Recuerdos de un laberinto habitado

Leo que los habitantes del barrio Vistalegre se quejan del abandono municipal y evoco un itinerario cotidiano del pasado.

Eran tiempos fronterizos. El poder insistía en dar por terminada la transfiguración y a mí acababan de expulsarme de la adolescencia. Era un verano adormecido en una vaga memoria hasta que las noticias me han hecho recuperarlo.

Todos los días laborables, al declinar la tarde, emprendía un camino que iba desde el sitio llamado Las Antenas, en el Paseo del Alta, hasta la bajamar ocupada de lo que fue la sexta ría de la bahía.

Tenía que salvar a la vez la distancia y el tedio. Como no tenía prisa, podía introducir variaciones y demoras, y enseguida aprendí a romper la monotonía del Paseo militarizado introduciendo pausas, rodeos, falsos atajos, pequeños y grandes desvíos y desvaríos.

Pronto descubrí que aquellos lentos regresos me producían una tranquilidad rebelde y lúdica. Le conferí al itinerario una condición de laberinto con mis normas y mis constricciones, como las ratas más felices de la literatura potencial. Y, como ellas, con mis propias trampas, entre las que avanzaba hacia la noche para sentirme en un no lugar sin orden ni concierto externos.

Recuerdo los tramos de Prado San Roque, el Pilón, Vistalegre, parte de la Atalaya, la Plaza de la Leña, las calles y travesías de Liébana, la Enseñanza, San Matías, Cervantes, bruscos cambios de rasantes e islotes, núcleos intermedios y solares tenebrosos que a veces se iluminaban con inesperados fulgores.

Alteraba las derivas ejerciendo de transeúnte en los bares, entonces abundantes y todos diferentes. No hacían falta muchas explicaciones para ser aceptado con una distancia cordial en aquellos círculos ajenos a la uniforme temporada alta que bullía en la ciudad de los planos y planes perfectos.

Como me crie en un barrio creado por una empresa en el que, aparte de una cierta separación entre vecindades según sus cualificaciones y especialidades, reinaba la homogeneidad de clase -un barrio, además, que se había organizado, luchado, a veces ganado, y tenía una épica que contar, derrotas incluidas-, me resultaba sorprendente la diversidad de aquellos núcleos urbanos donde se reunían todos los oficios y gremios nuevos y viejos: éstos oscurecidos por la melancolía y aquellos por la conciencia del paro y la precariedad de los primeros movimientos de eso que llaman crisis o reformas. No había ricos, por supuesto, y solo unos bloques dispersos de población más acomodada parecían avisar de las interferencias futuras sobre las ruinas, los jardines asilvestrados, los solares cimentados sin prosperar de especulaciones anteriores.

Esa mezcla de gentes, edades y labores imprimía un ritmo sincopado, improvisado, alegre, pero con el balanceo de tristeza que pedía Morais para hacer una samba con belleza: “algo que llore, algo que te pierdas”.

Pero todo eso es ahora estética de un testimonio perezoso. Yo era un transeúnte varado entre los actores en la tarde intermareal que se dejaba involucrar en conversaciones que irremediablemente confirmaban el antitópico: no hay tantas cosas en el cielo y en la tierra que no puedan ser contempladas desde la filosofía de lo mínimo común.

