8 abril, 2012, 14:37

Stieglitz 291 1915

El entrepuente (The Steerage)1 Alfred Stieglitz (Hoboken, New Jersey, EEUU, 1864 – Nueva York, 1946). Fecha: 1907, imprimida en 1913 aprox. Medio: Fotograbado. Dimensiones: 32.2 x 25.8 cm. Museo Metropolitano de Nueva York – Alfred Stieglitz Collection, 1933.

En 1907, el fotógrafo Alfred Stieglitz tomó esta fotografía durante un viaje trasatlántico. Entonces era mucho mayor el intervalo entre el acto de la instantánea (que, dada la velocidad del obturador, lo era menos que ahora; las láminas en que se podía dividir el tiempo eran más gruesas) y la contemplación del resultado. La carencia de técnicas inmediatas producía una demora que ahora sólo pueden disfrutar y temer las personalidades procrastinadoras o amantes de la incerteza. En aquella época comenzaba a perfilarse la ambigua existencia del gato de Schrödinger2, que no entraría en su caja de pesadilla hasta 1935, pero los fotógrafos, con cámaras cada vez más fáciles de transportar, percibían de un modo muy directo la sospecha común de ser habitantes de lo probable. Stieglitz publicó por primera vez en 1911 esa foto donde los espacios de los viajeros se ordenan según el cloisonismo de sus clases, que sigue la estructura del buque, mientras una pasarela y una escalera, modos de intercambio y movilidad social, permanecen vacías, como la tierra de nadie en las fronteras. …seguir leyendo »

Notas:

  1. 1. Tanto la versión inglesa como la francesa de la Wikipedia tienen amplios estudios de la imagen y su autor.
  2. 2. El gato en cuestión parece ser fenómeno cultural que, importado de la ciencia más enloquecedora para los que somos profanos, ha saltado con fortuna al lenguaje común, al menos en ciertos niveles, y al mundo del humor existencial, sea eso lo que sea, si bien algunos (como Stephen Hawking) han expresado cierto aborrecimiento.
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1 enero, 2012, 12:52

Feliz Futuro

Feliz Futuro

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19 noviembre, 2011, 13:59

Reflexión prestada

Creo que con el tiempo mereceremos que no haya gobiernos.

Jorge Luis Borges. El informe de Brodie (1970).
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15 noviembre, 2011, 19:06

Oro de artista

Les conté a un par de amigos sin relación con el mundo del arte ni afición a las artes la historia de las latas de mierda de artista de Piero Manzoni y, cuando supieron que una de las latas fue vendida el 23 de mayo de 2007 por la casa de subastas Sothebys’s por 124.000 €, su percepción del asunto pasó de la inicial fase de “qué chorrada” (al saber simplemente en qué consistía la obra) a la indignación contra el artista y, por fin, comprendiendo quizá la pícara inocencia del vendedor avispado, a la estupefacción ante los mecanismos del comercio del arte, es decir, los mecanismos del comercio. Si alguna virtud tiene el arte contemporáneo es la de servir como ejemplo de que la economía es un gran malentendido de una simplicidad exasperante pero con resultados a veces trágicos. Un tipo envasa sus excrementos (o dice que lo ha hecho), los expone y los vende. Las latas pasan de mano en mano y su precio va aumentando. Las primeras las vendió al precio de su peso en oro según la cotización oficial. La relación no puede ser más evidente. El precio del oro es tan arbitrario como el precio de la mierda. Creo que hizo lo mismo con su aliento contenido en un globo; pero no debió de tener el mismo éxito; quizá el aire respirado es demasiado poético para entrar tan abruptamente en el mundo de los negocios.
Desde 1961, ejemplos similares no han dejado de sucederse. Con mayor grado de complicación, incluso: me acuerdo ahora de la Cloaca de Wim Delvoye, más atenta al proceso de elaboración de la mierda y más presente ésta, ya que lo que en Manzoni es latencia y duda, en Delvoye es resultado de una mecánica muy laboriosa que recrea la digestión humana. Quizá esa ausencia/presencia del producto enlatado y correctamente etiquetado, sea el lazo de unión con la tradición artística en cuanto tiene de sugerencia que conduce a la emoción, el equivalente de la pincelada misteriosa o el golpe de cincel inexplicado que resuelven como genial lo que sin ellos sería mediocre. No falta, pues, misterio en ese arte, aunque la anécdota (y el dinero) parezca querer anularlo.
En todo caso, creo que algún millonario debería comprar una de las latas de Manzoni para abrirla y desvelar el misterio. Si es que tal cosa no ha ocurrido ya: en caso de que así haya sido, pido que se haga público. Creo que una lata de mierda de artista abierta y vacía, limpia, multiplicaría su valor mucho más deprisa que cerrada, y podría hacerlo sin renunciar al enigma; es más: aunque su propietario contara lo que encontró dentro, ¿le creeríamos?

