Luxemburgo

Su-Mei Tse (con Jean-Lou Majerus), 2009. Tinta, piedra y hierro fundido, 220 x Ø 450 cm. Colección Mudam Luxemburgo

Su-Mei Tse (con Jean-Lou Majerus), 2009. Tinta, piedra y hierro fundido, 220 x Ø 450 cm. Colección Mudam Luxemburgo

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Caballo de Mimmo Paladino

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No tengo claro por qué fuimos a Luxemburgo aquella vez. Creo que fue por azar, quizá por una lectura aleatoria del calendario.
Luxemburgo está hecha sobre bloques acantilados. Desde la ciudad moderna se ven, abajo, entre árboles frondosos, los tejados de la ciudad medieval como una pizarra en blanco, porque son de pizarra gris oscura.
Es la capital de un Gran Ducado. No llega a Reino, pero dicen que es un paraíso fiscal, es decir, que su riqueza (segunda renta per cápita mundial) proviene de un (in)confeso consenso internacional que le autoriza a beneficiarse de la evasión de impuestos de las multinacionales más importantes. Como para confirmarlo, la mayoría de la gente parece vivir muy atareada y hacerlo en un oasis. A veces, ponen emoticonos sonrientes en las marquesinas.
Todos los súbditos del Gran Duque hablan por lo menos cuatro lenguas, y da la sensación de que lo entienden todo aunque les pregunten en el idioma más ajeno del planeta.
No podía estar en mejor sitio la obra de Su-Mei Tse Many Spoken Words (2009, en colaboración con Jean-Lou Majerus) que en el Museo de Arte Moderno de Luxemburgo, su tierra natal.
Dice la artista que buscaba expresar el proceso completo de creación del lenguaje, el modo en que un pensamiento inicial o una idea se desarrolla, primero en palabras habladas y luego en palabras escritas. Se trata de una fuente con estanque, de estilo barroco, por la que mana un flujo continuo y rumoroso de tinta negra.
Esa polifonía artística y lingüística no impide una cierta amargura uniforme en los edificios que rodean al museo, demasiado grandes, demasiado limpios, demasiado bien hechos. Perfectos y rodeados a su vez de obras expansivas. Pero Luxemburgo, lo viejo y lo nuevo, es un lugar del que es difícil quejarse, aunque me he acordado de ese viaje porque de pronto el país más pequeño del Benelux que nos enseñaban en las escuelas de antes de la Unión Europea (también estaban la CECA, el EurAtom y el Bloque del Este) se ha vuelto últimamente un poco más malvado por culpa de las indicreciones de Juncker, todo un emblema.
Durante nuestra visita, no hubo ni un momento de disgusto. Ni siquiera cuando supimos que la casualidad había enviado al futuro la exposición de Dufy. Tampoco nos molestó comprobar que la democracia, la cultura, la convivencia armónica entre gentes de origen diverso, son cosas de ricos. No puedo hacer a esas gentes burguesas y amables culpables del desequilibrio ni ante una obra lírica, bella, repleta de historia y a la vez sencilla, de una artista, hija de un violinista chino y una pianista inglesa, que establece una reflexión calmada sobre el arte, el lenguaje y la historia del pensamiento gracias a que una profunda desigualdad ha producido riquezas ingentes.
El lema nacional afirma que quieren seguir siendo como son. Aquí no pasa lo mismo.
Las fotos que hicimos no son muy buenas, pero hay una fuente de tinta, un smiley y un caballo quizá troyano que me parece que ya no está allí.

Santander Littoral City (o La falsificación de la costa)

