Plaza de Italia: los nombres, la memoria y la forma

En Poznan (Polonia), después de la caída del bloque soviético, decidieron cambiar el nombre de la calle Jaroslaw Drawoski, combatiente de la Comuna de París, por el de Henryk Drawoski, fundador de la Legión Polaca. El cambio sólo tuvo efectos en los viandantes avisados, esa minoría que no se apresura a invisibilizar los homenajes urbanos.

En París, en 1879, encontraron oportuno llamar Denfert-Rochereau a la Place d’Enfer (Plaza del Infierno), pero esa es otra historia en la que el diablo permanecía oculto mientras culpaba a los desplazamientos semánticos de los pasos inferiores. (1)Por aquí hubo polémica cuando alguien sugirió cambiar el nombre a la calle Alázar de Toledo por el apelativo medieval.

La Plaza de Italia de Santander fue primero Plazoleta del Pañuelo y luego de Augusto González de Linares hasta que las tropas fascistas italianas, en 1938, recibieron el agradecimiento del franquismo. Supongo (no sé si se ha hecho explícito) que la democracia formal da por olvidados los motivos de la denominación actual y prefiere mantenerla en vez de volver a la popular o a la del científico, es decir, opta por la triste solución de la memoria salomónica: los que quieran asociar el lugar a otros nombres persistentes (el del general Dávila, Alonso Vega, Reguera Sevilla(2)Éste más intocable aún, pese a la cuesta escasa que le adjudicaron, por sus esfuerzos para impulsar una idea de promontorio vanguardista al ...continuar, etc.) pueden estar tan satisfechos como los que celebran que Italia saliera del fascismo mucho antes que nosotros. Es una falacia brutal, pero, ¿a qué mayoría le importan las falacias?

El caso es que, si las embellecidas infografías no mienten, la remodelación que ahora se está haciendo no va a tocar el nombre que tapó a los anteriores, sino el lugar, y creo que está claro que se trata de un borrado de la plaza que merece jugar a las interpretaciones simbólicas.

Desaparecen las formas onduladas propias de la burguesía de casino y balneario que modeló el entorno y son reemplazadas por parterres rectilíneos y vías peatonales que parecen incitar más al tránsito que a la permanencia. Los promotores mantendrán la retórica identitaria (“lugar de privilegio”), pero el recogimiento circular, los atardeceres socializantes de los veraneos, orgullo del clasismo santanderino, se someten a la cuadratura neoliberal del espectáculo turístico y financiero. Todos los proyectos de la ciudad la empujan hacia esa utopía del mundo uniformado como si sólo fuera una gran superficie comercial en construcción que debe cumplir reglas sagradas de formas, fetiches y contenidos.

Transformado el espacio físico, ¿importan los nombres? Sabemos que el nombre es lo mínimo, lo que queda, pero requiere explicaciones y capacidad de lectura. Creo que muy poca gente pregunta el por qué de los nombres de las calles; es más fácil mirar fotos de cómo eran antes, pero los motivos de los cambios también requieren palabras. En esa necesidad del lenguaje se unen las cosas y sus denominaciones.

Borrar los homenajes a los criminales y las falsificaciones sirve de desagravio a las víctimas, pero casi siempre llega tarde y no recupera nada más que emociones; y puede despertar contradicciones(3)Hace poco se rindió homenaje a los prisioneros de los campos de concentración de la Magdalena escenificando una fotografía de propaganda hecha por ...continuar. El de la memoria y los monumentos ya era un debate viejo cuando Courbet tuvo que pagar la columna Vendôme (por allí andaba el primer Drawoski) pese a ser inocente: no quería destruirla, sino desmontarla, trasladarla o, como mucho, aplicar antes de tiempo la idea de Daniel Buren: una estatua derribada se convierte automáticamente en escultura.

Otra manera es añadir a los monumentos enmiendas, textos o intervenciones explicativas. Aunque los cambios de nombres y las demoliciones son espectaculares, sólo permanecen las instantáneas. Las notas a pie de pedestales mantienen el recuerdo y, por tanto, prolongan la vigencia del debate. El problema es que eso no suele gustar a ningún poder o aspirante a él porque suscita controversias con matices que no se limitan a las consignas.

En la antigua República Democrática alemana, alguien escribió Somos inocentes al pie de una estatua de Marx y Engels. ¿Podría ponerse un rótulo en la Plaza de Italia en memoria de Cavour y Garibaldi proclamando su inocencia? ¿Y una explicación sobre los nombres anteriores? Un mural con imágenes de su pasado quizá abriera un debate interesante sobre formas y funciones urbanas, aunque, si se puede hablar del incendio de Santander y repartir fotografías omitiendo (o justificando sin pudor) la especulación y la segregación, no es descartable que la nueva plaza se plantee como un homenaje a la antigua con la misma desfachatez.

Plaza de Italia e infografía del proyecto municipal.

NOTAS   [ + ]

1. Por aquí hubo polémica cuando alguien sugirió cambiar el nombre a la calle Alázar de Toledo por el apelativo medieval.
2. Éste más intocable aún, pese a la cuesta escasa que le adjudicaron, por sus esfuerzos para impulsar una idea de promontorio vanguardista al servicio de Fraga Iribarne.
3. Hace poco se rindió homenaje a los prisioneros de los campos de concentración de la Magdalena escenificando una fotografía de propaganda hecha por los carceleros en lo que hoy es la explanada de las caballerizas. Algunos simpatizantes del régimen de Franco argumentaron en medios bien dispuestos a acogerlos que esa era una prueba de la humanidad del régimen. La falta de iconografía objetiva o aportada por los vencidos es muchas veces un problema para la reivindicación de la memoria, sobre todo en un mundo en donde se han hecho imprescindibles las representaciones e imaginaciones como soportes de las ideas y cuando se combaten décadas de adoctrinamiento prolongado por las versiones posteriores a la dictadura. Entre las muchas discusiones pendientes, está el de la utilidad, más allá del hecho de reconfortar a los ya convencidos, sean militantes o historiadores, de las ceremonias de este tipo, cuya resonancia es efímera y se pierde en el cúmulo de celebraciones. El palacio es templo de cultura, recuerdo de esplendores aristocráticos y escenario internacional de espectáculos veraniegos que incluyen reivindicaciones solidarias de todo tipo. Su conexión con la vida cotidiana de los habitantes de la ciudad es un asunto borgesiano de senderos que se bifurcan.

Indagaciones sobre Luzyarte

Recortes de El Cantábrico - 1932

No se sabe con certeza de dónde vino Fernando Ruiz Luciarte ni dónde fue a parar.

Parece que su habilidad para desplazarse a pedales a la velocidad del siglo XX -sobre todo, en el vértigo de entreguerras- lo ha desdibujado como las formas de continuidad en el espacio del sujeto de Boccioni, un símil sin duda oportuno, a pesar de la distancia, para el artista-inventor, que en ninguna referencia aparece detenido.