Fotografía manipulada de una de las latas de 'Mierda de artista', expuesta en el Centro 'Pompidou' de París

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13 noviembre, 2011, 13:34

Un error

En uno de los textos de mi libro Zinderneuf y otras experiencias hay un error garrafal del que me siento orgulloso. El diamante al que se refiere el relato del agrimensor es en realidad un zafiro. Una joya azul que, al contrario de lo que sostiene el narrador, existe en paradero desconocido y un día empujó a unas cuantas personas hacia diferentes transcursos. Algunos dirán que fue un instrumento del destino, pero tal concepto empezó a devaluarse nada más nacer de un parto de la necesidad (el supuesto progenitor fue el tiempo) a la orilla de una laguna donde crecían plantas cuya ingestión borraba la memoria. En fortificaciones abandonadas a la arena es mucho más fácil convertir en zafiro un diamante, aunque la falsificación tenga tan poco sentido como en Wall Street (donde toda riqueza es espiritual: no se representa con objetos sólidos) y su valor literario (se trata en todo caso de una piedra inencontrable) sea el mismo.

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25 septiembre, 2011, 14:16

Un edificio discreto

La ciudad quiere un edificio que atraiga a los visitantes y guste a sus habitantes. Un edificio digno de contener espectaculares muestras de arte contemporáneo. Un edificio espectacular y contemporáneo.
El edificio espectacular y contemporáneo que está llamado a cambiar la pequeña y gran historia, que supondrá un cambio de modelo y la internacionalización de la ciudad, y del cual los ciudadanos se sentirán orgullosos, estará situado en un espacio céntrico y de alto valor paisajístico. Apegado al mar, iluminado, casi(?) levitante.
Porque el nuevo y atractivo edificio no debe impedir la contemplación del entorno, que ha sido elegido para alojarlo por sus valores únicos.
Este respeto a una idea atemporal del espacio tantas veces contemplado puede ser un problema, ya que la arquitectura estelar, espectacular, llamativa y atractiva suele ser incompatible con el paisaje preexistente. Suele reemplazar al paisaje. Se hace paisaje. Ocupa el espacio donde antes había otras cosas o no había nada, donde nadie miraba o donde nadie quería mirar o donde todos estaban acostumbrados a mirar o a mirarse. Incluso cuando se hace mirador, interviene en el panorama.
El espacio elegido (casi en el sentido religioso del verbo, casi como una revelación de lo sagrado) no es un lugar desocupado ni de estética tradicional ni de historia.
El edificio además va a estar ahí porque debe entrar en relación con otros edificios y otros usos y ser parte del centro urbano. O más bien de la esencia urbana: en una ciudad alargada como Santander, la idea de centro urbano tiene más de esencia inefable que de situación geográfica. Y, como el casco viejo desapareció en 1941 sin que ninguna planificación tuviera el valor de reemplazarlo, tampoco sirven la historia ni la Historia. Sólo la prehistoria (la bahía) y la firmeza inevitable de los muelles. El edificio en proyecto tendrá que ser parte de esa primigenia tradición sin dejar de ser nuevo y novedoso.
Es una labor difícil, pero la arquitectura actual tiene soluciones para todo. Y la genialidad impone una solución sencilla. El nuevo edificio será invisible. Déjenme que lo matice en negrita. El nuevo edificio será o al menos tenderá a ser invisible. Será a la vez espectacular e invisible.
El centro cívico cultural proyectado para Santander por Renzo Piano contiene, pues, un valor inesperado: la ausencia. Será atractivo, innovador, audaz, lúdico expositor de arte contemporáneo… y discreto. Existirá, será funcional, estará repleto de emociones estéticas y no ocupará el espacio visual que las leyes de la óptica suelen otorgar a los objetos, incluso a los objetos translúcidos o transparentes, incluso a los objetos flotantes.
No va a parecer una corola cromada saliendo de la bruma, ni una ciudad de cómic espacial, ni un huso tornasolado de uso tópico, ni siquiera el esqueleto fósil de un monstruo marino o un sombrero oriental o un falso error de tuberías de colores sobre una explanada hendida que reúna sin cesar farándulas y bohemios. Parecerá más bien un edificio que no quiere estar ahí.
En un futuro -aunque este proyecto ya pertenece al futuro- la solución quizá hubiera sido construirlo en otra dimensión (lo cual tampoco sería raro ni en el presente ni en el pasado de estos pagos) y que en lugar de flotar sobre la bahía lo hiciera con aún mayor elegancia sobre el tiempo y el espacio. Pero quizá no alcancen los presupuestos para tanto.
Algunos piensan que hay serio peligro de que al final no disfrutemos ni del edificio (que no surja como una sorpresa en el horizonte, que no nos sorprenda, que no nos divierta, incluso que nos aburra) ni del paisaje, y que todo resulte un borrón insulso, como cuando se mezclan colores complementarios.
Hay quien sostiene que la arquitectura debe buscar la integración con el paisaje, pero este concepto parece un tanto evasivo. Integrar, hacer que alguien o algo pase a formar parte de un todo, suena aquí a medias tintas, a suplantación de lo bello por lo bonito, de lo intenso por lo mediocre. Y si el objetivo es que la urbe huya mediante la arquitectura de la medianía, del aburrimiento, habrá que elegir entre el edificio y el paisaje. O suprimir el dilema cambiando la ubicación. Trasladar la bahía, de momento, no parece viable.
De todos modos, en medio del anuncio del advenimiento del espectáculo invisible, con fuerte tendencia al tedio divertido, la premonición crucial es la aparición, como un OVNI entre las nubes, de un edificio panacea que, con energía inusitada, impulsará la estética y la economía de la ciudad.

