La pasión de Sonia Mármara (anacronía de entretiempo)

Ligerezas tristes de los felices veinte, dirían muchos. Mármara contiene islas de mármol. Alude quizá a la belleza mermada por la pasión resuelta con la obscenidad de un disparo.
Una mañana de finales de julio de 1927, poco después de las siete, la joven griega Sonia Mármara se sentó frente al mar en un banco de una balconada de los jardines de Piquio, empuñó la pistola que le había robado a su amante y se disparó bajo la barbilla.
El día anterior, el hombre había recibido un telegrama con la noticia de la llegada inminente de su familia. Se sabe poco de él. Un suelto del Heraldo de Madrid afirma que ella pidió que le fuera devuelta el arma a un tal Francisco, policía, pero esa versión parece obra del largo viaje de los rumores, los cuales, por cierto, según se quejaba un reportero local, ya habían comenzado aquí: la belleza de la joven convirtió en leyenda su paso por la ciudad hasta que las linotipias hicieron su trabajo y la redujeron al estereotipo de una “mujer de temperamento exaltado, histérica sin duda”.
Era frecuente que las familias se separasen durante el veraneo. Las más pudientes anunciaban en las gacetas las llegadas y partidas de sus miembros por etapas. Don fulano comunica a sus allegados que se encuentra en la ciudad y que en una semana se reunirán con él su señora e hija después de que ésta participe en el certamen de arpa, la gala poética, el concurso de tocados, momento en que recibirán a sus allegados locales en su residencia de descanso… Era también una manera de avisar a los amantes de la posibilidad de retomar los escarceos.
Este, sin embargo, es un caso más humilde. Sonia era manicura. Había llegado de Madrid. Esos desplazamientos laborales de temporada siguen siendo frecuentes. La pareja había vivido unos diez días de magia, pero hacía sólo dos que se alojaban juntos en la fonda La Provinciana. Sonia, en cuanto el galán le advirtió de que debía volver a la normalidad, hizo enviar su equipaje (dos maletas, un maletín y una sombrerera) a la estación de ferrocarril. Dijo que partía para San Sebastián. Pero, en lugar de eso, fue a tratar de suicidarse.
A causa de la herida, tuvo que declarar por escrito. Se adivinan la fatiga, la mano débil, la tinta arañada como un suspiro entrecortado con tres cesuras: “Quería morir, me ahogaba; le quería mucho”. Sobrevivió al intento, pero perdió parte de su belleza; puede también que entristeciera para siempre la sonrisa arcaica, la prueba de vida de las estatuas eginas, que la había destacado en el mundillo de jóvenes solitarias de los paseos, los baños, las ferias de arcos florales. Manicura expulsada del discreto paraíso donde se mezclaban la nebulosa de lo sórdido y la falacia del amor romántico. Dispuesta a la vez a buscarse la vida y a aceptar, pese a la arisca intuición de la mentira, el ritual de promesas que nunca serían cumplidas. Un rostro cálido velado de mármol. Una de esas presas fáciles para los falsos solteros que no se contentaban con las profesionales baratas de la cuesta de Gibaja ni con los amueblados burdeles del Arrabal. En esos ambientes faltaban el juego del dominio seductor y la teatralidad de la pensión discreta. Y el abandono de la falsa prometida, al fin y al cabo, solía ser fácil. La prensa no se detiene en el amante: sólo quería volver con su familia, declaró.
Esos vuelos de verano han perdido el tinte de postal de aquellas ceremonias sentimentales, pero la continuidad es manifiesta. Todos los años el turismo trae, como los ejércitos, una caravana de oficios y sueños que se pasean por el Sardinero a media tarde, se muestran en Cañadio por la noche, planean empleos e idilios precarios o definitivos en las cafeterías por las mañanas. Se mezclan lo laboral, lo turbio y lo deseado con esa apabullante sensación de intemporalidad que envuelve todo en la estación más grávida del año. La primavera y el otoño son provisionales; el invierno arrastra su nombre como un pesado fardo; el verano se contradice como un caos establecido. Llega una joven manicura griega arrastrada por un río de exiliados, conoce a un hombre, atiende sus promesas, es abandonada, se dispara, escribe siete palabras y vuelve al cauce anónimo de la historia sin siquiera dejar constancia de esperar nuevos engaños.