Esther López Sobrado, en su tesis doctoral Pintura cántabra en París (1900-1936). Entre la tradición y la vanguardia, le dedica este párrafo:

Conocemos su existencia exclusivamente a través de escasas referencias bibliográficas. “Luciarte era un joven que después de haber sido obrero en un taller de Torrelavega, marchó a París movido por su afición al arte, capital en la que residió bastantes años” [GARCÍA CANTALAPIEDRA, Aurelio: “La Biblioteca Popular de Torrelavega 1917-1937”]. Saiz Viadero [“Historias de Cantabria”, nº 6. p. 152] recoge su nombre completo (…) y año y lugar de nacimiento -1892 en Zurita de Piélagos-.

FernandoSin embargo, en 1932, Francisco Melgar escribía en la revista Ahora que Luzyarte (así había adaptado su apellido) era de origen vasco-valenciano, y lo presentaba como una de las personalidades más originales de Montparnasse, donde vivía dedicado a la pintura y los inventos. Entre éstos, le habían dado fama un cuadriciclo y la caravana con la que él y su esposa Marta, noruega, hacían largas giras por Europa. Formaban una pareja atractiva, de vestuario llamativo; incluso participaban en concursos de elegancia.Marta

Los recuerdos de su sobrina nieta, la escultora Katyveline Ruiz (1)Agradezco a Katyveline Ruiz las informaciones y la autorización para utilizar el material de su sitio web. Una muestra de su obra escultórica puede ...continuar, que lo conoció siendo ella una niña, lo sitúan como probablemente nacido en febrero de 1893, en Valencia, y señalan como última residencia una casa en Ondarreta (Guipúzcoa) hacia 1969/70.

También el Diccionario Benezit de Pintores lo considera levantino: Pintor español nacido en Valencia el 1-2-1893. Secretario de la sección española de la Liga Internacional de Artistas. Ha expuesto en París en los Salones de los Independientes y de Otoño.

En cuanto a su supuesto origen cántabro, aunque en los años próximos al de su nacimiento aparecen en los registros dos personas con el apellido Luciarte, no he encontrado referencias que los relacionen ni enlaces Ruiz-Luciarte. En una entrevista publicada en El Cantábrico en marzo de 1932, cuando habla de sus planes de adquirir una casa en Zurita, afirma que parte de sus antepasados son montañeses. El periodista le atribuye la condición de montañés de pura cepa(2)Aunque sea una interpretación sin pruebas, ambas afirmaciones parecen referirse a una pertenencia adoptada por haber pasado su juventud en ...continuar.

Para entonces, llevaba una década establecido en París. Antes de emigrar, había trabajado como mecánico en el taller de don Higinio González. Una mala racha lo dejó sin empleo y tuvo que desempeñar diversos oficios, sobre todo en la construcción. Pero también frecuentaba los círculos culturales y había pintado un cuadro del Cristo de Limpias para la Iglesia de la Consolación(3)Demolida en febrero de 1936. Del patrimonio que contenía, sólo consta el paradero de las tumbas de los Señores de la Vega, trasladadas a la ...continuar.

Tras su partida, Ruiz Luciarte no rompe los lazos con Cantabria. Mientras se define en el paisaje de Montparnasse, sus idas y venidas son recogidas en los ecos de sociedad. Durante una de esas estancias, en 1934, expone dieciséis cuadros en la Biblioteca Popular de Torrelavega: Retrato, Arlequín y Colombina, Pierrot, Inocencia, Paisaje (Bélgica), Apunte para un cuadro, El beso, Entre flores, Génesis, Paisaje (Brujas), Marina (Holanda), Maternal, Los amantes, Boceto, Idilio, Virginia.

Henri Broca, en ¡No te preocupes, ven a Montparnasse!: investigación sobre el Montparnasse actual (T’en fais pas, viens à Montparnasse ! : enquête sur le Montparnasse actuel, 1928), lo describe como un ejemplo de modernidad al paso de su vehículo entre los aventureros del arte:

A la puerta [del ‘Select’], el pintor español Luzyarte hace una salida fulminante en su cochecito a pedales y se detiene en ‘La Rotonde’.

El aparato es uno de sus inventos. En los registros de patentes figuran a su nombre las de cinco artilugios. Apostaba por los vehículos ecológicos cuando los futuristas exaltaban el rugido de la máquina. Los prototipos, algunos patrocinadas por marcas comerciales, le servían además para publicitarse como pintor.

En agosto de 1928, en el departamento del Norte, se comenta su visita:

Ayer por la mañana estuvo en Douai el español Fernando Luzyarte, pintor, que emprende la vuelta a Francia de un modo original. Ha montado sobre una especie de cuadriciclo una carrocería de tela, pintada a la manera más cubista, que le protege de la lluvia. La delantera de mica le permite ver la carretera. Con este vehículo de 300 kilos va a recorrer los caminos de Francia.

En 1929, Paris-Soir titula Un artista que se lleva bien con los negocios:

Hay artistas que se rompen la cabeza tratando de encontrar un pseudónimo adecuado a su arte. Ese no es el caso de Luzyarte, el artista español bien conocido. Luzyarte, que significa “luz y arte” (¡nada más y nada menos!) es en efecto el apellido del excelente artista. Si el nombre no hubiera existido, habría sido capaz de inventarlo. Este pintor suma a su talento artístico cualidades tan prodigiosas como variadas (..) Acaba de construir una suerte de tren automóvil nada desdeñable para escapar a la crisis del alquiler. El primer vehículo, fabricado por él mismo, le servirá de habitación, y un remolque, convenientemente adaptado, de exposición permanente y ambulante. Equipado de este modo, Luzyarte dejará París en junio para emprender un largo recorrido por Italia, Suiza y España.

El reconocimiento galo aviva el interés de la prensa madrileña. En 1931, Demetrio Yorsi dedica dos columnas ilustradas en la revista La Tierra a las obras y actividades de Luzyarte. Destaca su regularidad: dos telas anuales en los salones de los Independientes y de Otoño, muestra permante en La Rotonde, giras veraniegas. Habla de su vida seminómada en un vagón y destaca que vive de la pintura holgadamente, como de un oficio, ha conseguido en cierta forma la comercialidad del arte y exige ser pagado en billetes auténticos del Banco de Francia. Porque sabe que hay romanticismos nefastos que conducen al suicidio y que la mala bohemia se alberga muchas veces bajo el puente Saint-Michel.

El ya citado Melgar cuenta que vive en el centro de Montparnasse desde hace diez años largos y que ha pintado cuadros por millares con una facilidad acaso demasiado grande.