Entre finales del siglo XVIII y mediados del XIX, en muchas ciudades costeras europeas, el litoral dejó de ser para la burguesía y la nobleza un vacío arenoso, cenagoso o rocoso, o un espacio de trabajo para la plebe, siempre fétido y malsano, y se convirtió en un ámbito codiciado, un lugar donde cultivar el cuerpo, la estética y las relaciones sociales y poner en escena una exhibición de clases en ejercicio de poder y de ocio saludable.
Los lugares de labor siguieron en sus márgenes productivos, machinas, arrabales y tendederos de redes, pero otros planos urbanos y rurales del fin de la tierra firme empezaron a llenarse de paseantes, sombrillas, bañistas, tertulianos, orquestillas, barquilleros, vapores de paseo, casinos, bailes con carnés, concursos de poesía premiados con una flor natural y reseña en los semanarios de estío…
Los pudientes se hacía llevar en casetas con ruedas al baño para remojarse agarrando maromas bajo la entregada supervisión de apuestos bañeros profesionales. Cuando fue necesario expulsar de los muelles céntricos a pescadores y estibadores, se hizo sin miramientos, y por lo general, a menos que las lagunas históricas se llenen con nuevos datos, el pueblo de nuestras costas asistió sumiso a la intromisión de las clases altas en un territorio que él había disfrutado tanto como sufrido. Con sentido práctico, los pejinos apreciaron enseguida el valor de intercambio del litoral y empezaron a emplearse en los nuevos servicios estacionales. El veraneo regio (Leopoldo Rodríguez Alcalde lo contó muy bien desde su simpatía con el régimen) aportaba populismo además de dinero.
Los balnearios se complementaban con hipódromos, campos de tenis, tiro al pichón, restaurantes. Todo ello supuso una fuerte modificación del paisaje, pero las minorías pudientes no necesitaron, en aquel primer estadio de lo que el historiador Alain Corbin llamó “la invención de la playa”, llevar a cabo un asalto brutal a la orografía. Sus valores no estaban dominados por la pulsión de convertir el espacio en un estereotipo infográfico. La demagogia no nadaba en un cenagal mediático. Los mecanismos de incremento de la riqueza de los privilegiados no necesitaban las burdas tautologías políticas de la ingeniería financiera actual.
Los miembros más aventureros de las clases con derecho a la reinterpretación del litoral como ocio no eran demasiado exigentes. Aceptaban ciertos riesgos. Aprendieron a deambular por los acantilados sorteando los peligros del viento y las torcas. Algunos descubrieron tristemente que los caballos de paseo son sensibles a la furia del mar, como atestigua el Panteón del Inglés que en Santander rinde homenaje a William Rowland.
Más tarde, con la industrialización y el consumo, el veraneo se hizo turismo de masas y ocupó con distintas categorías de urbanismo los espacios disponibles. Aunque los ricos no perdieron posiciones y se siguieron reservando las mejores calas, la masificación de las clases medias asaltó la costa y adaptó el espacio a la ideología del ocio consumista. La evolución de ese desarrollismo, y en gran medida su declive, ha conducido a una reelaboración que tiene mucho de huida hacia adelante o de fracaso premeditado y que, si una sociedad cada día más cabreada no lo impide, cumplirá su función de desplazar dinero y patrimonio públicos hacia manos privadas con una excusa simple: puesto que lo multitudinario no puede ser lujoso (el lujo al alcance de todos es una falacia que aleja a los multimillonarios hacia destinos más exclusivos, exóticos o artificiales), debe ofrecer un espejismo de cemento y ruido, abundante en neón y exhibiciones de aerobic, que simule el ideario vacacional de la propaganda televisiva. Y eso, por supuesto, incluye al paisaje, que no suele valorarse como tal, sino como una pantalla que hay que llenar de estereotipos.
Así, entre hoteles y campos de golf, los paseos deben ser asépticos, regulares, fáciles. Eso no quiere decir que antes fueran difíciles. Todo es mejorable, pero la senda litoral que justifica este artículo ha sido transitada sin problemas desde hace siglos por todo tipo de gentes.
En la misma zona donde el autor de libretos de zarzuelas José Jackson Veyan perdió a su amigo Rowland, que también contiene la playa de El Bocal y lo que queda del Puente del Diablo, el Ayuntamietno de Santander y las autoridades marítimas con competencias para ello se han empeñado en hacer del camino de Cabo Mayor una especie de paseo-mirador, para lo cual, sin contemplaciones, se han destruido las piedras, cementado los caminos y expulsado a la vegetación, supongo que porque, en el modelo turístico imperante, todo lo que no sea ortogonal, esférico y, en general, regular, es un estorbo indigno de formar parte del paisaje o de los accesos a su visión, independientemente de que el paisanaje lleve siglos haciendo un uso continuado del lugar.
Ya que los pobres cada vez son más pobres y los ricos son demasiado ricos, podemos pensar que el estereotipo de turista medianamente acomodado que presentan como coartada los gestores abanderados del bien común es fundamentalmente imbécil y alérgico a las formas naturales. Curiosamente, es el modelo ideal para justificar las obras y el gasto público previo a la privatización de terrenos costeros con la excusa de un desarrollo probablemente inviable por falta de clientela, pero eso no importa mucho, ya que el riesgo económico lo asumimos todos y la supuesta iniciativa privada puede adaptar las condiciones de las concesiones mediante los chantajes habituales. Me estoy acordando del superpuerto de Laredo, pero no quiero salirme de la senda de Cabo Mayor, que ha sufrido a toda prisa (aceleraron las obras en cuanto empezaron las protestas) un proceso planificado de homogeneización, es decir, de destrucción, aplastamiento, anulación de la diversidad geográfica y estética, para adaptarla al funcionalismo sin matices de las finanzas. De este modo, el mantenimiento posterior se reduce al mínimo, se evitan los desequilibrios del medio e incluso se enmienda la erosión, esa técnica escultórica equivalente a una verdadera escritura automática, que tanto molesta cuando, por ejemplo, hace desparecer las pruebas de las llegadas de barcos de piedra cargados con cabezas de mártires.
A la vista los planes expuestos, es de esperar que se produzcan nuevos y mayores actos de vandalismo institucional, siempre en la misma línea de considerar que las piedras no son geografía, para hacer de los lugares isotipos de la fachada litoral (la autoridades dicen “frente”, como en un lapsus militar que delatara la agresión) que apenas empezó a prefigurarse en los tiempos de los jinetes de los acantilados y que hoy desdeña la ciudad interior y la mar de los marineros con la misma intensidad con que busca convertirse en una postal digitalmente manipulada. Ya saben: puro emblema suplantando su propio paisaje.