El miedo de un agente cultural

El agente cultural número 193bis respondió tarde a la Encuesta del Plan Director de la Economía del Ocio y, aunque le permitieron contarse entre los privilegiados que merecían servir de coartada al Gran Proyecto, no consiguió un número propio y apenas figura en algunos registros de uso restringido. Eso le ha causado problemas de identidad, un cierto desprecio de los gestores fácticos y nominales y la displicencia en el trato de muchos de sus colegas, la mayoría de los cuales tiene además intereses directos ya consolidados mientras él pertenece a la minoría que, simplemente, aspira a tenerlos. Pero hoy esas aspiraciones han sufrido un desaliento. 193bis acaba de salir de una reunión y sabe que ha vuelto a meter la pata. La culpa es a la vez de Cornelius Castoriadis y Kurt Vonnegut. No debió mezclar lecturas. Esa alternancia, unida a un recuerdo de Alfred Hitchcock, se ha inmiscuido en sus ideas mientras participaba en un evento propagandístico. A veces, esos eventos se relajan y la mente vuela libre, ajena a la presencia de un avión que busca un blanco en el desierto. Nada de eso parecía venir a cuento, pero alguien ha mencionado al MUPAC y, sin meditarlo, 193bis ha dicho:
-El MUPAC corre el riesgo de convertirse en un MacGuffin, recluirse en un infundíbulum cronosinclástico sin salida y, cuando pierda interés esa función, desaparecer del imaginario social instituido.
Y, para colmo, ha añadido:
-Bueno, y de todos los demás imaginarios.
Se ha hecho un silencio frío. Algunos burócratas de la Concejalía de Concejalías (ConDeCon) tomaban notas en sus portátiles poniendo caras de examinadores. Un observador de la Consejería de Consejerías (ConsDeCons) murmuró algo en su teléfono móvil y luego sonó muy discreto y siniestro el bip de mensaje enviado. En algún despacho, alguien habrá empezado a mirar enciclopedias electrónicas.
Nuestro agente ha salido a la calle antes que todos los demás, esquivando la parte más importante de la ceremonia, la de los círculos conclusivos, como si ya le diera igual todo, y como si hubiera olvidado de repente la importancia de permanecer en las esquinas y umbrales hasta el último momento. Ahora, para tratar de paliar los daños, tendrá que hacer una ronda de llamadas de emergencia a su pequeña red clientelar, un grupo apenas cohesionado de amigos/enemigos a los que el tiempo ha ido más o menos condenando a compartir información. Eso también supone un riesgo: sabe que  todos son agentes dobles, triples, múltiples, hasta el punto de que muchos no podrían trazar un sociograma de dependencias, seguridades, amenazas e intereses sin crear el borrón de un laberinto.
La realidad de la ciudad es difícil incluso para buscar un lugar tranquilo desde el que meditar las estrategias más simples. Un deambular esquivo lo lleva hasta el palacete que sirve de sala de exposiciones junto al embarcadero, ahora aislado del panorama, a su derecha, por dos bloques de hierro y cerámica con pinta de balcones absurdos todavía en construcción. En este asunto, cuando se ha presentado la oportunidad, ha estado acertado, de acuerdo con el protocolo dominante. Aunque detesta el edificio, no lo ha dicho en ninguna reunión oficial y lo ha repetido muchas veces en reuniones privadas, teniendo buen cuidado de añadir la coda de la prudencia:
-Pero ya sabemos cómo somos aquí, qué le vamos hacer, igual al final no sale tan mal, lo que hace falta es que lo acaben pronto y que de verdad sirva para dinamizar…
El caso es que tiene que buscar un recurso presentable sobre un tema que no tiene claro y puede volver a surgir en cualquier momento, en cualquier foro, homenaje, conferencia, rueda de prensa… ¿Qué debe defender respecto al Museo de Prehistoria y Arqueología y cómo encajarlo a posteriori en la tontería intelectualoide que acaba de decir ante todo tipo de agentes multiplicadores de insidias en feudos en constante competencia?