Resulta evidente que Luzyarte, sin audacias estéticas ni alardes técnicos, se esfuerza por encajar en las corrientes del momento. Quizá está más cerca de la artesanía (su formación ha sido la de un obrero) que de la creación innovadora, pero no carece de instinto ni de personalidad artística para desenvolverse en el ambiente capitalino conformado por la explosión iconográfica empezada casi medio siglo antes y que ya está inmerso en la multiplicidad de objetos de consumo estético. Es un pintor feliz que vende imágenes de todo tipo a precios bajos y necesita producir con profusión. Utiliza los tonos pastel para suavizar los perfiles geométricos art déco en las escenas eróticas y los retratos de su amada escandinava, y de vez en cuando se permite un nocturno fauvista, como en el óleo Le Moulin Rouge (1925). Podemos deducir, por sus actividades, el trato de la prensa y sus viajes que, aunque no procedieran exclusivamente del arte, sus ingresos no fueron escasos.

En 1934, de nuevo en Torrelavega, declara que está convencido de que Europa se dirige al desastre y que se ha planteado hacerse una casa rural y emprender con su compañera una vida lo más cercana posible a la autosuficiencia. En 1935, una nota informa de que se ha instalado en sus posesiones de Zurita.

El rastro cántabro se pierde poco antes del golpe de estado de 1936. Quizá permaneció en Francia durante la guerra y, después, ya a la vista del caos anunciado en Europa, volvió a instalarse en España. Pero en la postguerra europea reaparece difundiendo sus inventos desde su estudio de la calle Antoine Bourdelle y también recibiendo a sus parientes franceses en el País Vasco español. Su último cuadro conocido es un Pierrot con guitarra de 1959; la última patente es de 1963.

Es difícil imaginar a Marta y Luzyarte parando sus alegres movimientos para prestarse a un retrato convencional. Su baile fluye en una biografía inquieta de detalles evanescentes. Tal vez con esa percepción baste y lo demás sea supérfluo: la época en que brillaron les dio poder revelador a los bocetos.

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NOTAS   [ + ]

1. Agradezco a Katyveline Ruiz las informaciones y la autorización para utilizar el material de su sitio web. Una muestra de su obra escultórica puede verse en este enlace.
2. Aunque sea una interpretación sin pruebas, ambas afirmaciones parecen referirse a una pertenencia adoptada por haber pasado su juventud en Torrelavega. En todo caso, es este un aspecto que requiere más investigaciones.
3. Demolida en febrero de 1936. Del patrimonio que contenía, sólo consta el paradero de las tumbas de los Señores de la Vega, trasladadas a la Iglesia de la Anunciación primero y a la de la Virgen Grande después. La estampa que se muestra en la galería de imágenes parece haber sido elaborada por el propio autor

Geles

Pasamos los días probando geles sin nombrarlos; todavía no hay marcas populares, quizá porque su fabricación ha hermanado en la competencia por lo genérico a las empresas de alta perfumería con las de limpieza y bebidas: hay mercado para todos.

Están presentes en todas las paradas, mostradores, mesas, armarios, probadores, junto a todos los ordenadores, sobre los veladores de los anticuarios y al lado de los catálogos de bodegones de las galerías. Cada vez aparecen de más estilos y grados, como las bebidas espirituosas. A todos los llamamos geles, pero la mayoría apenas pasan de líquidos, como si la densidad fuera una rémora en un mundo con miedo y prisa. La condición gelatinosa puede contener tentaciones hedonistas y no están los tiempos para pausas voluntarias.

Hemos reinventado el gesto del creyente al pulsar el agua bendita de las pilas que presiden las entradas de los templos: ahora alzamos la palma de la mano hacia la fuente e imponemos el pulgar. Hay distibuidores automáticos, sardónicos, que expelen espuma con un gruñido burlón, y aerosoles que vaporizan aguijones contra el universo de Flügge.

En cada estación, entrada o servicio, tienen una textura, un olor, una temperatura distintas; a veces el color varía de luces ambarinas a verdosas o azuladas, pero predominan las tonalidades heladas que parecen contradecir su tendencia a diluirse en el calor de la piel emitiendo vahos optimistas o desanimados, según sean la miradas o las expresiones que acompañen a los gestos de embadurnarse las manos, anudar y desanudar los dedos procurando no olvidar ningún pliegue del tiempo o del espacio mientras se busca la mejor manera de acceder al edificio manteniendo las distancias.

Llevamos botellines en los bolsillos y cada vez los sacamos menos furtivamente al bajar del autobús, salir del ascensor, dudar si no debimos tocar el timbre, hojear el periódico, usar el teléfono. Después, los devolvemos a los bolsillos como quien enfunda una pistola.

Aunque seamos de los que detestan la persistente comparación de la situación con una guerra y sospechemos que eso sólo interesa a los que se apuntan las victorias, tratamos de afrontar lo invisible con lo volátil como quien se pinta una armadura de relatos de microbatallas. Pero, por suerte, la ciencia es mucho más que magia.

Santander 1913: Polizones

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La noche del viernes 31 de octubre de 1913, a pesar de la surada, hubo en la bahía de Santander mucho movimiento de pequeñas embarcaciones cuyos trayectos, fingidamente erráticos, convergían en un trasatlántico fondeado a la entrada del puerto. Se llamaba Pardo, desplazaba 4538 toneladas, alcanzaba los 12 nudos y tenía dos cubiertas y una disposición peculiar del castillo de proa y el entrepuente. Había sido construido en 1904 en los astilleros de Belfast por Harlam & Wolff para la Royal Mail Steam Packet Co. (conocida por los hispanohablantes como la Mala Real Inglesa) y formaba parte, con el Potaro y el Paraná, de un trío dedicado a llenar sus grandes bodegas refrigeradas con carne argentina, descargarlas en Gran Bretaña y habilitarlas para llevar a Sudamérica cientos de emigrantes de España y Portugal a 200 pesetas el billete de tercera.

El Pardo tenía fijada la partida para la mañana siguiente. Durante el día, se habían sucedido las idas y venidas de las lanchas de la naviera para trasladar provisiones y viajeros. A éstos se sumaron, con permiso o no de los tripulantes, familiares y amigos empeñados en prolongar las despedidas. Pero, cuando el anochecer y la firmeza de los oficiales impusieron la calma en cubierta y los carabineros expulsaron a los últimos borrachos de los muelles, empezaron los merodeos de los botes furtivos buscando oportunidades de embarcar polizones.

El puerto, entonces, estaba integrado en la ciudad en todos los sentidos, que eran muchos. Junto a la impostada normalidad, las proclamas reglamentarias y la ceremoniosa circunspección de los representantes de los poderes y burocracias subsidiarias del comercio, la pesca, el cabotaje y los grandes cargos, el panorama cotidiano -y aún más cuando las veletas dudaban en la oscuridad si rolar al noroeste- mostraba sin tapujos un flujo constante de movimientos informales, abigarradas actividades gremiales e individuales a veces violentas, generalmente ilegales o turbias y, sin embargo, tan fieles a las mareas y navegaciones como los oficios mejor considerados. Además, la integración social y laboral y la estructura urbana (entonces las dársenas no estaban cercadas) hacían de las ciudades portuarias fronteras imprecisas donde la pobreza forzaba ciclos de quieta supervivencia y actos disparatados. Los grandes negocios, por supuesto, se dirimían en otros sitios. En Santander, no demasiado lejos, en el paseo de Pereda, antes simplemente la Ribera, los consignatarios y banqueros tenían miradores para contemplar su obra, lo mismo los grandes paquebotes que los elegantes veleros y las ruidosas carboneras, sin dejar de quejarse de la pesca, el bullicio y el hollín al rematar las jornadas en El Sardinero.