Logo-rally de Sotileza

Un logo-rally o recorrido obligado es una constricción oulipiana que consiste en escribir un texto en el cual aparezcan obligatoriamente, en un orden previamente establecido, una serie de palabras. A modo de esbozo de pastiche en homenaje a José María de Pereda, he elegido el glosario de voces técnicas y locales que añadió al final de su novela Sotileza. Puede consultarse aquí.

Caboteaban arenques. Como abarrotes llevaban mallas de limones y ristras de ajos y cebollas. La mar estaba tan quieta que habían puesto alas en todas las velas. El patrón peroró sobre aligotes y amayuelas como un predicador del Pequod mientras sacaban a las amuras, bajo las arrastraderas, las artes de pescar. Consiguieron unas piezas hermosas que devoraron asadas. Al acercarse a la barra, se cruzaron con varios grupos, los remeros apretados contra las bagras para soportar los bandazos, buscando ganar un espacio tranquilo donde barloventear las barquías y salir del despotismo del barquín-barcón. También alcanzaron buques mayores con pasajeros ociosos en las batayolas y marineros que revisaban parsimoniosos las bitaduras, veleros ufanos de hacer bolinas hasta rozar el agua con las bordas y otros más de agua dulce que enseguida encontraban un pretexto para hacer bota arriba a la banda. Nada nuevo entre la brisa ni bajo el sol, que, a ratos, parecía teñir la calima con botabomba. En cuanto entraron, sin esfuerzo, en la bahía, prepararon las bozas para liberar el ancla. El branque oponía menos resistencia en aquellas aguas civilizadas; arriba, las burdas perdieron tensión.
Acodados al cabel, los tripulantes, con la fachada de la ciudad todavía a varios cables, alimentados por la cacea, pensaban en las cafeteras de ritual. Los reflexivos de los muelles calaban aparejos; algunos buscaban mayor calo lejos de los pantalanes cancaneados de algas y chapapotes; otros capeaban en botes las escasas corrientes del puntal. El groom, que quería aprender, liberó el capón. Cargaron todas las velas. Fijaron los cubos a las carlingas. Había sobrado carnada y las gaviotas lo sabían. Sobre las maderas renegridas del embarcadero, mujeres con carpanchos formaban un carrejo parlanchín, cazaban cabos de bultos de estiba, ceñían viento, luz y neblina con ropajes de mahón y se burlaban de los pescadores que se exhibían ante las más jóvenes ciando como borrachos, cinglando botes entre los pataches o fingiendo querer cobrar a pulso las amarras para trepar a las cofas y apostar sobre coles imposibles contreminándose los unos a los otros. Los recién llegados, pequeños mercaderes y formados en costeras, no eran cubijeros; y, en efecto, sin cubijos ni ceremonias, gritaron a los que dormitaban en las chopas de las lanchas que no estorbasen la maniobra y sacasen los remos de las chumaceras si no querían acabar como chumbaos perdidos.
Esa misma tarde, en la taberna, el patrón contó la deriva torpe que casi les había llevado a desborregar la carga, desguarnida con el buque dormido cuando un cabo se había roto como una driza barata.
La taberna lucía empavesaduras de banderas lejanas, aparejos que nunca habían sido encarnados y grandes espejos. Había que descender tres escalerones desde la calle y, en tiempos de lluvia, todos se burlaban por la ausencia de escobenes. Una gran lámpara, hecha de una rueda de timón, de la que colgaban quinqués sujetos por escotas a las nueve cabillas, iluminaba toda la eslora del salón. Para encenderla, había que bajar la rueda mediante una polea y un cabo que se sujetaba mediante un estrobo a una cornamusa situada detrás de la barra. Era un espectáculo ver al propietario, antiguo bañero, subir el montaje de una sola estropada o hacerlo filar con una sola mano sin que las filásticas le hicieran ni un rasguño. Exhibía en un lugar destacado un retrato veraniego en el que ostentaba músculos, bigote, sombrero de ala ancha y camiseta a rayas apoyado en un bauprés para destacar, bronceado, contra la blancura del foque.
