Paquidermo

El nuevo vecino poseía la cabeza disecada de un elefante. Los encargados de la mudanza, como no pudieron meterla en el ascensor, intentaron subirla por la escalera, pero sólo consiguieron que los largos colmillos arañaran las paredes. La dejaron en el portal, boca arriba, y parecía un ser extraño, un monstruo vencido que miraba al techo con unos ojos muy pequeños, grises y hundidos en cráteres estriados, como de tierra seca. Una placa de cobre afirmaba que el animal, abatido en Angola en 1955, había pesado doce toneladas y media. La trompa, artificialmente levantada, resumía todas las miserias de la falocracia que había organizado la cacería.
«Este vecino nuevo debe de ser un hijo de puta», dijo el portero.
Trajeron un camión con una plataforma de brazo articulado y telescópico, el más alto grado de perfección en la elevación de objetos, pusieron la cabeza en la jaula y la alzaron hasta la terraza, a la que sólo por un instante se asomó el propietario para hacer con la mano una indicación innecesaria, de manera que, sin que su presencia lo convirtiera en una figura descriptible, su autoridad quedara patente.
Pocos días después, cuando la comunidad se reunió para hablar de los desperfectos de la escalera, el secretario del nuevo vecino entregó un cheque por una cantidad tres veces mayor de la estimada.
«Un auténtico hijo de puta», manifestó el portero.

Rumor

A causa de un problema en un tímpano, ella oye a veces un zumbido inexistente.
Algunas noches, mientras ella duerme, él permanece despierto, escuchando esa sonatina de olas mentales.
El amor tiene esas cosas.

Lo que se dice una ruina

Mi calle es normal, las aceras están rotas y no hay árboles, pero hay tiendas.
Primero está la mercería. Quedan pocas en la ciudad, pero en estos barrios siempre hay alguna porque la gente todavía cose y habla de ello. Entre nosotras nos gusta comentar: voy a hacerle esto a mi sobrina o me tengo que cambiar estos botones. Debo desde hace meses varios metros de blonda, unos visillos, media docena de carretes de hilo, así que procuro pasar poco por allí, pero tampoco puedo dejar de pasar del todo porque entonces empezarán a pensar que no voy a pagarles. La cuenta de la frutería, que está cerca, suelo saldarla a los tres o cuatro días, con regularidad, pero a costa de ir acumulando pequeños préstamos en otros sitios.
Al principio todo parecía sencillo. Sigue leyendo

Esquinas opuestas

En la esquina de la ferretería. En la esquina de la pastelería. Aunque no es homofonía, una imprecisa homogeneidad sonora se manifiesta en los derivados profesionales, como si el artefacto del lenguaje hubiera sido perezoso a la hora de distinguir los sonidos de los nombres de lugares propicios para las citas; y hay que añadir al problema las malas condiciones de la comunicación: en el teléfono, de fondo, se oía música lejana, parásita, tonta.

El primero en llegar se apostó en la esquina de la ferretería. Hizo lo que todo el mundo: miró el reloj (era un poco pronto), oteó calle arriba, calle abajo, la otra acera. En la esquina de la pastelería se situó poco después el otro, que llegó por la cara oculta del edificio, e hizo los mismos gestos, pero añadió el acto también común de encender un cigarrillo. El otro no fumaba: mascaba chicle. El chicle lo desenvolvió cuando comprobó que su amigo llevaba diez minutos de retraso.

Bajo la esquina de la pastelería, el fumador, al tercer cigarrillo, se quedó sin tabaco, pero no se atrevió a ir en busca de otro paquete por si en eso llegaba el otro y se creía que era él el retrasado. Así que se puso más nervioso. A los quince minutos de espera ya estaba cabreado.

Era el final de la tarde. Por la esquina de la ferretería anochecía primero; en el escaparate, el crepúsculo se apoderó de una llave grifa roja, de un martillo, unas tenazas, unos guantes de operario de altos hornos. Un poco después llegó el ocaso al territorio de los pasteles, ya un poco apelmazados, de la tarde pasada sin golosos. El que esperaba allí no quería mirarlos por no parecer glotón y porque ya no estaba de humor. El otro, sin embargo, no quitaba ojo del martillo. El de la pastelería ya no estaba ni cabreado. Su enfado era lento y cáustico. Entró al bar sin prisas, compró tabaco, encendió un cigarrillo, salió, se alejó de la esquina, miró atrás, paró un taxi, subió. Mientras el vehículo se alejaba, miró atrás de nuevo.

El de la ferretería se alejó caminando con las manos en los bolsillos.