El MUPAC está en condiciones precarias desde su fundación en 1926. Como raptado por los trafalmadorianos, 193bis salta sin orden por los espacios implicados, desde el Instituto hasta los sótanos del Mercado del Este pasando por los bajos de la Diputación. Sólo parte de los fondos están expuestos al público. Siempre ha estado en la capital. Pero la capital parece tener otros intereses, que asocia al supuesto prestigio de una burbuja artística. Según algunos, esa burbuja está a punto de desinflarse a nivel global como el consolador anal de McCarthy en París, pero aquí pretenden materializarla en un centro de arte contemporáneo con un horrible impacto visual destinado además a entronizar y desgravar la tradición de la banca cuando ésta ha alcanzado el grado máximo del poder y el mínimo de escrúpulos y todo el mundo lo sabe. Y, de paso, repartirán por toda la ciudad sus complementos, posos callejeros de la vanguardia domesticada a modo de murales y rotondas que fingen rebeldía con beatitud conceptual para tapar planes de expulsión de vecindarios que han cometido la torpeza de no vivir lejos del alcance de la servidumbre hostelera y constructora. A lo que hay que añadir el plan de comprarle a un empresario una colección sobrevalorada para poner aquí, junto al blasón del banco, la etiqueta monárquica de un museo en crisis de gestión, finanzas y espectadores. La ciudad prioriza esos intereses, pero tampoco quiere que el museo se vaya, porque aquí la capitalidad, más que un hecho administrativo, es una pulsión ideológica que quizá provenga de los tiempos en que la montaña era un obstáculo para el tráfico harinero. La región, dueña del museo, estaba en otras cosas, o quizá en ninguna, durante este tiempo perdido. Imaginarios en conflicto, quizá, pero orquestados por políticos acostumbrados a pactar las diferencias.
193bis merodea por las piedras familiares. Contempla el monstruo amable de la machina de la Monja, desmantelado porque el Centro Botín estorba su mantenimiento. A los estetas del bloqueo paisajístico siempre les ha estorbado la arqueología, los barcos hundidos, las murallas, las fuentes desenterradas; lo mismo que a los bólidos de aquellos futuristas de las fascies les fastidiaba la victoria de Samotracia, que en las vanguardias hubo de todo aunque ahora todo valga como “progresismo”. Pero sobre eso, como sobre casi todo, nuestro agente prefiere no opinar, y apenas se detiene un instante para ver la fluorescencia ornamental de edificio de oficinas que se expone en el palacete, donde no hace mucho asistió a una promoción de la retroalimentación de los cánones culturales heredados que debió ser titulada “El franquismo no fue tan malo, caramba”.
Pese a sus esfuerzos, el agente del número prestado casi no encuentra nada donde posar la vista, aparte de la bahía color gris llovizna, que ya estaba ahí antes de todos los obstáculos.
193bis tiene miedo al horror al vacío rector de los movimientos y presupuestos de esa suerte de agencia cultural absoluta y monocorde que traza las reglas del juego que él y otros, constituidos en risible “sector interlocutor”, tienen que jugar para alimentar sus estómagos y su egos. Miedo a exponer una afirmación que no haya sido homologada por la unanimidad, el factor que, como el soma de Huxley, salva a los elegidos como él de la marginalidad, la rebeldía y la autoexigencia y que sólo se logra con la sumisión. Qué tiempos aquellos en que galeristas, libreros, artistas plásticos, escritores, músicos, actores, etc., competían entre sí por el favor del público, puede que con los mismos instintos entre proletarios, serviles y pequeñoburgueses (según la autocomplacencia, el estado de cada conciencia, la demanda social y sus ingresos), pero sin depender de una puesta en escena asfixiante de pantallas azules y lenguaje de clichés y palabras-maleta e imágenes-maleta vacías.
Pasea por el muelle y tiene miedo. La psique es materia y la cultura propaganda. El interior de esa maquinaria propagandística es darwinista en el sentido falaz de la palabra, ese que hace natural la propia falacia, y se distingue perfectamente qué simios tienen el árbol asegurado y cuáles tendrán que matarse entre sí para entregar a los grandes los mejores frutos. 193bis siente que la distancia entre él y un número digno tiene infinitos decimales. Pasea y teme. El camino cambia. Un olor a pescado recién descargado por mujeres armadas de capazos, ruidos de estiba, gritos de lanzadores de amarras, llamamientos a los peones del lemanaje: esas evocaciones involuntarias (de nuevo las lecturas le juegan malas pasadas) le advierten de que sigue viajando en el tiempo y, para mayor tristeza, de que un instante de heterodoxia (“El MUPAC corre el riesgo de convertirse en excusa irrelevante de una puesta en escena, recluirse sin remisión en un lugar del espacio curvado hacia todos los lugares posibles del tiempo y del espacio y, cuando pierda interés esa función, quedarse sin significado en la imaginación estable de la sociedad”) tal vez le impida obtener cualquier subvención, promoción, encargo o relación imprescindible para su carrera.