Se hablaba en las tertulias, por supuesto, de galernas y olas que alcanzaban los galopes, de garetes angustiosos, de garreos largos como travesías americanas, de bandazos hasta las guindas y de monstruos marinos que incendiaban las lascas.
Pero también del mal gobierno de los puertos y de privilegiados exentos del limonaje, normalmente navíos enlucidos hasta las lumbres de agua que entraban temiendo las salpicaduras de los macizadores, pero cuyos dueños condecorados no despreciaban unos buenos maganos a la plancha y acudían en manjúas de estío, sin mezclarse con los mareantes, a los restaurantes bien asentados en la costa, siempre a salvo de maretazos, con masteleros de adorno en los jardines, y engullían mediosmundos de sulas y mocejones mientras oteaban con prismáticos germánicos los movimientos del Muelle-Anaos y las inclinaciones de las pedreñeras que sacaban muergos al otro lado de la bahía. Y encima afirmaban sin rubor que eran capaces de orzar un velero como cualquier habitual de las quebrantas.
No hace falta decir que los navegantes de la taberna vestían más bien de pallete, calzaban suelas ásperas para no resbalar en los paneles, limpiaban los pantoques con orgullo por necesidad, y no para presumir, eran en su mayoría parciales, pero sin exageraciones, apreciaban la parrocha fuerte, se hacían llamar pejinos, llevaban siempre un pernal en el bolsillo, sabían geometría porque el pico de cangreja tiene ángulo, respetaban lo mismo una pinaza que un vapor y se hacían respetar a piñas aunque con ello no ganasen ni un fardo de porreto.
Después de la primera noche de arribada, el patrón se sabía obligado a pasear parte de la mañana (era un caluroso tardío, húmedo pero sin lluvias) por las dársenas y careneros; mejor en el momento de la bajamar, para ver las pinturas que descubría la marea.
No faltaban los raqueros. Se aventuraban furtivos hasta los raseles de los buques. Saltaban al agua, entorpecían las remas, hurtaban esquifes y obligaban a las naves a rendir las bordadas antes de tiempo. Pescaban mules de reñales ajenos, se burlaban de las resacas, rodeaban a largas brazadas los resalseros, desplazaban rizones y despreciaban por igual la ropa de agua y la de tierra. Para vivir a la santimperie y escamotear sargüetas no hacían falta sotilezas ni suestes. Y siempre era más bella la plata de una sula que la de una copa de surbia.
Bajo los entoldados de la machinas, trataba de robar tabales, rollos de tanza, lo que fuera. Y casi siempre tenían que huir en tapas para ganar la orilla segura donde escondían el tabaco y allí hacer círculo y apenas meditar, fumando tapándolas hasta la asfixia, que los hubieran apalizado con toletes de trincarlos o que en la fuga podrían haber sucumbido a una troncada y explotar como ufías. También iban a buscar ujana para venderla, pero sólo cuando upar estaba muy difícil porque los carabineros se empeñaban en hacerlos virar por avante y mantenerlos alejados de los zonchos.
Todo lo cual se reflejaba en el pasado de nuestro navegante como las nubes se confundían con la mar.
Hacia el mediodía, la nueva carga estaba apalabrada.
Quizá sólo los marineros comprendan de verdad el clínamen.

