SS regresa al desfile de la victoria

La reaparición de un estereotipo de la postguerra quizá sirva para ayudar a desvelar la continuidad de las manipulaciones.

Marienbad

Artículo publicado en logo_eldiarioescan

Cae la noche electoral

Artículo publicado en logo_eldiarioescan

Clowns - Cae la noche electoral

(Aportación desde un microespacio al anecdotario de un macroespectáculo).

En el restaurante hay tres salas sólo separadas por iluminaciones variables elegidas, dicen, según un estudio específico de tonalidades e intensidades. Se supone que los clientes, al llegar, deciden cuál de ellas se acomoda a su estado anímico-estético. Lo de anímico-estético lo pone en la página web, en una larga explicación con toques orgónicos muy moderados, pero el caso es que cada uno se coloca o lo colocan donde hay sitio, y además sólo los iniciados entienden lo que se pretende, cuáles son esos probables estados del alma y si los que van en grupo deben tener el mismo para no sentarse en mesas separadas.

-Se podían haber ahorrado el rollo.

-Algunos han venido porque no han entendido lo de las luces, seguro.

-Yo sí lo entiendo.

-Ya.

Así que, quizá por error, nos sentamos cerca del espacio central, donde los miembros enlutados de un ballet se mueven siguiendo los tictacs de un metrónomo para hacer y deshacer un castillo humano. El techo forma una bóveda en la que revolotean holografías de quiméricas oropéndolas.

Los camareros son todos hombres altos de cabelleras y barbas largas enmalladas y trajes blancos de apicultores marcianos. Se desplazan con suavidad, como si caminaran entre enjambres de velutinas.

La disonancia no programada (suponemos) aparece a dos mesas de distancia. Un tipo más que maduro y evidentemente beodo grita:

-¡Tengo hambre, me cago en la puta, y este cóctel azul sabe azul, y lo azul no es comida, hostias!

El joven que lo acompaña, de aspecto más acorde con el local, sonríe como pidiendo disculpas al público. Acude un sujeto en traje de Reservoir Dogs y explica que el jargo laminado con su piel crujiente e infusión de sus espinas está en camino.

-Bueno -dice el cliente cabreado-, pero no quiero colorantes, que yo también soy ecologista, no te jode, y más vale que sea jargo de verdad.

En la mesa de al lado, un macho alfanumérico explica a una chica que la distribución de colores tiene algo que ver con las series afectivas de Fourier. No hay manera de seguir el discurso completo, sin duda un metarrelato, aunque llegan frases sueltas y bastante efectistas. “Socialismo utópico”, repite ella tres veces antes de que una negación transversal rompa el ambiente peculiarmente rosado.

El grupo que formamos es variopinto y no importa demasiado quién diga cada cosa. Eso también es parte de la esencia del lugar. Nuestro estado anímico-estético propende a la discusión.

-Sitio hipster, ¿eh?

-¿Qué pasa? Yo también soy hipster.

-Pero los camareros lo parecen y tú no.

-Bien, desplegaré la letanía: soy hipster porque soy alternativo, independiente, contrario a las convenciones sociales y la cultura comercial predominante, amante del jazz, lo indie, el rock alternativo…

-Has repetido alternativo.

-… los clásicos, el cine independiente…

-Has repetido indie.

-He dicho independiente.

-Es lo mismo.

-No es lo mismo. Sigo: el arte, las redes sociales, la alimentación con productos ecológicos…

-Cuando dices que estás en contra de la cultura comercial predominante te refieres a que no compras barato, ¿no? Luego vais de progres. El proletariado os odia. Por eso muchos votan a Rajoy.

Hay unanimidad en que ha sido un golpe bajo, sobre todo porque ha dicho “proletariado” con tanto orgullo como sorna.

-Queremos lo mejor para todos. Y el proletariado no existe. Ha desaparecido del imaginario.

-Sí, claro. Al quedarse en paro pierde el nombre… Vamos de culo y sin clases sociales. Ya sólo hay gente y gentuza; y a vosotros ya ni siquiera os llaman burgueses bohemios.

Nos traen la carta y pedimos. El más callado, fascinado hasta ahora por las aves de la bóveda, interviene de repente:

-Mira, hay una estantería con libros.

Nos levantamos a fisgar. Hay un ejemplar de ‘El impacto de lo nuevo’, nuevecito, impregnado de olor a librería con toques de cardamomo. Una monografía sobre Fibonacci junto a un ensayo sobre cine con el póster de Ultimátun a la tierra (1951) por portada. Un manual de PROLOG muy manoseado.