Surgencias

Creo que hay un montón de artículos que comienzan así: “En uno de los relatos más celebrados de Borges…”. Es casi un género. Y es casi un subgénero que el relato citado sea Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, donde, sin traumas aparentes, un artículo imposible del tomo XLVI de la Enciclopedia Angloamericana (copia barata de la Británica) se desliza en la realidad para trasformarla. Comparten la responsabilidad Adolfo Bioy Casares (feliz culpable habitual en la vida de Borges), los espejos, la noche y una quinta alquilada con biblioteca. A partir de ahí se incorporan a la geografía, con el mismo derecho y efectos que los territorios ya conocidos, primero un país inexistente y sus regiones, y luego todo un planeta, sus sabios ortodoxos y heterodoxos, su filosofía, sus misterios y su cultura clásica, que sólo comprende la psicología, lo cual explica de paso las consecuencias de la intromisión de un mundo que no existe en el que, digámoslo así, existe.
Lo que me hace traer aquí este juego literario no es precisamente ese trasvase de la nada a la idea y de ésta a la realidad, sino una tosca aproximación al mecanismo sutil propuesto para hablar del surgimiento de vestigios de un pasado que el mundo tenazmente expulsó por la fuerza de las armas y la emasculación de la razón. Tal vez a Borges no le haría ninguna gracia el uso de su ficción como punto de partida. Pero Borges ya no es de Borges. No importa que lo que a continuación cuento tenga más que ver con el esqueleto armado que descubrieron en Macondo al buscar oro arrastrando imanes o incluso con aquel tren fúnebre que tampoco existió. Otros vestigios secundarios que no llegan ni a pequeñas leyendas llenas de nostalgia y frustación se hacen también atractores por su persistencia pese a las negaciones, las mixtificaciones y las obliteraciones del bando victorioso después de un golpe de estado que provocó una guerra, cuatro décadas de dictadura y no sé cuántas de alta densidad de microfascismos. Quizá eso sea más prosaico que el idealismo burlón del fervoroso bonaerense, pero en la literatura (y también en la historia) todo son recursos.
La presencia inquietante, no sé si surgida de la narración de un heterodoxo, aparece aquí también en una enciclopedia, pero lo hace con la ligereza de una cifra apuntada a lápiz en el margen de una página quizá elegida al azar por un administrador. Esta vez se trata de la Enciclopedia universal ilustrada europeo-americana editada por Espasa, a la que muchos tuvieron en tiempos por un templo de papel.
Cuentan que los 82 tomos de la edición vigente en su época fueron adquiridos por el Ateneo Popular de Santander (1925-1937)1, con la correspondiente suscripción a los suplementos y apéndices venideros. Por cierto que la evolución y crecimiento de la Espasa merecería una ficción de senderos que se bifurcan para ella sola.
Desmantelado el Ateneo Popular por el franquismo, la enciclopedia desapareció. Algunos dicen que los libros fueron echados a la pira; pero otros sostienen que fueron, simplemente, robados: muchos franquistas eran más aprovechados que inquisidores. Pasaron los años, vino la Transición y, por supuesto, nadie con poder entendió que hubiera nada que reparar. Pero siempre quedan pequeñas emergencias de la memoria.
Un día, una Reconocida Institución Cultural santanderina con cierta tendencia a la suplantación, estando en posesión de una enciclopedia Espasa de la que sus gestores no habían hecho caso durante años, solicitaron a la editorial los suplementos que faltaban. Los suscriptores obtenían un precio más barato que los que compraban los anexos como nuevos clientes. La Reconocida Institución se consideraba suscriptora, pero no poseía documentación que lo acreditase ni figuraba en los registros de clientes. Espasa, sin embargo, tenía una solución: bastaba un código escrito a lápiz en una de las páginas para comprobar la identidad del adquiriente2. El código resultó ser el del Ateneo Popular.
Esta historia no tiene consecuencias inmediatas perceptibles, como tampoco el descubrimiento de Borges y Bioy de un volumen con un índice anómalo y cuatro páginas de más puede aportar materialidad en un universo construido desde la cita de un heresiarca de Uqbar que consideraba el todo un sofisma. Las tendencias más asentadas de la ciencia ficción postulan que, si se viaja al pasado y se alteran los hechos, sólo el viajero sufre el drama: el presente se adapta sin que los coetáneos tengan conciencia de las consecuencias de los cambios. De hecho, no existen las consecuencias: la historia fue de otra manera, eso es todo. Claro que también está un ruso llamado Ígor Nóvikov, que propone otras derivas. Según él, aunque pudiéramos viajar al pasado y consiguiéramos modificarlo, el presente sería el mismo. No es que los hechos sean inalterables, pero su trayectoria por el tiempo es como la de un proyectil muy pesado lanzado por el espacio a gran velocidad: sólo una catástrofe podría desviarlo. Menos mal que el relato de Borges parte de aceptar la premisa (no se asusten: sólo es un juego) de que las ideas crean la realidad.
Si está usted sentado cerca de una gran enciclopedia en una Institución Cultural Local de Rancio Espectro, piense que en una de esas miles de páginas puede haber un código de falsa quietud que arrastra consigo la historia con una tenacidad insólita.

Notas:

  1. A propósito de la principal entidad socializadora de la cultura que ha habido en Cantabria, es imprescindible este libro.
  2. No he conseguido verificar si el método (que un bibliotecario local me ha señalado como curiosamente teutónico) es el habitual. Invito a los lectores ociosos a investigar por su cuenta.

El músico que vino de Colorado Springs

Para Mario Corral, que suele hablar de mi abuelo.