Marcel Duchamp hastiado de los artistas

Marcel Duchamp, artista al que tenemos por iniciador de las vanguardias, escribió esta carta a su amiga Katherine Dreier, con la que había fundado la primera asociación de arte contemporáneo, llamada Societé Anonyme Inc. (es decir, Sociedad Anónima, S. A.).
Creo que basta echar un vistazo a la biografía del autor para comprender que, si alguien conocía el asunto del que trata la misiva, era él.

5 de noviembre de 1928.

Sus dos cartas anunciando un posible cese de las actividades de la Sociedad Anónima Inc. no me han sorprendido. Cuanto más frecuento a los artistas, más me convenzo de que son unos impostores desde el momento en que tienen el menor éxito.
Eso quiere decir también que todos los perros que rodean al artista son unos estafadores. Si observa la asociación entre los estafadores y los impostores, ¿como puede usted estar en condiciones de conservar alguna especie de fe (y en qué)?
No me sirve que mencione algunas excepciones que justificarían una opinión más clemente a propósito de todo el “jueguecito del arte”.
Al final, se dice que una pintura es buena sólo si vale “tanto”. Incluso puede ser aceptada por los “santos” museos, y en la misma medida por la posteridad.
Por favor, ponga los pies en la tierra y, si le gustan algunos cuadros, algunos pintores, contemple su trabajo, pero no intente convertir a un timador en honrado o a un impostor (fake) en faquir.
Esto debería darle una indicio del humor que tengo. Estoy revolviendo viejas ideas de hastío.
Pero sólo lo hago por usted. He perdido de tal modo el interés (todo el interés) en el asunto que no sufro por ello. Usted todavía sufre.

Ver Nueva York es siempre un placer, pero demasiado caro, incluso si pagan por ir.
Volveré a escribir pronto.
Afectuosamente,

Marcel Dee.