Como en la mar mandan las corrientes, y no habría historia en Costaguana sin la encerrona nublada de su ensenada, antes de planear sobre el movimiento de la bahía, hay que indicar que las anclas del Pardo, fondeado a la entrada del puerto, habían garreado por efecto del viento y lo habían acercado a los muelles. Eso facilitaba las cosas a los que apostaban por la emigración clandestina.

Se ignora cuántos polizones intentaron embarcar aquella noche y, de ellos, cuántos lo lograron y cuántos fracasaron. Quizá se averiguara qué fue de los primeros si se rastreasen los censos de conventillos y vecindades de Latinoamérica; pero en cuanto a los segundos, los frustrados, aunque la mayoría debió de volver sin problemas, es imposible poner número a los que perecieron o consiguieron salvarse a duras penas tras zozobrar sus botes, manejados muchos por manos inexpertas. Sabemos, eso sí, que al menos dos fueron descubiertos por la tripulación ocultos en el buque y un tercero fue rescatado del agua cuando estaba a punto de ahogarse. Este, de ambigua posición, es el que nos interesa.

Se llamaba Manuel Toca Torre, alias Chispero, de 26 años, vecino de la cuesta de Gibaja, y les dijo a sus salvadores, un oficial y un marinero ingleses y un camarero español duchos en lanzar salvavidas, que había subido al barco por un cabo para despedirse de unos emigrantes y se había caído a la bahía cuando el bote que lo había llevado ya estaba lejos. No era buen nadador. Se vio mal y pidió socorro. Le proporcionaron mantas y lo convidaron a coñac.

Al amanecer, la lancha de la Comandancia de Marina se llevó a los polizones descubiertos. Unos años antes hubieran pasado un tiempo en los calabozos municipales por encargo de la Autoridad Naval, pero la abundancia de casos había suavizado el tratamiento de un problema irresoluble. Al fin y al cabo, por mucho que se molestasen las navieras, la opinión pública estaba a favor de los emigrantes: hacer las Américas era un deseo legítimo.

En julio de 1891, por ejemplo, estaban presos 28 polizones. Como las resoluciones se demoraban, un concejal pidió que se enviara a sus lugares de origen a los foráneos y se buscara una solución para los locales. Poco después, se solicitó a Gobernación que se diese a los detenidos de este tipo la libertad a cambio de trabajar en obras municipales. Más tarde, se empezó a resolver el asunto con una simple multa que pocas veces se cobraba.

Manuel “Chispero” Toca tenía antecedentes. Con sólo 15 años, había estado envuelto en una pelea en un bar de Cueto. Por esa misma época había recibido un disparo sin consecuencias graves mientras él y otros chicos jugaban con una pistola en la dársena de Molnedo. El arma nunca fue encontrada. También había sido denunciado y sancionado varias veces por agresión, intento de robo, escándalo y hurto; sin embargo, siempre se libró de condenas mayores. Además, le gustaban las fiestas desaforadas: ya en los años 30, tendría que indemnizar a dos vigilantes portuarios por romperles los capotes durante una borrachera en colaboración con Elingin Leongarden, noruego, de 25 años, soltero, marinero, tripulante del vapor Homledal, y Georg Asklund, sueco, de igual edad, tripulante del vapor Willian. Ese carácter internacionalista de Toca en los albores de la República concuerda -por lo menos desde la ironía- con su costumbre de manifestar ideas antimonárquicas: en más de una ocasión, estando en apuros, había buscado en vano la ayuda de un concejal del Directorio Republicano.

El abordaje del Pardo no hubiera pasado de un suelto en la prensa si, diez días después, no hubiera aparecido en la bahía el cadáver de un hombre que fue identificado como Manuel Collado Arroyo, alias Manoliqui, de 25 años, casado y con tres hijos, de oficio botero y conocido por dedicarse, entre otras cosas, a embarcar polizones en los trasatlánticos. Collado faltaba de su casa desde el día 31. Su esposa había llegado a sospechar que estaba camino de la Argentina. Los forenses dictaminaron que había muerto ahogado.

Entonces habló con los periodistas Benigno Verdeja Valle, de 18 años, que afirmó haber visto al difunto a las 12 de la noche en la dársena acompañado por dos individuos a los que se disponía a embarcar en el vapor inglés. Benigno les había ayudado a abordar y soltar el bote de Manuel Martín, el Andaluz, que no se hallaba presente. Oyó que a uno de ellos lo llamaban Chispero. La policía empezó a investigar cuando la prensa decidió que la noticia lo era de portada. El conservador La Atalaya bramaba especialmente contra las prácticas del hampa portuaria y ponía el punto de mira en gente sin remedio, decía, como Toca.

El Andaluz informó de que el bote le había sido sustraído la noche de autos y que, varios días después, lo había encontrado intacto, amarrado (por la forma, durante la bajamar) en el muelle de Maliaño, en la machina de hierro del ferrocarril cantábrico.

Interrogado Chispero, afirmó que Collado lo había llevado al Pardo, que no había un tercer hombre, que había caído del buque cuando ya estaba en él y que el botero se había ido sin saberlo.

Así estaban las cosas cuando, dos días después, el 13 de noviembre, apareció otro cadáver.

Servando Neira Rey, de 20 años, era un gallego de Barcarizo, huérfano y con cinco hermanos menores acogidos en un asilo. Hasta hacía pocos meses, residía en Hazas de Cesto ejerciendo labores diversas, incluida la de músico en una banda ambulante. Se había establecido en Santander cuando el industrial afilador de la calle Atarazanas Antonio Camba y su esposa, Carmen Formosa, también gallegos, lo habían empleado por dos reales diarios, manutención y lavado de ropa.

En la chaqueta del traje negro barato que vestía, llevaba Neira un reloj de acero, una carta y una fotografía.

El reloj estaba parado a las 11 y 5 cuando lo encontraron. Más tarde, en el juzgado, un amanuense vio que señalaba las 11 y 20 e hizo constar que, no habiéndosele acabado la cuerda, había vuelto a andar espontáneamente pese a haberse llenado de agua.

La carta era la que los Camba habían enviado a Servando para invitarlo a trabajar con ellos hasta ahorrar lo suficiente para irse todos a Buenos Aires.