Cuentan que el trompetista que vino de Colorado Springs no subió a la furgoneta que se accidentó cerca de Mazcuerras, quizá en los años cincuenta, porque el público se había enamorado de él durante la verbena que la orquesta acababa de animar. Por eso fue Manuel Corral el único superviviente. Falleció de viejo, cuando ya sólo podía tocar teclados. Como buen jazzman, todo en él es leyenda.
Su madre pudo haber sido víctima del naufragio del Titanic, ocupante abnegada de las anegadas clases inferiores, si hubiera podido embarcarse en Southampton en lugar de hacerlo en algún puerto de Levante. Su marido ya la daba por perdida mientras la esperaba en una ciudad que en los miradores de internet se extiende por la llanura entre cerros indios y bases militares. Está lejos de los santuarios de la música clásica del siglo XX (Charlie Parker se escribía con Stravinsky), lejos de los algodonales y del Chicago de los afroamericanos que se fueron a probar fortuna en los mataderos o del Detroit de la expansión automovilística. No es fácil saber qué hacían en Colorado. Las grandes extensiones surcadas por convoyes de contrabando de alcohol no parecen proponer gran cosa a los emigrantes. O quizá era eso: la aventura laboral, con sus crepúsculos, lo que acertadamente se llama “buscarse la vida”. Ni siquiera sabemos si el músico había nacido cuando se reunió la pareja en aquella ciudad de inexplicada elección.
El caso es que nació o llegó allí muy niño. Empezaba a esbozarse lo que sería la Edad del Jazz: Manuel creció en medio de la efervescencia; el ragtime empezaba a pulsar los compases con otros acentos y sus partituras empezaban a ser olvidadas para que los improvisadores recogieran el sedimento de los estándares; la vertiente religiosa de los cánticos, los espirituales, y la profana, los blues nacidos del griterío callejero y del trabajo,  empezaban a revolverse desde el delta al norte. Ya habían grabado los primeros discos las orquestas blancas del dixieland, pero Manuel Corral, años después, cuando trabajaba en los trolebuses de Santander, contaba que tocaba con negros, que iban en camiones de pueblo en pueblo, atravesando los campos de parcelas de Dios, que decía Caldwell, y que hurtaban sandías. Pónganle música a eso: con un banjo, una armónica, una tabla de lavar, una guitarra de cuerdas roncas, una corneta comprada a un desertor… Las blue notes en aquellos tiempos eran veneno. A muchos les bastaba un instante, la vuelta de una esquina en la calleja apropiada, para intoxicarse. Los estudiosos de la mente lo atribuyen al efecto de la síncopa sobre ciertos caracteres impuros, a la lascivia del mestizaje expresada sin tapujos por el aliento de los metales. No hay nada más creativo que las contradicciones: hoy es lo habitual, pero un trompetista blanco era entonces una rareza frecuente. Lo sabían bien tipos como Chet Baker y Boris Vian, autor éste de la más salvaje novela antirracista además de trompetista de corazón condenado.
De muy joven, Manuel ganó una trompeta chapada en oro en un concurso. Puede que la Gran Depresión o las leyes estadounidenses sobre las penumbras de los bares obligaran a la familia a volver a España. Huyeron de las uvas de la ira y vinieron a caer en la guerra civil. Contaba Francis Picabia que Arthur Cravan se había disfrazado con uniformes de todos los bandos para escapar de la guerra, que así había sorteado todos los frentes. Manuel Corral borraba las líneas militares para cambiar de orquesta. Quizá esa fortuna en la contienda era consecuencia de un pacto con el diablo, como los que firmaban los mitos del blues, cuyas tumbas nunca aparecen y cuyas almas quedaron presas en las encrucijadas: los viajeros llevaban cruces de clavos en las suelas para santificar sus huellas y espantar a esos fantasmas, pero no podían silenciarlos. Sin embargo, aquí, lo lograba a veces la posguerra de la cruzada. La Semana Santa era un infierno: estaba prohibida la música. Para colmo, los padres de Manuel regentaban un baile. Debió de ser en la primera Cuaresma de la paz decretada cuando lo acusaron de ocultar armas y lo detuvieron. Alguien así, tan extraño en armónicos como extranjero de acento, tenía que resultar sospechoso. Sólo los registros lo exculparon.
Condujo vehículos pesados y rechazó un buen empleo en un banco. Lo mismo tocaba en las galas del Café Cántabro que en las fiestas de los pueblos. Lo llamaban el Americano. Aunque tenía un aire a Clark Gable, nunca miraba al espectador en las fotos. Quizá viraba a bop los obligatorios pasodobles e inoculaba ritmos lúbricos en las almas contrarreformadas de los romeros. Década tras década, aprendió a rehuir las furgonetas fatales, a “ser buen músico para tocar lo que quisiera”, como dicen que decía los que alguna vez lo oyeron convertir una montañesa en estándar.
Cuentan que en las romerías se paraba el baile para oír sus solos. Lo quiero imaginar tocando What a wonderful world en un templete una noche de verano y a todas las parejas mirando el vuelo de los acordes inauditos por encima de las brañas.
Señoras y señores, con ustedes Manuel Corral, el jazzman que vino de Colorado Springs para improvisar su vida. Su historia se escapa por los huecos entre las palabras y es diferente cada vez que se relata porque está hecha con la misma materia que su música.