Reconstruir una lengua

Si tuviera que elegir una lengua perdida para que fuera reconstruida, estudiada y utilizada, creo que escogería el sabir o lingua franca del Mediterráneo.
Era el idioma vehicular que desarrollaron los navegantes, mercaderes, soldados y habitantes de los puertos. Está documentado su uso desde el siglo XI hasta el XIX, pero es muy probable que empezara a formarse mucho antes, a partir del latín vulgar, el griego y las lenguas de la costa asiática, hasta que el avance de las lenguas romances ocupó el núcleo principal, compuesto primero por las lenguas del norte de la península italiana y occitano-romances, a las que se añadieron después elementos españoles, portugueses, árabes (con fuerte influencia en la sintaxis), bereberes, turcos, y llegó a ser empleado ampliamente para el comercio y la diplomacia, y también entre los esclavos de los baños (según Cervantes, en toda la Berbería, y aun en Constantinopla, cautivos y carceleros se entendían en una lengua que era mezcla de todas las lenguas), los piratas y los renegados europeos del norte de África precolonial.
En 1662 apareció en Bruselas la Relación del cautiverio y libertad del señor Emanuel d’Aranda, antiguo esclavo, donde se muestran ejemplos y datos sobre el uso vulgar y diplomático del idioma. Se sabe que Rousseau lo usó en Suiza para entenderse con un otomano. Goldoni y Molière lo citan en sus obras. Daudet retrató a un turco, combatiente de la Comuna, que apenas hablaba el sabir: “esa jerga argelina compuesta de provenzal, de italiano, de árabe, hecha de palabras abigarradas recogidas como conchas a lo largo de los mares latinos”.
En 1830, cuando los franceses empezaron a colonizar Argelia, publicaron un Diccionario de lengua franca o morisca seguido de algunos diálogos familiares y de un vocabulario de las palabras árabes más útiles, para uso de los franceses en África. Pese a esa impresión, el impulso colonial de las distintas potencias, con la introducción masiva y reglada de las lenguas europeas, provocó el declive de la lingua franca, que había alcanzado su máxima extensión en el siglo XVII.
Sin embargo, abundan los rastros de este idioma impuro. A través de los portugueses, llegó a América, Asia, África y Oceanía: se enfrentó a las lenguas autóctonas y perdió la mayor parte de su vocabulario, pero a algunos filólogos les sirve para explicar las similitudes entre las lenguas pidgin y criollas. En Inglaterra formó parte de la farándula y se unió a las jergas de los ladrones y marginados (polari). También se refugió en el argot urbano del Magreb.
Ya en el siglo XX, Blaise Cendrars afirmaba que el sabir lo hablaban todos los marineros de Levante. Poco antes, en 1893, Pierre Loti escribía así de una joven griega: “Con una sonrisa, se detenía, le daba alguna flor, una brizna de naranjo (…), a veces le decía dos o tres palabras en una mezcla de francés y sabir”.
Si alguna forma de emotividad intelectual (o el simple aburrimiento) nos llevara a hacer el esfuerzo de rehacer un idioma olvidado, definir su gramática nunca escrita, dotarlo de neologismos, pragmática, literatura, hablarlo y, en suma, usarlo como instrumento de comunicación (sin desdeñar, por supuesto, constricciones potencialmente liberadoras y simples diversiones), ¿encontraríamos labor más bella que vivificar una lengua de marineros, saltimbanquis, esclavos, soldados, filósofos, mercaderes, bufones, putas, piratas y ladrones?

Diccionario para uso de los colonos franceses en Argelia - 1830.

Diccionario para uso de los colonos franceses en Argelia – 1830.

Llibro de Emanuel d'Aranda - siglo XVII

Libro de Emanuel d’Aranda – siglo XVII

Página del Diccionario de 1830

Página del Diccionario de 1830

Un viajero del otoño de 1894

El escritor francés René Bazin, agrarista, católico y tradicionalista, se dio una vuelta por Santander en septiembre de 1894. En Bilbao, el padre Coloma le había aconsejado visitar a Galdós y a Pereda. Encontró al primero en su residencia (“un sitio maraviloso desde donde la mirada puede vagar por toda la bahía”) y don Benito, que admiraba a Pereda y su obra, y quizá conocía las afinidades de Bazin, insistió en que lo visitara en Polanco. Lo hizo. Le entusiasmaron la sabiduría literaria de Pereda y su defensa del medio y la cultura rurales, y parece que se sintió algo desconcertado por su carlismo militante. Se despidieron “como dos personas que empiezan a quererse y no van a volver a verse”.
Anécdotas de escritores aparte, el recorrido de Bazin por Cantabria no le proporcionó una actividad social muy intensa, pero le permitió a cambio escribir algunos párrafos con descripciones y sensaciones que, creo, merecen una lectura. Si algo me ha sorprendido de ellos, es el raro acuerdo entre un desconocido desconocedor y un imaginario asumido en estas tierras. Pero no se trata ahora de entrar en profundidades.