La fotografía era de una joven con falda oscura y blusa clara, llevaba el sello de Quintana, calle San Francisco, y supuso una pesquisa circular. Los Camba tenían entendido que Servando tenía una novia, para ellos desconocida, en la cuesta de la Atalaya. El fotógrafo recordó que tenía varias clientas en la zona, entre las costureras del taller de Manuela Varela. La chica resultó ser la hija de los Camba, Josefa.

No se registran consecuencias familiares del descubrimiento. Interrogada Josefa, dijo que su relación con Servando era trivial, inocente. No comentó la foto. Pensaba que el joven se había ido a América y propuso que le preguntasen a su tío Manuel Formosa, que siempre andaba con él.

Formosa, figurante desabrido en la barra de un figón, negó conocer a Servando y la prensa desató contra él una andanada racista: fue tachado de gallego ladino y receloso. Parece que nadie volvió a molestarlo.

El inspector jefe de vigilancia, don Fernando Alcón (sic) tomó cartas en el asunto. La prensa progresista le había afeado alguna vez la aplicación de correctivos humillantes a los detenidos. En concreto, los obligaba a permanecer de rodillas en la prevención. Era más dado a las conferencias de clubes y casino, actos sociales de beneficencia, taurinos y, por supuesto, oficiales, pero, ante la situación mediática, hay indicios de que podemos imaginarlo subiendo, escoltado por un par de guardias uniformados para disuadir a los demasiado curiosos, al segundo piso del número 3 de la calle Tableros, donde doña Rosalía regentaba la fonda en la que trabajaba Chispero como mozo de estación.

Chispero, en el cuarto más discreto, con cara de viejo conocido de la policía, pero no sin temor, afirmó que la noche del 31 de octubre había ido con Manoliqui -y nadie más- al Pardo para despedir a unos conocidos y se había caído del bote. No explicó la diferencia con la primera versión, según la cual había caído del buque cuando ya estaba en él.

La dueña de la fonda también habló. No creía que Toca hubiera querido emigrar. Pensaba que, en efecto, fue a despedir a unos emigrantes que había estado alojados en el establecimiento y no le parecía inverosímil que lo hiciera a las once de la noche y subiendo por la cadena del ancla, por una maroma o como fuera.

Puede que por la intervención directa del jefe de policía (que, no obstante, enseguida se apartó de los focos, quizá evidenciando que allí quedaba poco tema) y la agitación de los medios, encabezada por el conservador La Atalaya (que apuntaba sin dudarlo a un hecho criminal) y el liberal El Cántábrico (que situaba el caso en la categoría de accidentes habituales e inevitables), la lista de testimonios publicados aumentó y, con ella, las contradicciones.

Algunos declarantes rectificaron lo que habían dicho antes o añadieron datos omitidos. Así, Carmen Formosa informó de una conversación que Servando había mantenido con Chispero para que este le organizara el embarque por nueve duros con Manoliqui como tripulante. Confirmaba, pues, que Chispero era un embarcador de polizones profesional. Sin embargo, 45 pesetas era un precio excesivo.

Se sucedieron también los testimonios de los boteros de los muelles; sin duda, eran los trabajadores del margen mejor informados, pero también poco proclives a ser sinceros con las autoridades, aunque, desde lecturas menos inquisitoriales, su hábiles fabulaciones no se privaban de un lúdico trasfondo de resistencia naturalista a los voceros oficiales.

La idea fuerza -por utilizar la terminología militante de la época- mantenía que la noche del 31 de octubre, como muchas otras veces (¿se esperaban las noches de abordaje migratorio con la resignación que los atuneros esperaban las virazones que devoraban las barquías?), un número indeterminado de polizones habían desaparecido sin que hubiera manera de saber si habían embarcado en el Pardo o seguido la suerte de Manoliqui y Neira. Varias familias esperaban noticias de sus parientes y preguntaban discretamente a marineros y pescadores. Eran probables más devoluciones de la mar. El destino de algunos se conocería con los años. Otros quedarían para la duda, la intuición o el medio luto. Quizá algunos no tardarían en volver por tierra si eran descubiertos todavía en aguas españolas. Lo importante era permanecer oculto hasta pasar de Finisterre.

Un tal Santoña corroboró que, por el garreo debido al sur, el Pardo estaba muy cerca del malecón del Muelle, y añadió que los que estaban por allí habían oído voces de auxilio .

Otro, Brinza, sostuvo que Manoliqui, Toca y/o Neira no habían embarcado en el bote del Andaluz. Es más: él había ido con Chispero al Pardo por la tarde en el vaporcillo de la Compañía y había visto allí a Manoliqui. ¿Preparaban el escondite para ir por la noche? Según él, los que hurtaron el bote fueron los miembros de una cuadrilla de torerillos vagabundos liderados por un tal Pedro González. Pero, ante el gran tráfico de polizones y la marejadilla, empezaron a recular y, cuando oyeron gritos, desistieron y amarraron el bote. Pero, entonces, ¿dónde habían embarcado los otros? Pues en la chalupa del buque Cantabria, que fue encontrada al garete y volcada en Astillero.

Otra hipótesis: lo torerillos habían tomado la chalana y, cerca del Prado, encontraron el bote del Andaluz abandonado y saltaron a a él. Al aspirante a novillero Pedro González, de 16 años, no fue posible encontrarlo. Había sido aprendiz de ebanista antes de que le diera por querer emigrar. El día antes de los hechos, su padre lo había sacado de un vapor, pero no sabía si había vuelto a intentarlo.

Benigno Verdejo mantuvo su versión, incluido el color del traje del tercer viajero: era blanco. El de Servando Neira era negro. Cuando se lo indicaron, Verdeja apuntó la posibilidad de dos viajes: Collado, Chispero y otro desconocido en el bote del Andaluz; Collado y Neira, después, en otro bote.

Nuevos hallazgos confirmaron la profusión de polizones. La chalupa de seis plazas de la sociedad de lanchillas automóviles, desaparecida, fue encontrada a la mañana siguiente cerca del lazareto de Pedrosa. En algunos botes de Puerto Chico, con señales de haber sido usados y devueltos, había tablas arrancadas de otros botes cercanos para ser usadas en lugar de los remos que sus dueños habían retirado por precaución.

Aunque no había acusación formal, Manuel Toca Chispero compareció ante el juez el 15 de noviembre. Dijo que el 27 de octubre, en la bolera de Numancia, Manuel Collado Manoliqui se había comprometió a embarcarlo para América por pura amistad, sin precio alguno. Que se habían dado citada para el día 30 en Puertochico a las 10:30 de la noche. Que Collado había acudido a la cita acompañado por Servando Neira y un amigo de éste, el cual había quedado en tierra tras ayudar a embarcar a los demás.

-Mala noche -dijo Toca-. Disforme. Soplaba el sur y la mar estaba muy picada. Llegamos al castillo de proa y subí el primero porque tengo experiencia como polizón. He ido a Veracruz y a Buenos Aires. Subí al vapor por un cabo y corrí hacia el puente para esconderme dentro de un bote de socorro. Estaba aflojando la lona del bote cuando perdí el equilibrio y caí a la mar. No sé nada más.