Santander 1893: piano incendiado en la vía pública

La noche del 9 de Septiembre de 1893, el piano del alcalde en funciones de Santander, señor Almiñaque, ardía en medio del Paseo de la Concepción, hoy Menéndez Pelayo. La cuerdas se soltaban inarmónicas como látigos al rojo. Antes habían tecleado tonadas chuscas los asaltantes de la vivienda.
No era el único fuego de la ciudad. En la plaza de la Libertad, saqueados los despachos del arrendatario de las cédulas personales, una pira acababa con muebles y documentos. Era la hoguera más grande de la noche (los mozos se desafiaban a saltarla), pero en la calle Calderón también se volvían cenizas las posesiones de la oficina de la empresa adjudicataria del suministro de aguas.
Aquella tarde, a eso de las seis, el alcalde había llegado al ayuntamiento vestido de negro y con sombrero de copa para presidir un pleno que derivó en algarada, luego se volvió motín y terminó al día siguiente con la ocupación militar de la ciudad. Todo ello a causa de las fuentes.
El problema no era nuevo. Los manantiales anunciaban su agotamiento desde hacía años.  En dos décadas, entre 1857 y 1877, la ciudad pasó de 17000 a 38000 habitantes. En verano se sumaban unos 10000 residentes más. Las clases altas y el turismo de lujo recibían el suministro mediante fuentes particulares y canalizaciones directas, y no estaban libres de contratiempos, pero la mayoría de la población pasaba sed y tenía dificultades para lavarse, limpiar sus hogares o preparar sus alimentos.
Cuando la situación se agravó, hicieron venir a un abate zahorí francés que señaló dónde excavar, cobró y se fue. No hubo suerte. Del mismo país trajeron a un ingeniero fontanero que hizo un estudio detallado y propuso soluciones: había que profundizar las acometidas, drenar, cambiar los tubos. Como había fuentes públicas y privadas, éstas se llevaron la mayor parte del presupuesto, que estaba lejos de la cantidad recomendada. Las catorce fuentes populares siguieron teniendo problemas.
Llegaron el tifus y el cólera. Se sepultaba a los presuntos fallecidos con alambres atados a los tobillos que, en caso de resurrecciones, hacían sonar campanillas en la garita del vigilante del camposanto. Aunque remitió la epidemia, las autoridades sanitarias se pusieron serias: las fuentes no servían. Así que se concedió a una empresa privada la captación del agua del Pas en el alto de la Molina, su conducción a la ciudad y la renovación de los surtidores.
En 1885 empezó a funcionar el primer depósito, en Pronillo, y se celebró inaugurando una fuente monumental en la Alameda. Sin embargo, el abastecimiento seguía siendo insuficiente y la distribución defectuosa. Había fuentes de pago en el centro y gratuitas en la periferia. Clausuradas las antiguas, las que entraron en servicio sólo daban agua unas pocas horas al día. La situación era provisional, hasta que se completaran los depósitos, pero la cosa se demoró demasiado.
El 4 de septiembre hubo un incendio en Peña Herbosa. Los bomberos no tenían bombas y los calderos tardaban siglos en llenarse. Se perdieron varias casas de marineros. El 5 de septiembre ya hubo alborotos en la fuente de Becedo.
El día del pleno municipal, entre los asistentes que consiguieron sitio en el consistorio y los que esperaban fuera llegaron a sumar unas seiscientas personas. A lo largo de la tarde, según las autoridades, los manifestantes alcanzaron el millar. La sesión empezó bien, sin incidentes, salvo algún grito de ¡agua! Se aprobó comprar material de extinción de incendios, varias bombas manuales, una de vapor, y entonces arreciaron los gritos: no habría líquido que bombear.
Empezaron los empujones, intervino la guardia municipal, se desalojó el pleno, huyeron los concejales.
En la plaza, entre arengas, se organizaron grupos por edades, sexos y afinidades. Los más jóvenes, algunos de niños, zaherían a los guardias. De los mayores, unos volvieron a entrar en el ayuntamiento y la emprendieron con el mobiliario y los papeles. Otros buscaron objetivos en la ciudad. Destrozaron faroles y casetas de obra y reventaron portales de las casas pudientes de la Ribera para sacar en procesión las piletas de mármol rosado y robar los grifos de bronce con formas de tritones y sirenas. Zarandearon a algunos ‘señoritos’ por parecerlo. El fuego de la plaza Vieja casi hizo volar un kiosco de armas y municiones. El peso de la turbamulta lo llevaban trabajadores portuarios, descargadoras de buques y marineros, hartos todos del barro que manaba de los caños de la dársena de Molnedo. No tardaron en agregarse al núcleo más activo obreros, pescadores, pescaderas, carreteros y verduleras, y corrió el rumor de que habían acudido a la revuelta, por pura vocación insurreccional, algunas cuadrillas de mineros.
La Guardia Civil, reforzada con unidades llegadas de la región y dotaciones de infantería, llegó a tiempo de impedir nuevos saqueos en la sede del Monopolio de los Fósforos y la casa del director de la empresa de aguas. No hubo heridos de importancia, sólo contusiones por forcejeos, pedradas y culatazos. Se produjeron media docena de detenciones bajo acusaciones de desobediencia e insultos a la autoridad. A las cuatro de la madrugada, la ciudad quedó tranquila. Al día siguiente se produjeron algunos incidentes menores.
Los apagadores de resonancias del piano del alcalde en funciones crepitaron hasta el alba.