Llega la comida. Fusión total. No sabe mal, tiene las texturas adecuadas, utliza productos incuestionables, el teriyaki sabe a lo que debe (de) saber el teriyaki y han puesto un poco de picante en los langostinos para servir una palabra náhuatl en una fuente decorada con dibujos mayas. Fusión interprecolombina, pero el chipotle apenas pica. El gazpacho de algas está rico, pero es una sopa fría de pescado.

El tipo hambriento del principio empieza a vocear una ranchera. De pronto, descubre que todos lo observan, se calla y baja la vista etílicamente avergonzado, y enseguida empieza a soltar carcajadas cada vez más grandes. Se levanta blandiendo un telefóno móvil.

-¡Mirad que guachap me acaban de mandar! ¡Mamones! ¡Ha ganado Trump! ¡Jodeos!

Hay un silencio excesivo, sea eso lo que sea en medio de los tictacs. El joven acompañante, alterado, se levanta y obliga al otro a salir del comedor. Éste no se resiste. Parece que le asusta la calma chicha que ha provocado. Salen hacia la zona reservada al personal.

En la mesa del utopismo, el orador informa:

-Son el gerente y su padre. Cada vez que se emborracha, el viejo arma una bronca. Es el que puso la pasta para el negocio.

La opereta de la transferencia cultural

Artículo publicado en eldiario.esCantabria.

logo_eldiarioescan

Opereta

No me apetece nada escribir sobre este asunto. Me aburre. No me da ni pereza; la pereza es un estímulo lleno de paradojas. Me la trae floja, vamos. Pero, por otra parte, ¿por qué no va uno a escribir sobre lo que le apaga la libido? Total, Freud está crepuscular y sus términos sirven para todo, como las palabras que afloran por ahí -creatividad, tejido cultural, agentes culturales, economía del ocio…- en un tobogán de consignas.

Los curiosos incidentes entre la Fundación Santander Creativa (FSC) y el Ayuntamiento de Santander y la Fundación Botín (FB), presentados como un proceso de desarticulación de no sé qué urdimbre, no me parecen sino la manifestación de un acuerdo fundamental. O sea, un conflicto falaz donde sólo se discuten pequeñas áreas de poder y algunos beneficios personales dentro de las reglas del juego que todos aceptan.

El dinero va, viene, fermenta en propagandas y desgravaciones y a veces produce espejismos curiosos, como que las ideologías de ambas fundaciones son cosas diferentes o inexistentes. Pero una es parte fundamental de la otra. Así que, si la FSC sucumbe porque la FB recorta gastos, será a causa de su propia condición.

Hay una evidente reordenación del dinero que aporta, desgravando, la fundación bancaria (y el propio Banco de Santander, a cargo, creo, de su departamento de Comunicación: de nuevo la propaganda) para hacer ese espectáculo que llaman cultura, que no es sino un conjunto de actos administrativos con efectos discutibles sobre el ocio de la población.

Resulta patética la aparente lucha entre el Ayuntamiento y la FB, que parece ir a trasladar su dinero a otras cosas precisamente cedidas por la sumisión del municipio. Los próceres de la ciudad manifiestan la torpeza del que sabe que su pelea no es más que un acto de mendicidad.

Los más afectados son los profesionales de la gestión cultural. Los de ámbito o encomienda públicos son como los profesionales de la política. Sólo se diferencian en que los primeros no han alcanzado todavía el descrédito que tienen sus homólogos. Y los que trabajan para el sector privado son comerciantes y están obligados a presentar su producto como el mejor, pero muchos de ellos saben que sin subvenciones no sobrevivirían sus negocios. Manda el mercado. No pueden negarlo, pero intentan soslayar el hecho pidiendo que se supla su debilidad inversora, se les cree la clientela y se les cubran pérdidas con la coartada de la cultura municipal, concepto que reúne todo tipo de manifestaciones.

Se trata, pues, de forzar la mano invisible entregando el dinero que debería ser gestionado por las instituciones a cambio de conseguir más creando una estructura semiprivada permanente que aparta de la gestión municipal directa la organización de un área concreta de lo que debería ser parte de la soberanía ciudadana. La oposición política, por lo visto, no tiene gran cosa que decir al respecto. Es decir, no tiene alternativa a la ideología dominante en el tema y tiende a ver en la FSC algo intocable -porque sustenta el beatífico “tejido cultural”- o divaga elogiando la labor y no la forma. Por lo visto, la forma ya no lo es del contenido.