Negó ser un embarcador, apalabrar con los botes los polizones, regir el negocio desde una “oficina” instalada en un rincón de una taberna de la calle Arrabal cuya dueña hacía de depositaria del pago de los polizones, que podían recuperarlo, salvo una comisión, si el abordaje fracasaba. El juez lo dejó libre sin cargos.

La Atalaya lamentó que Chispero no fuera procesado y que lo celebrara, precisamente, en el burdel que frecuentaba en la calle Arrabal, encima de la taberna mencionada.

Examinando declaraciones, datos paralelos y rumores coincidentes, se puede aventurar un recorrido previo a la noche triste.

Comienza en el baile del ‘Ideal Panorama’, donde Manoliqui y un tal Vizcainuco llegaron por la tarde con dos amigas. Después se dirigieron todos al cine Narbón (echaban “La herencia de Cabestán”, recomendada como “de alto valor moral”), pero por el camino encontraron a Chispero, que le pidió a Collado que lo acompañara a embarcar a alguien, tal vez Servando. Manoliqui confió su entrada a una de las chicas para que la depositara en la taquilla hasta su vuelta.

Se les vio dirigirse hacia Atarazanas. Luego, siendo ya tres, estuvieron bebiendo en el establecimiento de la viuda de Francisco Díaz, en Puertochico. Salieron camino de los amarres. Poco después, un desconocido llegó al bar con la zamarra de Collado y pidió de parte de éste que se la guardasen. Le estorbaba para el trajín del bote. Era una noche de viento tibio, revuelto, que alteraba las mentes y aligeraba las anclas.

El gato y la Anunciación

Los gatos son curiosos, pero detestan las sorpresas. Si un ángel irrumpe en una habitación en presencia de un gato, lo más probable es que éste agote todas las posibilidades de huida. Después, tratará de arañarlo.

Quizá -discretamente- sea el más salvaje de los animales domésticos. Vive en los asentamientos humanos desde el Neolítico, cuando firmaron un acuerdo de colaboración con las mujeres que cultivaban los campos mientras los hombres se pavoneaban en cacerías. Los felinos negociaron desde una premisa irrenunciable: “no somos perros”.

No es nada nuevo lo que digo. Hay mucha literatura sobre los gatos. Tampoco es novedad señalar que el pintor veneciano Lorenzo Lotto (1480 – 1556) es un artista atípico para su época. Introducía en los cuadros distorsiones originales. No sé si es adecuado llamarlo “premanierista tranquilo”; igual no significa nada, pero me gusta la expresión.

Siguiendo con lo ya dicho, apunto ahora que uno de los temas claves de la iconografía cristiana es el de la Anunciación hecha por el arcángel Gabriel a una mujer humilde llamada María, prometida con un artesano llamado José. En los tiempos evangélicos, una mujer casadera era una adolescente de 14 años. El espíritu celeste se presentó ante ella para comunicarle que había sido designada para tener un repentino, antinatural e inevitable embarazo.

Lorenzo Lotto - La Anunciación

A partir de aquí, apuesto por lo irracional; no entiendo otro modo de sumar un ángel, un felino y una doncella. De todos los temas que el corpus artístico cristiano tiene por tradicionales, con la excepción postbíblica de algunos éxtasis y penitencias (Thais, Teresa de Ávila…), la representación de ese anuncio es el que más me interesa. No desdeño el drama ni la intensidad de los calvarios, traiciones, crucifixiones, descendimientos, deposiciones, resurrecciones, epifanías, asunciones, ascensiones, cenas, entradas en templos, curaciones, multiplicaciones, etc.; pero tengo motivos para esa preferencia. Daré los dos mayores.

La Anunciación está alejado en el tiempo de los otros momentos cruciales (los que conducirían al sacrificado a la cruz), es el acto fundador y, aunque con paréntesis (la huida a Egipto, los debates del niño con los sabios, algunos juegos en el Jordán…, y me atrevo a añadir la anécdota que Max Ernst pintó en “La virgen azotando a Jesús en presencia de tres testigos”), da paso a una larga elipsis. Los constructores de la narración sabían dosificar el enigma. Para mí, la tensión provocada por la noticia del ángel supera la de cualquier representación de las manifestaciones de divinidades y misterios. Y, sobre todo, no puedo evitar ver en ella una autoafirmación del Verbo mayúsculo del Poder, la idea tentadora de definir la Palabra para hacer irrefutables las decisiones y performativas las oraciones: al formularse el anuncio, se somete el cuerpo y se produce la concepción.

La escena se suele envolver en geometrías diversas y entornos codificados, con variaciones de la ortodoxia. El patriarca supervisa desde las alturas; jardines cerrados remiten a la virginidad; el cosmos delata lo extraordinario, el cielo y las nubes tiene tonalidades precursoras de invasiones; puede haber figuras en arquitecturas lejanas: el mundo espera.

María estaba cosiendo, bordando, leyendo, rezando, cuando fue interrumpida. El ángel aparece a veces pintado en posición inferior respecto a la mujer, lo cual obliga a recurrir a escorzos para que el mensajero no pierda autoridad: está ante la que será una de la divinidades principales, pero las órdenes proceden de la voluntad máxima y la aceptación de la virgen (¿podía negarse?) se da por hecha (es un anuncio, no una pregunta). Otras veces, desciende sobre ella, luciendo las alas sin reparos, desde su condición escatológica.

La versión de Lorenzo Lotto, sin abandonar la ortodoxia de los símbolos, parece jugar con ellos en una puesta en escena que, desde una lectura actual, sugiere un humor desordenado y ambiguo. No hay constancia de que en su época tacharan al cuadro de irreverente, pero ahora sugiere algún matiz de rebeldía, aunque sea meramente artística.

El ángel parece haber llegado con prisas por un agujero espacio-temporal, como si alguien allá arriba y allá siempre hubiera dejado para última hora avisar a la más interesada. En el origen del designio, no hay horas y, en la instantánea, queda el desorden del recién llegado para abolir las leyes de la física ordinaria.

María, sobresaltada, separa las manos para enmarcar la sorpresa o, mejor dicho, el espanto y mira al público como pidiendo ayuda o al menos explicaciones humanas. Más tarde, cumplido el ciclo, la asunción -en cuerpo y alma- la elevará hacia la quietud de los iconos.

Y, en medio del cuadro, el gato se encrespa, bufa y huye. El gato de mirada callejera que pactó con las mujeres no está de acuerdo con la intromisión. Los egipcios lo adoraban por salvar las cosechas, pero, en la tradición cristiana, esa actitud le supondrá ser considerado un aliado del demonio y amigo de las brujas. ¿Pensaría Lorenzo Lotto en él como el verdadero -inconfesable- protagonista de la obra?

Una pérdida de tiempo (Hippe)

Mientras buscaba una palabra que no quería salir de la punta de la lengua, me he acordado de Pribislav Hippe.