Los pastos de las llamas

Si es cierto lo que dicen las autoridades, en Cantabria, una comunidad con la ganadería camino de la extinción1, hay gente que delinque de un modo organizado para convertir bosques en pastos por la vía del incendio2.
Hasta hace poco, el objetivo principal era conseguir terrenos edificables. Ahora, los que queman los bosques o sus inductores se tienen que conformar con menos, pero todo es recuperable, es decir, recalificable. Si el paraíso de las especulaciones inmobiliarias vuelve a realizarse en estas tierras en cualquiera de sus variantes (inmobiliaria, hostelera o parquitemática) los espacios ya estarán abiertos. Si no, por lo menos habrán mantenido un poco más el espejismo de una economía de la miseria subvencionada. Hasta que acabe la tregua, claro, que el cerco liberal se cierra cada vez más, pero este es el mundo de lo inmediato y del titular doctrinario de cada mañana.
A pesar de los esfuerzos psicoanalíticos, creo que tanto la destrucción como la conservación de los bosques se realizan sin grandes pulsiones irracionales. Las tentaciones líricas o apocalípticas las ponen después los poetas y los políticos, palabras que no están nada incómodas en la misma frase: la poesía también suele estar subvencionada.
Recuerdo a un concejal de Medio Ambiente de un pueblo de los valles interiores que había sido condenado por pirómano. Creo que el término es erróneo; ningún informe psiquiátrico señaló nada patológico, y tampoco aparecieron atenuantes basados en temores atávicos a los mitos enfurecidos que habitan la espesura. Sus electores, estoy seguro, no veían ninguna contradicción en lo que era algo muy grave para los constructores del imaginario de la corrección política en sus mejores momentos de impostada solemnidad. La defensa del medio sin cambio de modelos productivos que ha construido para uso polivalente esa corrección es una ecología sin supervivientes, o sea, una contradicción en los términos, y lo que quieren los habitantes de las comarcas ganaderas es, precisamente, sobrevivir. Siempre lo han hecho a costa de los valles y montañas, transformando terrenos salvajes en pastos según fuera necesario. En una economía agrícola y ganadera, los bosques son hostiles almacenes de leña, caza y setas alucinógenas o no, a los que hay que cuidar para que no se vuelvan peligrosos. Son útiles, pero no es fácil enamorarse de ellos. Son bellos, pero también lo son los terneros antes de ser sólo carne. Son respetables emblemas de lo ancestral (y sobre todo de los terrores ancestrales) hasta donde lo permite la comodidad productiva. A partir de ahí, la rentabilidad exige que mengüen o desaparezcan. Antes, los resultados eran concretos, palpables: leche, cultivos, rebaños, trabajo en suma. Ahora vemos que la transformación en pastos es una excusa vacía. No responde a una necesidad de la ganadería; no hay oportunidades para el equilibrio: la quema produce subvenciones aunque no haya vacas para consumir los nuevos pastizales.
Los delitos de incendio sólo son un paso más hacia el abismo de la riqueza mal repartida mediante mecanismos aparentemente misteriosos y volubles y finalizada cuando la maquinaria del liberalismo hace rodar la mano invisible bien afirmada en el orden de los estados a los que detesta si cobran impuestos directos para servicios sociales y adora si rescatan bancos, autopistas y superpuestos y legislan contra los obstáculos a la ley del más fuerte.
Los ganaderos ya fueron grandes modificadores del medio cuando, hace menos de doscientos años, aprovechando la oportunidad de una demanda creciente, decidieron arrinconar las bovinas autóctonas (esas de cuernos demasiado largos y poca leche que ahora algunos sueñan con recuperar en plan elitista) para traer suizas y frisonas y crear una riqueza que está pasando a la historia porque, eliminados los máximos y los mínimos de compra y producción de leche, o sea, pasando del estancamiento al libre mercado liberal, no pueden competir en el juego de la industria alimentaria y metanizadora que en algunos sitios está creando granjas de miles de cabezas. Contra una que pretende pasar de mil quinientas y que producirá 1,5 megawatios, lo cual hace casi gratuita la producción de leche, se bate hace ya años la Confederación Campesina francesa en un complejo laberinto político y legal3.
Imagino que las subvenciones que hacen rentables los incendios irán desapareciendo poco a poco, a medida que la UE aumente las condiciones y en cuanto los gobernantes autóctonos puedan echarle la culpa sin conflicto a esa entidad de la que nunca son cómplices pero cuyas normas deben ser respetadas hasta el hambre. La alternativa regional parece consistir en vender paisajes adaptados a un turismo selecto (no sé si eso es otro oxímoron), convertir al paisanaje en servicial si no servil, y ofrecerse como infinito lujo residencial o arqueológico o gastronómico o lo que haga falta. Qué pena que no funcione: cincuenta mil parados, la mitad sin prestaciones, y los que trabajan lo hacen en precario porque el ciclo de las promesas de futuro se cierra en que tenemos que ser currantes baratos para hacernos ricos.
En una comunidad tradicionalmente dislocada entre la costa y la montaña y la capital y el resto, y además de economía ganadera muy a menudo mixtificada con la industria y convertida en auxiliar de un proletariado fabril que también desaparece, la textura emblemática del campo cántabro quedó para los intelectuales (nada o muy poco tiene que ver el término con el de Clemenceau para calficar a los dreyfusistas) que calificaron la región e hicieron épica y romance de valles y brañas mientras las burguesía capitalina se forraba trasladando harinas a América. No es que ese imaginario diera para mucho, pero entonces el hinterland castellano era rentable para el puerto, los belgas e ingleses aprovechaban la minería y los suizos, que lo son, trajeron la industria láctea que todavía funciona como una isla en medio de las mutaciones de una comunidad desarbolada. Así que, en cuanto la comunidad imaginada se topó con la era postindustrial, se descubrió inmóvil, pequeña y fiel a su tradición de cortafuegos del norte, que es la manera que tienen los historiadores de decir que no solemos ser gente conflictiva.
De momento, pese a las declaraciones contra la delincuencia, las subvenciones son políticamente rentables. Es decir, mientras esa corporación bautizada con el nombre de Bruselas (y Santander es un banco) no dé el siguiente paso y decida que eso no sólo no es liberal, sino que queda feo. Para entonces, si fuera rentable construir, es decir, si la sociedad sigue aletargada, el paro estructurado, los salarios en la miseria y las libertades atemorizadas, ya no habrá casi bosques protegidos. Negocio redondo. Los incendiarios apuran hasta las posos la pasta fácil y luego ya se verá que caprichos sugieren los supremos ordenadores: discotecas en el erial, macrourbanizaciones blindadas, convertir la región en un plató de cómicos y guapos ocurrentes o lo que haga falta menos reconocer que el juego que se traen entre manos (Varoufakis sabe de eso) es de suma cero en su variante más retorcida, es decir, todo el que no gana cada vez más, pierde cada vez más.