La mejor manera de ir de Bilbao a Santander es por mar. El ferrocarril da un gran rodeo, y baja hasta Venta de Baños para luego volver a subir hacia el norte. Una línea de vapores, que, por desgracia, sólo funciona durante los meses de verano, sigue la costa cantábrica y pone las dos ciudades a cinco horas la una de la otra.
(…)
Doblamos una serie de cabos con acantilados enormes, desnudos, desmoronados, hendidos por las olas, y, de repente, se abre una bahía lo bastante profunda para que no se vea su fin, y las montañas que cortaban el horizonte se alejan en menudos encajes malvas, y la orilla derecha se llena de islotes verdes, de arboledas que rodean pequeños cuadrados blancos que se aproximan, que se mezclan, que se convierten en una ciudad. Avanzamos lentamente; hay tanta luz, tanto cielo, tanta bruma fina sobre las cosas, que pienso en los dos escritores, y comprendo.
Ya pueden ustedes suponer que, con semejante suavidad en sus costas, una ciudad no puede dejar de adormecerse. Santander es menos activa que su rival Bilbao; tiene lagos muelles donde amarran algunos navíos a vapor, veleros, dos grandes steamers que calientan motores para algún destino lejano; tiene casas de baños, artistas, ricos comerciantes, todo en la costa elevada que bordea el golfo y que acaba en un espolón de rocas de un amarillo ardiente flanqueado por dos playas.
(…)
Si quieren saber, amigo mío, lo que he hallado de novedoso en estas leguas de campo recorridas al trote lento de mi coche, le diré que, primero, la propia carretera, llena de baches, polvorienta, bordeada de árboles enfermos; después, los bosques de eucaliptos, que abundan en la costa, bosques muy altos, tupidos sólo en lo alto, olorosos y sombríos como pinares sin brillo en las hojas; una mujer que llevaba sobre su vestido gastado el cordón negro de una orden terciaria; hombres en blusas muy cortas, color salmón con rayas negras o azules con rayas blancas; una caseta de perro, delante de una granja, con la inscripción “guardia jurado”; un tenderete lleno de bonitos cántaros modelados en forma de pájaros con círculos de pintura roja alrededor de los cuellos; casas pobres que parecen abandonadas y dejan colgar junto al camino sus ristras de cebollas rojas y de maíz dorado.
(…)
En el muelle de Santander, donde compro un cigarro, la vendedora me saluda con esta expresión de despedida encantadora: “¡Vaya usted con Dios!”. Un aduanero se pasea por el lugar donde se produjo la explosión. Se envuelve en un abrigo escarlata y negro que le da un falso aire de turco. De la terrible catástrofe del 4 de noviembre de 1893, apenas quedan algunos rastros: un agujero en el muele de carga al que estaba amarrado el buque repleto de dinamita; barras de hierro retorcidas, dispersas por la calle o en los jardines descuidados de la catedral. Las veintitrés casas destruidas por el incendio han sido reconstruidas más bellas que antes. Los muertos han sido olvidados. Hace una noche luminosa, templada, de una paz casi demasiado grande, por encima de este teatro de tantas agonías. Los muelles se pierden hacia la mar; la mirada los sigue por el reguero de luces de gas cada vez más cercanas y brumosas; la bahía, de un azul irreal, transparente, sin una arruga, aclarada por la luna, refleja los barcos, las luces de a bordo, las estrellas; en la orilla opuesta, se adivinan confusamente montañas con formas de nubes y cimas de plata. Parece uno de esos paisajes románticos, trazados con mosaicos de nácar, de los veladores antiguos. Antes me reía de sus colores inverosímiles. Y ahora encuentro aquí, en esta noche de otoño, el sueño realizado de los artesanos de Nuremberg.

René Bazin. Tierra de España (1895).

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Dos fotografías (una sencilla cuestión de tiempo y de distancia)

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La fotografía del coche número 61 fue tomada en 1913 por el adolescente Jacques-Henri Lartigue. A pesar del gran desarrollo tecnológico de la época, todavía faltaba mucho para que se produjera la ruptura que suprimió la espera entre la captura y el revelado. El vehículo salió truncado, los espectadores movidos, las ruedas adquirieron formas elípticas. Lartigue, dicen, se llevó un disgusto. Guardó la foto y no la hizo pública hasta los años 50.
Desde entonces, muchos consideran esa imagen una de las más representativas del siglo XX porque contiene velocidad, distorsión, impulso, dinamismo, formas incompletas, elementos por lo visto constituyentes del canon que metaforiza la época que parece inaugurar. Está tomada muy poco antes de la inmersión de mundo en la primera barbarie altamente tecnificada, en un momento en que los creadores de las vanguardias todavía asistían aturdidas al abismo futuro. Pero su efecto se hizo esperar dos guerras.