Había olvidado cómo se escribe el nombre y he tenido que liberar el tomo cautivo de ‘La montaña mágica’; de paso, Thomas Mann me ha recordado que se pronuncia «Pchibislav».

El personaje aparece en la novela primero como un recuerdo y después como un fantasma que se presenta cuando afloran la inquietud de Castorp, las sospechas sobre sí mismo, la tentación de la autoinculpación (pero no de la autodelación) provocadas por la salvaje monotonía del mundo.

Las mismas sospechas alcanzan, por supuesto, al narrador omnisciente, que respeta el deseo del protagonista de no buscar un nombre para definir lo que sentía respecto al compañero de instituto, admirado siempre a distancia y con el que habló una única vez: fue para pedirle que le prestara un lápiz; sólo lo tuvo una hora; iba envuelto en un estuche de plata con un mecanismo para liberar la punta; freudianos abstenerse.

Hans Castorp no se preocupaba demasiado en justificar racionalmente sus sensaciones y, menos aún, del nombre que hubiera podido dárseles. De amistad no podía hablarse, puesto que ni siquiera «conocía» a Hippe. Pero, en primer lugar, nada obligaba a dar un nombre a aquellos sentimientos cuando ni siquiera se planteaba que pudieran verbalizarse. (…) Hans Castorp estaba inconscientemente convencido de que algo tan íntimo como aquello debía guardarse de una vez por todas de las definiciones y las clasificaciones. Justificados o no, aquellos sentimientos tan alejados de un nombre y cualquier forma de articulación, eran de una fuerza tal que Hans Castorp llevaba casi un año (…) alimentándolos en silencio.

La renuncia de Castorp a la palabra que se obstina en seguir oculta se traiciona con una precisa descripción de la belleza de Hippe. El narrador es más que cómplice, apenas una máscara, un velo tenue. También podemos pensar que Mann fue un gran bromista nada heroico, sin valor suicida para sucumbir en Venecia, un maestro del humor negro, quizá el más contemporáneo de los contemporáneos de Kafka.

Hippe es rubio, mestizo de germano y wendoeslavo, de ojos oblicuos y pómulos pronunciados (lo apodan «el Tártaro»), voz ronca pero agradable, alumno modelo, poseedor de una mirada con futuro y multigénero:

Aquellos ojos de Clavdia que le habían contemplado de muy cerca con una mirada indiscreta y oscura, y que, por la forma, el color y la expresión se parecían de una manera sorprendente y escalofriante a los de Pribislav Hippe (…), más bien eran los «mismos» ojos, como también la anchura de la mitad superior del rostro, aquella nariz un poco chata…, todo, hasta la blancura rosácea de la piel, aquel color sano de las mejillas que en Madame Chauchat, sin embargo, no era sino una mera ilusión (…), y así le había mirado [Hippe] cuando se cruzaban en el patio de la escuela.

Aquello era estremecedor en todos los aspectos. Hans Castorp estaba entusiasmado ante tal coincidencia y, al mismo tiempo, sentía algo parecido al temor, a una angustia creciente y similar a la que le producía saberse encerrado en un lugar exiguo en las circunstancias más propicias. (…)

Madame Chauchat también se rió de aquella escena, y sus ojillos se cerraron y su boca permaneció abierta, exactamente igual —pensó Hans Castorp— que cuando Pribislav Hippe reía.

A base de renuncias y de incertidumbres, la solución parece estar en una normalidad soporífera, la curación de un mal que no padece:

Pribislav Hippe ya no se le aparecía en carne y hueso como sucediera once meses atrás. La aclimatación de Hans Castorp había terminado, ya no tenía alucinaciones, ahora no estaba tendido e inmóvil sobre el banco mientras su «yo» se alejaba de su cuerpo y flotaba por regiones lejanas. Ya no ocurrían tales incidentes. La limpidez y la viveza de ese recuerdo, cuando lo evocaba, se mantenía en los límites normales y sanos.

Ese recobrado conformismo (Europa se prepara para la guerra y la novela lo cuenta desde la postguerra y Castorp no puede o no quiere llamar a sus sentimientos por sus nombres y, sin embargo, desde el íncipit, no hemos dejado de considerarlo un joven agradable y una buena persona aunque también desde el principio sepamos que las buenas personas no impedirán la catástrofe) tropieza una y otra vez con el lenguaje y los géneros, esas fábricas de malentendidos:

¿Cómo voy a devolverle a Clavdia Chauchat el lápiz de Pribislav Hippe? En francés se dice “son crayon” porque “crayon” es masculino, y da igual si el poseedor también lo es o no, pero entonces no se sabe si es “suyo de él” o “suyo de ella”, aunque tampoco se le puede devolver “a ella” lo que es “de él”… ¡Pero qué galimatías! ¡Cómo puedo perder el tiempo con cosas así!.