Sin embargo, todo es ideológico, y la clave está en fomentar una mezcla de circo televisivo, promoción hostelera musical, vanguardia acrítica (oxímoron perfecto), incluso diversidades y divergencias homologadas y mínimas suplencias de servicios sociales, mezclarlo todo en planos veloces y echarlo al saco de neón de la creatividad. Insisto en lo de la ideología. Precisamente el pretexto es su negación, la falsa neutralidad. Como en esas películas asépticas en las que todos asumimos que los que ganan tienen razón. Es más: ya lo sabíamos desde el principio. Al fin y al cabo, mandan los que apoyan a los que ganan las elecciones.

No sé si hace falta decir que en el fondo de todo está un reparto de dinero sin debate previo sobre los contenidos, las funciones, la relación con la educación o el aprendizaje, la realidad social de los distintos espacios urbanos y los actores y espectadores. Una barra libre que cuenta concurrencias y pasa sin huellas. No crea ni transforma, pero afirma lo contrario con desparpajo hipster y simpáticas rotondas que se tienen por audaces.

Nada de esto va a detenerse si cierran la FSC, pero que nadie me pida que la apoye. No tiene la misma importancia, pero estoy tan en contra de ella como de la privatización de la educación o la sanidad. Y además todo indica que el Ayuntamiento está buscando forzar cambios en el mismo sentido privatizador en otras entidades y ampliar el ámbito con nuevos inventos, como esa de pronto resonante Fábrica de Creación (de nuevo la palabra, ya claramente como producto industrial) y otros complementos paralelos al cajón usurpador de paisajes que nos va a situar en la contemporaneidad de la burbuja de los contenedores artísticos. Un asunto que ya se debate en otras latitudes y está fracasando en bastantes. Pero aquí FSC, Ayuntamiento, FB y Gobierno autonómico comparten esa retórica y siguen en lo suyo, escenificando los microeventos cotidianos, los eventos-panacea (casi siempre “fracasos” rentables para la minoría) y en general la fachada de una ciudad al borde del PGOU, es decir, de otro abismo para la mayoría.

El caso es que, ocurra lo que ocurra con la aportación de la FB a la FSC, ningún dinero va a salir del circuito establecido, que además se diversifica cada vez más en conceptos y edificios y fanfarrias. Algunas empresas y agentes culturales se verán perjudicados, claro. Pero otros nuevos o viejos los sustituirán. Cosas de la competencia. Trucada por la banca, pero competencia.

La FB ha puesto en marcha los vasos comunicantes de grosor variable, con la FSC como tubo obligado a adelgazar, pero el recorrido es el mismo, la inversión la misma y la ingeniería financiera la misma. Se cumplen las leyes de la trama y la urdimbre y estoy por apostar que el siguiente movimiento de dinero será de manos públicas a privadas. O sea, como siempre. Es una apuesta fácil. Y aburrida.

Un viajero singular

(Esto va de libros baratos que se deshacen en el bolsillo. En un tiempo fueron hegemónicos. Ahora se arrastran ladrillos por las playas.)

Imagino a Thomas Cole con el libro que protagoniza asomando por uno de los bolsillos del mono barato de mecánico que viste en la portada y por el cual asoma el mismo libro como si fuera a tener problemas para salir del abismo. Un libro pulp, por supuesto, de tapas blandas, las esquinas dobladas, descosido, cuarteado, como el ejemplar que leí en la adolescencia de Guerra con Centauro, selección de la Editorial Cénit de historias de Philip K. Dick donde se incluía, entre otras más renombradas, El hombre variable (1953)[1].
El hombre variable

No soy dado a edificar cultos, que siempre falsifican, pero ese humilde relato ha venido a ser para mí una de esas referencias que surgen cíclicamente y con variadas excusas, sobre todo las de las puras diversión y extrapolación, y seguramente más por azar que por necesidad.

La narración presenta en acciones paralelas a unos personajes que se pasean por el borde del Apocalipsis en un paisaje de bosques bombardeados, montañas que ocultan laboratorios, despachos de altos funcionarios y suburbios residenciales que parecen haber evolucionado por la vía militar a partir de aquel donde John Cheever situó a su nadador loco.

El escenario galáctico es de guerras coloniales. Los puntos centrales, sin embargo, los ocupan un viajero involuntario en el tiempo y un sistema de predicción de eventos.

Siempre me ha parecido que la máquina del tiempo es el instrumento más torpemente usado de la ciencia ficción, gracias a lo cual genera un montón de recursos narrativos. Dick presenta aquí una que funciona con la brutalidad de una pala excavadora. Una vez más, ese artilugio tan difícil de explicar es el más tosco; sólo sirve para hacer prospecciones y, por accidente, arrastra al futuro al tal Cole, con su carreta y su caballo, obviando sutilezas, paradojas y conjeturas aguafiestas como la de Novíkov, con sus bolas de billar a medio desviar y sus agujeros de gusano[2].