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24 julio, 2011, 15:43

Carnívora

Me han regalado (¡gracias!) una planta carnívora. Es una Dionaea muscipula, más conocida como Venus atrapamoscas. Me resulta entretenido observarla.
Seguro que procede de un invernadero (ahora está en una maceta), pero sus antecesoras, en su hábitat natural, se arrastraban por las ciénagas de suelos pobres y lodosos.
Tiene unos brazos planos que acaban en hojas-trampas.
Parece ser que la evolución descartó millones de opciones hasta encontrar el éxito en estas pseudobocas de aspecto vagamente vulvar (la imaginación masculina trasladó su denominación al reino de Afrodita), rodeadas de cilios que dejan escapar las piezas demasiado pequeñas, de interior entre verde, rosado y rojo según la excitación luminosa y el grado de madurez, que se cierran en 0,1 segundos cuando unos órganos sensitivos convenientemente dispuestos en tres grupos de tres son estimulados según un código de seguridad que determina la validez de la presa y evita trabajos innecesarios: sólo si un pelo recibe dos contactos o dos pelos reciben sendos impulsos en un breve lapso de tiempo se activa el mecanismo. Se trata al parecer (he estado leyendo sobre ello; son lecturas de verano) de una “bomba de protones”, proceso aún no aclarado del todo por los científicos en el que intervienen intercambios de iones de hidrógeno, cloruro, lantano y calcio. Una onda eléctrica modifica la consistencia de las células de la hoja y provoca una reacción en cadena que cierra la trampa en dos tiempos (primero atrapa, luego confirma la presa) y activa la química de la digestión.
Es una planta paciente; si no caza, sobrevive con la vulgar fotosíntesis de la mayoría de los vegetales.
Requiere pocos cuidados, pero hay que procurar que la tierra en que arraiga no tenga nutrientes y que el agua con que debe estar siempre empantanada no tenga minerales. Es como si al acercarse al reino animal (esa feudal clasificación) tuviera que renunciar a los hábitos del otro lado de la frontera.
Una planta fronteriza, eso es. Estática, espera sus insectos. Todavía no he visto caer ninguno. Pero no tiene aspecto de hambrienta.

Enlace recomendado.
El sitio carnibase.com ha elaborado dos animaciones que explican el funcionamiento de la Venus atrapamoscas.
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