Notas:

  1. Véase este artículo.
  2. El Colectivo de Agentes Forestales da una explicación de por qué arde el norte de España.
  3. Pero es solo un ejemplo: en Alemania hay unas 200 granjas de más de 1000 cabezas; en China se están creando granjas de 10000 a 15000; en Arabia Saudí se ha alcanzado el récord de 35000. Todos estos datos crecen día a día en progresión geométrica.

Santander 1906: un episodio violento

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Una tirada de dados
nunca
aunque se lance
en circunstancias
eternas
desde el fondo de un naufragio
abolirá
el azar

Stéphane Mallarmé

Las crónicas locales suelen presentar los llamados “crímenes del juego” o “del Huerto del Francés” como consecuencia de una época de matonismo, un encuentro violento entre gentes de mala vida que resolvieron sus rivalidades en un enfrentamiento que “se quiso politizar”. La política, en ese contexto, se define como una actividad ritualizada y ajena a incidentes que puedan desbordar el escenario y delatar el desorden del mundo oficialmente reconocido. Así, cuando los hechos iluminaron la escena, aunque la prensa más asentada en la normalidad criticó la tolerancia de las autoridades con los garitos y antros de vicios diversos, e incluso señaló, a raíz del incidente, que “medio Santander anda armado por la calle” y que no era la primera vez que bienpensantes ciudadanos habían expresado su preocupación, enseguida se procedió a la reducción del problema a una anomalía producida por un submundo desatado cuya vigilancia hubo que reforzar, por lo menos durante un tiempo. Casi con la misma cadencia que los actuales focos mediáticos, pasó la cosa y no hubo nada más allá de la represión inmediata y de algunos correctivos administrativos a la negligencia policial. Las consideraciones sociales quedaron, con un característico horror al análisis, fuera del marco habitual de exhibición de la ciudad, y así seguirían, tanto en aquel presente como en el futuro de autopromoción del promontorio de veraneo que ha llegado a nuestra época sin rupturas.

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