(No voy a destapar la intriga ni a tratar de profundizar en el asunto del tiempo. En mi opinión, la definición más exacta la dio Cortázar: el tiempo es como un bicho que anda y anda. Gracias al querido bruselés, ese precipicio no necesita más pretextos.)

Cole recorría el pasado (1913, pero muy lejos de Davos) reparando cosas antes de tropezar con ese futuro y convertirse en el obrero de un seductor y subversivo extrañamiento.

A partir de ese accidente, Dick relaciona la probabilística usada como elemento de control social y la adaptación del ser humano a la técnica. La estadística predictiva tropieza con un individuo desubicado al que su primitivismo dota de cualidades excepcionales, y con ello se introduce una variable incontrolada y de valores muy difíciles de modificar en el cálculo mecánico, que se ha hecho indispensable para la toma de decisiones.

La presencia del lañador crononauta a su pesar altera el funcionamiento de las computadoras SRB, dispositivos de predicción que procesan millones de datos bajo tal cantidad de condiciones que se consideran infalibles. Se trata, claro está, de aparatos esenciales para el ejercicio del poder. Éste aparece como algo nebuloso, de naturaleza poco explícita, organizado en secciones rivales entre ellas, intrigantes, pero unidas por la cohesión del autoritarismo. La capacidad de la policía para detener a cualquiera y la premura con que los ciudadanos denuncian la presencia de un desconocido no dicen nada esperanzador sobre los derechos y libertades. El estado de sitio permanente hace innecesarios los rituales democráticos. Las estructuras de la sociedad, surgidas de anteriores guerras autóctonas y de los conflictos interestelares, son las de un mundo altamente tecnificado y con una producción de usar y tirar, consumista pese al bloqueo que pone en peligro la expansión colonial, dividido en jerarquías profesionales, políticas y militares desabridas, clasistas y competitivas. No sorprende, pues, que lo primero que se plantee sea la simple eliminación física del sujeto que da problemas.

Las fluctuaciones de las SRB determinan, pues, la actuación del poder. Al comienzo del relato, se trata de decidir cuál es el mejor momento para emprender una ofensiva contra el Imperio de Centauro, que asfixia la expansión (no cabe duda de que tan depredadora como la del enemigo) de la humanidad. El ataque puede suponer la victoria o la derrota definitivas. Las previsiones son favorables. Todo parece ir bien hasta que cae del cielo el dato disonante. El problema es que las predicciones no aportan soluciones ni explican las claves de los problemas. La masiva y continua recolección de datos procedentes de todos los planetas del Sistema no permite identificar cuáles son los más relevantes. Los contadores enloquecen con cordura mecánica hasta que los merodeos de Cole (un personaje entrañablemente estático y a la vez adaptable, perfecta personificación de una variable independiente) delatan su origen. Viene del margen de la historia tecnológica y, como dice el Comisario de Seguridad Reinhart, posee

cierto talento, ciertos conocimientos de mecánica. Genio, tal vez, para hacer algo semejante. Recuerde de qué época llega, Dixon: principios del siglo veinte. Antes de que empezaran las guerras. Fue un periodo único. Había vitalidad, ingenio. Fue una época de desarrollo y descubrimientos increíbles. Edison, Pasteur, Burbank, los hermanos Wright. Inventos y máquinas. La gente manejaba con inusitada habilidad las máquinas, como si poseyeran algún tipo de intuición… de la que nosotros carecemos.

La aparición del hombre de 1913, el año de otra preguerra, altera la paradójica tranquilidad de un mundo futuro en guerra fría contado desde cuarenta años después también (como otra vuelta al recurso del abismo) en guerra fría, esa que tantas ganas tenemos de echar de menos, ¿se acuerdan? La peculiaridad del personaje explica el peligro que lleva consigo y que las máquinas detectan. El tipo es capaz de arreglar cualquier cosa sin saber previamente cómo hacerlo. No sólo arregla: mejora. Por ejemplo, convierte un videotransmisor de juguete en un aparato de comunicación interestelar:

Sus dedos volaron, palpando, explorando, examinando, comprobando cables y relés. Investigaron el videotransmisor intersistémico. Descubrieron cómo funcionaba.
(…)
-Entonces me enseñó el videotransmisor. Me di cuenta en seguida de que era diferente. Como sabe, soy ingeniero electrónico. Lo había abierto una vez para colocar pilas nuevas. Conocía bastante bien sus
entresijos. (…) Comisionado, lo habían cambiado. Alambres removidos, los relés conectados de manera diferente, faltaban piezas, otras nuevas improvisadas en lugar de las viejas… Por fin descubrí lo que me hizo llamar a Seguridad. El videotransmisor… funcionaba de veras.
—¿Funcionaba?
—Verá, no era más que un juguete. Su alcance se limitaba a unas pocas manzanas, para que los niños pudieran llamarse desde sus casas; una especie de videófono portátil. Comisionado, probé el videotransmisor, apreté el botón de llamada y hablé en el micrófono. Yo… me comuniqué con una nave, una nave de guerra situada más allá de Próxima Centauro… a unos ocho años luz de aquí. La distancia máxima a la que operan nuestros videotransmisores. Entonces llamé a Seguridad, sin pensarlo dos veces.

Siguiendo con el lúcido representante del poder:

Nosotros no sabemos arreglar nada, nada de nada. Somos seres especializados. (…) La progresiva complejidad impide que ninguno de nosotros adquiera conocimientos fuera de nuestro campo personal… Me resulta imposible entender lo que está haciendo el hombre que trabaja a mi lado. Demasiados conocimientos acumulados en cada campo. Y demasiados campos. Este hombre es diferente. Lo arregla todo, hace de todo. No trabaja a partir del conocimiento, ni a partir de la preparación científica…, la acumulación de hechos clasificados. No sabe nada. No se trata de un proceso mental, una forma de aprendizaje. Trabaja guiado por la intuición… Su poder reside en sus manos, no en la cabeza. Es un factótum.

Seis décadas después, la superespecialización que tanto subvierte en el pasado futuro de la ficción el aparecido hombre primitivo está cerca (a menos de otros tantos decenios, según algunos prospectores humanos) de producir la singularidad tecnológica. Es decir, toma visos de realidad el momento en que una máquina o un sistema informático sea capaz de automejorarse, rediseñarse y replicarse. Se supone que será la consecuencia de la complejidad de programas cuyo entramado de algoritmos sólo podrá ser percibido en conjunto por otros programas: sólo otro sistema informático podrá trazar un plano detallado y total de todos los componentes globales y sus relaciones entre sí. Y los seres humanos actuarán (si no está ocurriendo ya) como piezas específicas al servicio de ese complejo sistema cuyas formas y funciones son incapaces de apreciar con una visión de conjunto porque, para entender el paisaje y dibujar el mapa completo, tendrían que alejarse tanto que se harían invisibles los detalles.

Thomas Cole es una representación (no sé si deliberada; creo que el alcance real de las visiones de Dick es un juego de cajas chinas, y con ello volvemos al trampantojo del abismo) del último humano capaz de dominar a las máquinas antes de que los ingenieros y programadores pierdan del todo la autonomía frente a sus obras.

Como no ha habido viajes en el tiempo (y es ciertamente sospechoso que no aparezca nadie del futuro) ni nuestras sondas han llegado a playas hostiles, podemos considerar poco probable la llegada del sujeto destructor. Lo más probable es que Cole siga su ruta en 1913 y no podrá despertar inquietudes sobre la especialización que desvíen el camino a la singularidad. Puede hacerlo desde la literatura, por supuesto, pero eso nunca ha cambiado las cosas.

Por ahora, al menos que se sepa, las máquinas tienen limitada la capacidad de reprogramarse sin ayuda (al menos sin un primer impulso) exterior, pero podemos introducir todas las variantes sugeridas por la ciencia ficción, desde las fórmulas más rigurosas hasta las que lo resuleven quemando un chip (aquí tengo que romper una lanza por Novíkov) y desde la idea más totalitaria de la mente colmena, el sueño de la interconexión absoluta, hasta la ilusión antropocentrista de considerar que las singularidades serán diversas y beligerantes entre sí. Las hipótesis sobre una inevitable y/o deseable transhumanidad (o, más simple aún, sin post- ni trans-, la sociedad de las máquinas no sería sino la humana bajo otra cobertura) o el ascenso de diversas corrientes de neoludismo (con llamadas urgentes al eterno retorno) son aspectos que se escapan a este artículo y a mi capacidad.

En todo caso, el mundo está envuelto en las guerras de siempre con los motivos de siempre: de clase, coloniales o -lo más frecuente- ambas cosas a la vez. Y ese es el factor que, en la época que sea, permanece invariable. Sabemos que a veces la humanidad mejora en los derechos elementales que parece definir para ignorar. Cuando lo hace, suele ocurrir porque sus aberraciones son insostenibles, y sucede con traumas, quebrando paradigmas y a empujones de gentes caídas desde los márgenes del foco mediático prospectivo.