Bronca exquisita

El otro día leí que, en Rusia, en las proximidades del Don apacible, una discusión sobre Kant acabó a tiros (la noticia no entraba en detalles, pero parece que, como hoy todo lo kantiano, no tuvo consecuencias categóricas) y me acordé de cuando Rardo Pujas y su primo Ciano la tuvieron monumental por culpa del Lian, profesor de filología clásica represaliado que se ganaba la vida en una academia de repetidores, bebía como un cosaco (muy a propósito) y era esposo de una mujer de abrupta belleza grecolatinizante que las noches sin luna tocaba el piano, único mueble noble de la buhardilla que habitaba la pareja como estereotipo de resistentes derrotados, todo lo cual (piano triste y manso resentimiento) llevaba al hombre con frecuencia a acodarse en la barra del bar Oregón, trasegar mucho tinto barato (en realidad, no había otro) y soltar máximas que dejaban a la parroquia boquiabierta bajo los rulos atrapamoscas colgados de las paredes incluso en invierno. En ese bar sin otro aditivo yanqui que un sombrero Stetson grasiento fosilizado en la pared, tuvo lugar la pelea entre parientes que actuó como una máquina de Goldberg multidireccional y arrastró al barrio a un caos que duró tres días y cuatro noches y se prolongó durante años en un desorden lento, pero evidente como la expansión del universo, que es otra máquina de broma porque, aunque nunca nos lo admitimos, realiza tareas sencillas de un modo muy complicado… (Mientras se fraguaba la disputa, la mujer habilitada por la maledicencia y la teología para ser origen de la perdición paseaba por el barrio como un espejismo sin moverse del salón de casa, donde, de negro, leía en una chaiselongue tapizada en rosa palo un tomo en cuero con la portada de una colección de ensayos sobre Madame Bovary y el contenido de ‘La literatura y el mal’.) Aunque los nombres han sido cambiados, la realidad es tozuda como la conjetura de otro ruso cronosaboteador probablemente abstemio, y quizá muchos recordarán o habrán oído siquiera mencionar la que se montó aquel día de verano de finales de los 70 después de que el triste profesor (uno de esos grandes hombres cascarrabias con sus alumnos), en medio de un silencio espiritual evidente, al atardecer, dijera: “Toda forma lo es de un contenido”. Como se ha atribuído el privilegio de ser escenario de los hechos a varias localidades de nuestra Comunidad, y aunque fui testigo, omitiré el nombre del lugar para no provocar desilusiones. La frase fue pronunciada con desgana, pero redobló el silencio. Callaron hasta las moscas. Es decir: sobre todo, callaron las moscas cautivas. Pero ese silencio cruel lo rompió Ciano (ex legionario, boxeador de pesos welter desfederado por juego sucio, de cejas tachadas, treinta combates, todos perdidos por knock-out o fuga ante el adversario), el cual, ensoberbecido por el Soberano, casi como un poseso (una larga trayectoria personal que no viene a cuento explicaría esto), afirmó con su voz de nariz rota: “¡Eso sólo es cierto en el caso muy improbable de que ningún sofista se esmere deliberadamente en ocultar el contenido dándole una forma falaz al continente!”. Dadas las dificultades expresivas de Ciano, provocadas por recurrentes lapsos vago noqueo reminiscente, hubo y hay entre los testigos vivas polémicas sobre lo acertado de esta transcripción, pero, para lo que a esta crónica afecta, Lian alzó la vista, impetrante, hacia las hijas de Belcebú (el techo del local era alto; apenas se imaginaba un final del abismo blanqueado por telarañas donde desaparecían los cables de las bombillas desnudas), murmuró algo (¿por suerte?) ininteligible y, cuando parecía que no iba a haber nada más y empezaban a volver los zumbidos desesperados, Rardo (sabíamos que amaba con furia platónica a la cuñada del profesor, más fea, inteligente y pianista que su hermana, y era bien correspondido) estropeó el regreso ovino a la normalidad terciando con voz helada: “No contradigas al viejo”, advirtió. Enseguida entendimos que allí residía el poder de una mujer prematuramente tachada de solterona, vestal de cabellos lacios demasiado oscuros en las mechas aún no encanecidas, de silueta de enredadera y, sin embargo, majestuosa en su sobria túnica negra… El poder de un sueño, la furia bella imaginada, la frágil desmesura de un hombre herido que podía sufrir con la misma facilidad con que talaba bosques enteros en jornadas de 12 horas diarias. El caso es que Rardo Pujas (he olvidado decir que la primera erre se pronuncia con sonido vibrante simple y espero que eso no recaracterize bruscamente al personaje o por lo menos no desenfoque a la persona) debió de pensar que había que sacar a colación el asunto del robo de energía, obra de Ciano, que, a poco de salir de la cárcel, había alquilado un piso junto al de su primo y había puenteado su contador eléctrico con el de éste, el cual a su vez había hecho tiempo atrás lo mismo con el de otro vecino, para colmo guardia civil retirado que, debido al excesivo consumo, tenía grandes peloteras con su señora hasta que su contador dijo ya no puedo más, explotó con un aliento desesperado y dejó un halo ominoso en la pared del sótano comunal además de levantar la masilla que ocultaba los cables añadidos. El ex guardia civil exhibió la pistola, hizo cuentas y dejó claro que una deuda impagable pendía sobre las cabezas de los vecinos a cuya compañía había sido condenado por su escasa capacidad para ascender pese a los servicios prestados. Nada más retirarse, ya en democracia formal, se había hecho comunista, como su padre, que había quedado a su pesar en la zona del Alzamiento Nacional y había pasado años en la Guinea Ecuatorial (patética rima) escoltando los movimientos forzados de población para saciar el hambre de cacao y darnos quizá una oportunidad de expresar la globalidad de lo local y viceversa. Volviendo a los hechos que nos ocupan, de relato más prolijo (como voy a demostrar) que el intento de ambos parientes de talar, al unísono y con sendas motosierras, las palmeras monumentales de los jardines de la iglesia neogótica (orgullo de nuestra localidad pese a la existencia de otro edificio vanguardista de los años 70 y, a causa de los contrafuertes, serie de biombos de piedra oscura para las parejas nocturnas-), intento que fracasó por falta de combustible en las máquinas, mala calidad de cadenas, escaso engrase de las espadas (recién pasada la campaña de la tala, los Pujas volatilizaban la paga haciendo vida de marineros sedientos) y dureza de la madera, y no por otra cosa, ya que la fuerzas del orden no pudieron acercarse a los vándalos hasta que los motores cesaron su petardeo. Volviendo a ello, digo, es preciso hablar del silencio que se hizo cuando, al parecer, escasearon las réplicas. Probablemente, sin esa rara quietud (hasta los de la timba del fondo congelaron los naipes en el aire) no se hubiera producido el primer impulso, la puesta en marcha de un mecanismo construido por el azar y la necesidad, esa ingeniería del cosmos, el hado, el sexo y la sed, que un pintor futurista hubiera representado como un giro de objetos y personas en vórtices hilados sobre marionetas o encordados como autómatas de feria, pero a una velocidad sólo representable rompiendo toda figuración o armonía tradicional e incluso el propio lienzo. De pronto el bar pareció el trampantojo de un embalse olímpico desbordado, una puesta en abismo de estampidas de divinidades guerreras, faunos, ninfas, jaurías y ángeles nuevos legionarios de impresionantes dimorfismos sexuales y escatológicos. No se recordaba bronca parecida desde aquella huelga general en que los antidisturbios miraron al revés los mapas. (No se ofendan. Entonces eran grises, no había gepeses ni drones y, por otro lado, debería haber escrito “desde que los antidisturbios, alertados del error por desertores y prisioneros, pusieron los planos en la posición correcta”.) El incidente se subdividió para extenderse en muchos acasos cada vez menos subordinados a la filosofía inicial hasta perderse en la distancia de un mar de calles náufragas con sus islas míticas, las plazoletas especializadas, la de ligar, la de beber, la de las nubes de hachís, la del bajón de tripi, la del dibujante solitario al carboncillo, la de los niños, la de los perros; en realidad todas eran rincones o momentos distintos o ruinas o callejones anexos de la misma plaza, subplazas que fueron borradas por la lava fría de la historia de manera que el relato del día siguiente sólo quedó escrito en los objetos: una chapa de cinturón tintada en rojo y negro imitando la jolly roger de Jacquotte Delahaye, una carpeta con formularios de empadronamiento manchados de sudor de esclavos, cristales rotos de variadas procedencias, cajas de rodamientos reventadas, probetas con las que algunos habían querido experimentar lo placeres inusuales de la guerra bioquímica, preservativos trasladados con el mismo objetivo y rechazados por las desasosegantes amazonas que abandonaron los disfraces para refutar las tristes hombrías de los héroes, varios tomos del Rocambole, algunas láminas de Escher, un montón de fotografías de fractales y, de fondo, un dueto de theremines que avisaba del regreso zumbón de los daleks.