauma o defecto de formación que impide apreciar el sabor como una fuente de placer. La comida no resulta atractiva y la alimentación parece un trabajo, es decir, una forma de tortura.
Puesto que el gusto por el arte o la literatura no va unida a una necesidad fisiológica de primer grado, el descubrimiento del placer de leer un texto o contemplar un cuadro se hace aún más difícil, y probablemente no necesite de ningún trauma: basta con la ignorancia o el predominio de otras alternativas. Basta con preferir el aburrimiento a un esfuerzo cuya finalidad no se aprecia. Basta, por otra parte, con dejarse llevar por la corriente dominante en un mundo en el que al tiempo que se exige aprender, se desdeña el aprendizaje de la crítica.
Por desgracia, sentirse atraído por la lectura (de momento el alumno del ejemplo sólo percibe que no encierra nada malo) es algo tan azaroso que parece delatar como inútiles las teorías que pretenden programar en el tiempo y el espacio el instante crucial en que un alumno se interese por la materia que estudia. Para algunos son teorías llenas de definiciones complejas y nombres largos cuya práctica camufla con un manglar de burocracia su renuncia a presentar el mundo como mejorable.
Por suerte, a veces el alumno obligado a leer, como el niño obligado a comer, encuentra un bocado que le gusta y descubre que ingerir alimentos no sólo no es malo, sino que además puede acercarlo a la sensualidad, es decir, a esa mezcla de lo inútil y lo placentero que quizá hasta ese momento consideraba asociada sólo a las cosas vetadas por la ortodoxia académica. Paradójicamente (porque la ortodoxia produce heterodoxia), ese descubrimiento es el que más daño puede hacer a ese mundo acrítico en el que nos movemos, y es probable (aunque no seguro) que conduzca al nuevo gourmet a una suerte de insatisfacción nacida del desarrollo del pensamiento crítico, de la exigencia de calidad literaria y del extraño tedio activo en que a veces se sume el lector habitual que de pronto no sabe qué leer. Pero esa insatisfacción será, por contra, el remedio contra el aburrimiento de los idiotas (definición clásica: ciudadano privado y egoísta que no se preocupaba de los asuntos públicos). O, por lo menos, así lo espero.

Nota. – Después de releer este artículo, se me apareció el espectro de un déjà vu (vulgo paramnesia), pero enseguida encontré alivio, seguramente narcisista, en esta frase del Tratado de Narciso de André Gide:

Todas las cosas ya han sido dichas; pero, como nadie escucha, es preciso repetirlas siempre.