Sospecho que este artículo ha llegado al punto en que cualquier lector sensato (no se ofendan) se preguntará adónde quiero ir a parar. Pues bien: viendo el transcurso del bueno de Thomas Cole, creo que, como él, a donde ya estoy, ni más allá ni más acá.

___________

  1. [1] Contiene los siguientes relatos: Guerra con Centauro (The Variable Man, 1953), El informe de la minoría (The Minority Report, 1956), Autofac (Autofac, 1955), Un mundo de talento (A World of Talent, 1954).Ficha de “El hombre variable” en Tercera Fundación
  2. [2] Hay una explicación de la Conjetura de Ígor Novíkov en este vídeo.

El otoño desvela la pobreza

Artículo publicado en eldiario.esCantabria.

logo_eldiarioescan

hojas-caidas-otono

Es uno de los personajes más tristes y a la vez vitales que conozco. Está en una novela de Oswaldo Soriano:

Me volví y descubrí un tipo que arrastraba una valija enorme mientras juntaba algo entre los yuyos. Llevaba una manguera enrollada a la cintura, un prendedor con la cara de Perón y a medida que se acercaba cargaba el aire con un olor de perfume ordinario. Todo él era un error y allí, en el descampado, se notaba enseguida.

A veces, una sencilla descripción refleja o resume el hundimiento, la tristeza que trae la pobreza, con una intensidad inexplicable, y de paso la lucha desesperada por convencerse de que todavía se puede ser y hacer algo. Por ejemplo, convertirse en nómada autónomo (emprendedores, dice la mercalengua) y deambular por la pampa con una ducha portátil vendiendo manguerazos a los lugareños siempre y cuando haya un grifo donde enchufar el ingenio.
A medida que las estadísticas de otoño van limpiando lo que queda del verano y se liberan las terrazas de turistas y camareros, y las máquinas de rodillos limpiadores hacen barrizales antizén, se contrasta la pobreza en sus diversas variantes y eufemismos. A pesar de que el viento del tardío nos hace pensar en el amor (y en el sexo: no seamos tímidos) de otra manera y percibimos el arte a la manera de las hojas de caídas titubeantes (sea por la poesía o por el cambio climático); a pesar de la parafernalia oficial que se empeña en hacer de todo una aplicación para móvil que captura guiñoles hípsters en un escenario pseudohistórico con argumentos de cluedo; a pesar de la prisa por redescubrir el vacío en las playas y la necesidad de aproximarse al espacio de naufragios y miasmas de antes del descubrimiento de la pasión litoral, la realidad urbana está ahí, bajo andrajos de parasoles, como un perro sin raza que corre entre garabatos de algas.
Por las calles se esquinan personas empobrecidas que contienen y exhiben inmensos errores de los que no son culpables más que como crédulos de la propaganda. Y muchas veces ni eso: quizá sólo lo son de pensar que no puede ser de otra manera. Los medios siguen hablando más de paro o crisis que de pobreza deliberada, planificada o fríamente colateral. Pobreza material, contante y sonante; hay que insistir en ello para que nadie ponga la coletilla del espíritu, ese gran igualador de culpas. Se citan datos y umbrales, es cierto, pero se pintan de desgracias ajenas en las contraportadas de los telediarios.
Hay que hablar más de pobreza que de paro. El empleo no garantiza ni un ápice de riqueza. Es el chantaje perfecto: se puede ser pobre trabajando como un esclavo y pobre sin cobrar un euro. Se puede ser pobre del margen tradicional, de los neoghettos de servicios temporales, de las urbanizaciones que un día fueron medias y se pensaban altas, pobre de ciclos asumidos o pobre sin fluctuaciones. Y pobre como los que se sientan a las puertas de los supermercados (ahora a ellos también se les ve mejor, pero el frío los irá encogiendo) y tratan de tararear la música navideña que empieza a llegar de entre los expositores del interior.
Los que ya han llegado a la mendicidad son los pobres perfectos, suplicantes y agradecidos, incluso susceptibles de ser expulsados hacia donde nuestro consumismo provoca las guerras, que sirven para diferenciar su pobreza de la de los 13,3 millones de personas en riesgo de exclusión social o los 3,7 millones que cobran menos de 300 euros al mes (87.000 y 16.000 en Cantabria) y forman la legión que todavía presenta papeles en oficinas. Sirven para que no llamemos pobres a los desempleados, receptores de pensiones de miseria contributivas o no, de rentas básicas y menos que básicas, que todavía se ven con algunos derechos. Sirven también para que algunos de esos no-pobres les echen la culpa de su miserable no-pobreza.
Con el otoño, empiezan a surgir personajes como el duchero del páramo y otros modelos necesarios. Eso es bueno, literariamente hablando, porque la estética es una cruel devoradora de dramas reales, pero lo que urge de verdad es que los afectados y los que todavía tengan conciencia social se agarren un cabreo épico y bien organizado. A ver si después alguien puede escribir una epopeya democrática.