Premio WFS

La otra foto es de nuestro contemporáneo Michel Quijorna2, que ya me parecía un gran fotógrafo antes de que, por esa y otras cualidades, nos hiciéramos amigos. Es una fotografía de género, un encargo para una boda, un acto comercial que, por supuesto, no excluye la creatividad.
Entre ambas imágenes hay cien años de distancia, pero, al traerlas aquí como si doblásemos por la mitad una larga hoja de papel con un gradiente cronológico en cuyos extremos se hubieran fijado, con haluros de plata una y con una impresora láser la otra, al coincidir en el tiempo y el espacio, dialogan sin ningún problema de comprensión ante nuestras miradas saturadas de diaporamas. Es casi demasiado evidente que se expresan en el mismo lenguaje. Sería demasiado fácil decir que se trata de la grandeza atemporal del arte; y, en mi opinión, también sería una falacia.
La foto de Lartigue ya provoca en la incierta comunidad de amantes de la fotografía el efecto de sublimidad que le solemos atribuir al concepto de obra clásica. Digo esto sin matizarlo para no tener que pegarme con el diccionario.
La foto de Michel Quijorna no es clásica; no ha entrado en la clase exclusiva de la emoción estética porque ésta se ha diluido por la proliferación de imágenes y la facilidad de reproducción que caracteriza nuestra época; lo tiene tan mal como cualquier otra excelente fotografía actual para situarse en la historia del arte, que ya no puede ofrecer modelos, sólo ejemplos de uso didáctico. (Por cierto, una pregunta fuera de campo: sin modelos que subvertir, ¿dónde queda la vanguardia?)
Entre ambas imágenes hay millones de fotos. En la primera, las leyes de la velocidad impusieron sus sólidas distorsiones; pasaron décadas hasta que el embrujo de la realidad se apoderó de los buscadores de nuevas estéticas. En la segunda, aparecen o se sugieren todos los enemigos de la fotografía: la sombra, el movimiento, la distancia imprecisa, y además se permite jugar con la idea (errónea, claro) de que un reportaje de boda debe responder a ciertas convenciones más bien estáticas y uniformadas. Ha obviado la saturación de imágenes de nuestra época para recrear con la técnica de la actualidad la espontaneidad de la vanguardia. Lo cual, por supuesto, es una contradicción flagrante, pero efectiva: las sombras azarosas han sido capturadas con precisión científica por alguien que estaba atento a los indicios de lo casual.
No es ninguna novedad afirmar que todas las reflexiones felices sobre el arte se resuelven en paradojas esenciales; es decir, nunca se resuelven del todo.
La imagen de Lartigue fue producto del azar manejado por manos inquietas, del disparo de un joven fotógrafo contra los primeros movimientos desorbitados del siglo XX; tenía todo a su favor, pero en contra de su voluntad: el obturador de cortinilla horizontal, la velocidad angular del movimiento de la cámara intentando encuadrar el coche, la velocidad de éste.
La habilidad de combinar técnicas precisas para mostrar la aleatoriedad del mundo de una manera creativa (la sombra de una grupa, el contraluz de un vestido blanco, la fuga de un paisaje) salió de los hallazgos de los que encontraron lo mismo mientras buscaban ver el mundo esquivando el azar.

Notas:

  1. El vehículo, un Théodore Schneider, era uno de los participantes en el Gran Premio del Club del Automóvil de Francia de 1913, en el circuito de de Picardía, en Amiens. Iba pilotado por René Croquet, a quien acompañaba el mecánico Didier. La velocidad era de unos 112 km/h cuando se capturó la imagen. Quedó el décimo de los once vehículos que llegaron a la meta, a 1 hora, 16 minutos, 0 segundos y 3/5 de segundo del ganador. Más datos (en francés) aquí: Jean-Marie Saint-Jalm: De la fortune d’un èchec photographique.
  2. Sitio web del autor. La foto fue una de las premiadas en los Wedfotospain Awards.