Dos hermanas

Artículo publicado en eldiario.esCantabria.

logo_eldiarioescan

Detalle de ‘Les deux soeurs’ (1921), de María Blanchard.

Detalle de ‘Les deux soeurs’ (1921), de María Blanchard.

En la exposición de la Fundación Abanca en el Museo de León, me topé con el cuadro Dos hermanas de María Blanchard y me acordé de Aurelia Gutiérrez-Cueto Blanchard, la hermana maestra de la pintora.
Aurelia fue asesinada poco después del golpe de estado de julio de 1936. Casi nunca se habla o escribe de ella por estos pagos. Son esas cosas de la memoria. Basta que un artista o siquiera famoso de temporada haya pasado por aquí una tarde de nubes de estío y haya dejado la huella del cubata en un posavasos para que se le celebre como ciudadano de honor, siempre y cuando ni su vida ni su obra entren en conflicto con el sopor oficial, el de antes o el de ahora, que es una acomodada adaptación del primero. La palabra transición oculta un vulgar fundido a gris plástico. Memoria histórica, sí, pero negociando los nombres de las calles y poco más. Negociar cosas así debería tener entrada propia en la Enciclopedia de Sesgos Cognitivos. Quizá la tiene, ahora que lo pienso. El imaginario, antaño tan poderoso, deviene cada vez más confuso.
La familia franco-cántabra Gutiérrez-Cueto Blanchard era una de esas células de burguesía progresista que acabaron pagando caras las veleidades igualitarias e ilustradas que las llevaron a pactar con las izquierdas obreras la idea y el acto de una República Española. Una pedagoga laica, feminista, socialista de las de antes y ejecutada por todo ello sin piedad sigue resultando un tanto molesta, asociada o no a una pintora que, por otra parte, suele sufrir por aquí más conmiseración que reconocimiento. Sin embargo, de la fortaleza de la hermana artista se me hace tan difícil dudar como de la que debió tener la maestra. A María Blanchard siempre se la retrata como débil y sobreprotegida. Hasta sus amigos y admiradores Federico García Lorca y Ramón Gómez de la Serna se dejaron llevar por ese aspecto cuando redactaron (sospecho que casi automáticamente) sus homenajes. Pero me parece que su vida los contradice. Sola (aunque obtendría de su clase entonces influyente becas para acceder al arte de vanguardia, pagó el precio de la precariedad bohemia), se abrió paso en el mundo de una pintura que todavía se mareaba en un mercado sin espejismos financieros.
Probó fortuna en las vanguardias madrileñas y fracasó. Sin embargo, tuvo buenos momentos en su exilio entre los círculos afines europeos, incluso poniendo su evolución estilística por encima de los intereses comerciales: el cuadro referido es uno de los que marcaron su paso desde el cubismo puro a una modalidad figurativa mucho más personal. Las ortodoxias y heterodoxias se contienen como cajas chinas.
María se empobreció en París atendiendo a su familia y falleció en 1932 de tuberculosis.
Aurelia estudió en Madrid, a donde se trasladó la familia en 1904. Pasó por Almería, Granada y Melilla. En la ciudad africana, dirigió la Escuela Normal y debió de ganarse el odio de los militares africanistas y el clero por sus artículos en El Telegrama del Rif y la revista Crisol sobre la educación renovadora, los derechos de las mujeres, la laicidad e incluso un reportaje sobre las condiciones de trabajo en las minas de la colonia. Luego se trasladó a Valladolid, y allí la sorprendió el golpe de estado.
El cuadro (no he averiguado con certeza quiénes son las representadas, pero me basta con el título y las presencias) muestra dos mujeres de rasgos marcados por una luz peculiar, entrelazadas en plena confidencia y a la vez distantes y distintas. Esa distancia analítica tiene la fuerza ejemplar y la ampliación de la representación del mundo del cubismo, y al mismo tiempo la innovación de una cierta rebeldía figurativa, como si la evidente geometría no le bastara. No es un regreso a la tradición, sino otra forma de integración de lo emotivo. No hace falta decir lo evidente, pero hay que saber pintarlo sin espacios neutrales.
La educación tampoco es neutral; por eso los caudillistas del 36, fieles a las cruzadas, mataban a los maestros laicos, que ahora son olvidados con más saña que los artistas pioneros.
Me apetece creer que las dos hermanas reales, de recorridos tan diferentes, se reivindican mutuamente desde el arte hoy envuelto en burbujas oportunistas y desde la escuela lastrada por los herederos de los vencedores.

Europa: otra vuelta de llave para dormir tranquila

Europa -Rescate
Artículo publicado en eldiarioesCantabria.

logo_eldiarioescan

Lo más parecido a la ausencia de noticias es la saturación. Lo más parecido a la censura es el agobio, el collage arbitrario y uniformizador de malas y buenas nuevas en páginas y pantallas. Estas dos primeras frases casi forman parte de lo que denuncian, pero creo que deben ser rescatadas del pantano. Al fin y al cabo, hace siglos que todo es repetido y nuevo a la vez. En Occidente, desde los presocráticos, por lo menos.

Los galos de las historietas presumían de temer solamente que el cielo cayera sobre sus cabezas. Hoy, Francia corre hacia Vichy como una gallina hipnotizada. El escocés Macbeth temía que el bosque asaltara su castillo. Escocia se ha quedado encerrada en Gran Bretaña. Alemania, más reunificada que nunca, sigue siendo la pesadilla de Gunther Grass. Los intelectuales orgánicos pueden tomarse una pausa para hacer sesudos comentarios sobre las metáforas del bosque, de la conciencia, del lenguaje, del silencio, y justificar con disimulo la viscosa, urticante obscenidad de las desigualdades. Nada impide hacer lo mismo a los constatadores de derrotas. Los cómplices locales pueden seguir ensalzando la obediencia debida.

La Comisión Europea, el FMI, los grupos de cabildeo y los gobiernos son expertos en augurios. No hay nada mejor para detener a alguien que llenar sus oídos de malos presagios omitiendo sus orígenes y ocultando actos de personas o clases concretas. O sea, haciendo la culpa colectiva para exculpar a los culpables. Presagios sin solución: todo está muy mal, dicen los tanques de pensamiento (sus portavoces parecen hologramas proyectados por los premonitores de Precrimen), y enseguida advierten que pretender que vaya bien sería empeorarlo.

El mejor somnífero es una lluvia constante de mil y un pedazos de realidad mezclados al azar e igualados en importancia. Un niño ahogado (después de aquel niño, parece que ya no hay más niños ahogados, ni bombardeados, ni hambrientos) es igual que un espantapájaros alardeando de tener muchos votos; niño y fantoche se alternan en el telediario y, aunque el primer caso es infamia y el segundo es farsa, adquieren el mismo valor informativo. La literatura sabe de eso (lo cual demuestra su inutilidad): con cada una de las mil y un historias se olvida la anterior y queda el sedimento de la saturación, la sensación de que todo es un déjà vu, una anomalía de la memoria sin consecuencias. Y, si se disparan las alarmas, aparecen enseguida los tranquilizantes, las garantías de inmovilismo de los traficantes de esperanzas de lenguaje de lugares comunes, esa idiocia comunicativa que todos apreciamos. El debate real es reemplazado por horas de charla sobre quién es más corrupto o más tonto en un país de listos.

Sólo debemos temer que se hunda la bóveda celeste o que los hayedos asalten la ciudad ideal. Otros incordios menores sirven de fondo de pantalla. Hay plagas de medusas porque enriquecemos/arruinamos el litoral con nitratos y han subido las temperaturas. Esos globos irisados se vuelven molestos al proliferar en las aguas y sembrar las zonas intermareales. Molestos como refugiados deshidratados. Las medusas se atiborran de los abonos de la superproducción mientras los huidos del hambre y de la guerra o, simplemente, de diversas tiranías (un buen número de tiranos son nuestros amables proveedores y clientes) se hunden, yacen en las playas, se enganchan en las alambradas o, si tienen suerte y la pleamar piedad, caminan como sonámbulos hacia los campos de detención.

Los autóctonos bien intencionados desfilan con camisas amarillas para pedir caridad y expresar una solidaridad que quizá deje a algunos con la sensación de haber olvidado algo, pero que otros asumirán con beatitud de efecto placebo. Se hace lo que se puede, por supuesto. Las autoridades alaban la iniciativa humanitaria mientras regatean acogimientos y afilan las concertinas barbadas.

El otro día, en Grecia (sí: en la subastada Grecia), la cumbre de la Unión Europea, entre mucha retórica hueca, vomitó dos conclusiones muy sólidas: que el Brexit es una opción respetable del pueblo británico (la UE sólo es firme con los débiles) y que urge reforzar el blindaje de las fronteras y ampliar el universo concentracionario de la periferia.