Estaban el tabernero pluriempleado, padre joven, que me daba consejos para conservar un empleo al que yo ya había decidido renunciar lo antes posible tras jurar odio eterno a los mayoristas de largas distancias; su colega de enfrente, que alguna vez me pidió que lo acompañara a casa, dos manzanas más allá, porque le daba miedo ir solo con el dinero de la caja aunque llevaba un cuchillo enorme envuelto en papel de estraza; el grupo de barrenderos que esperaban el cambio de turno y temían al metano de los vertederos porque habían asistido a una combustión espontánea; la casi anciana que llevaba en la cartera una fotografía de la tumba de Marx pero prefería a Bakunin; el motorista que empujaba la máquina recitando en latín y griego por los callejones cuando iba bebido porque había pasado por un seminario; el emigrante retornado que había trabajado con los verdes alemanes; los ludópatas fumadores de hachís del rincón más profundo de un local de techos muy altos en un edificio con mirador de muros torcidos; el zapatero obeso, convencido de la decadencia de todo, que se planteaba adelgazar porque no cabía en su local; la cuadrilla de recaudadoras de tragaperras, salvajes como sus contadores a manivela; la camarera con trofeos deportivos; los albañiles risueños con monos enyesados que parecían mimos idénticos y cantaban montañesas; los amantes cautivos de un horario estricto, el soldador mago, los expertos de todo tipo, que casi siempre lo eran de verdad (en quinielas, nudos, tornillos, mujeres, hombres, boxeo…); una mujer que todos los días preguntaba si alguien había visto a su hijo yonqui o al menos al otro; las locas del club de alterne que pasaban cargadas con bolsas de hielo, el carpintero que temía los nudos de la madera, la regadora de geranios y paseantes… y la inmensa mayoría cuyas peculiaridades eran inabarcables, invisibles o inefables.

No tiene ningún mérito entender ahora que aquel territorio de fronteras cruzadas empezaba a deslizarse por las dunas de la limpieza social y la gentrificación. Pero creo poder afirmar que la mayoría de aquellas personas tenía conciencia clara de su presente y su pasado: en ellos se basaban para contestar las preguntas sobre el futuro y buscar consuelo en el recuerdo de una solidaridad que iba siendo abandonada ante una ciudad dispuesta a tomar al asalto los vestigios populares que la historia dejó en su periferia interior.

Expresaban con clarividencia su comprensión o intuición de la correlación de fuerzas (después de las transiciones y reconversiones) que les hacía presentir la futilidad de la resistencia, pese a lo cual, años después, muchos han actuado como siempre esperaron de sí mismos, aunque, hasta ahora, solo han podido confirmar el desprecio de las mayorías imaginadas e instituidas, rabiosamente coincidentes, de la ciudad cuya geografía especuladora asfixia su territorio desde el sur del cerro que los encierra.

Acabó aquel verano y la calle, el barrio, los bares, la gente de lo que tomé prestado como un laberinto lúdico y triste a la vez, se alejaron en el panorama como un paisaje se aleja de un tren.

Junto a las escalinatas de rellanos tendidos han instalado rampas y escaleras mecánicas. No buscan mejorar las ruinas, sino preparar el entorno para el asalto inmobiliario siguiendo el dogma del consumo de espacio urbano (un paraíso protegido por ángeles furiosos) que la realidad del mundo hace parecer cada día menos alcanzable salvo para los alucinados del blindaje, lo insostenible y la segregación.

Ya en los tiempos de mi relato, la gente joven pensaba en largarse y la de más edad esperaba no tener que hacerlo. La minoría restante trató y trata de resistir.

Viaje al presente

“La navaja de Occam (fragmento)” – ©Jesús Ortiz

Creo que estoy de acuerdo con Umberto Eco en que el viaje en el tiempo es ontológicamente imposible. Hay que ser otro para abandonar la línea propia, la protección (o la tiranía) de Cronos, sin romper el hilo de la conciencia, por flexible que este sea. Ígor Nóvikov dice casi lo mismo de otra manera, aunque lo suyo recuerda más a una partida de billar en un garito. (Eco también dice que traducir es decir casi lo mismo. Más allá, hay paréntesis.) El tiempo es tan simple y complicado que parece un escenario en el que cada uno (cree que) construye su propio laberinto. Es otra manera de decirlo que no cambia nada. Cada definición es un malentendido. Es mejor tomarlo como un juego de juegos. Cada malentendido es una restricción que estimula el gusto por la ciencia ficción injustificable, jocosa, paródica, la más seria, esa que puede recordar por nosotros lo que queramos al por mayor y permite perpetrar momentos y discursos como este íncipit que voy a abandonar enseguida a su suerte, incluso dejándolo sin fronteras, para hacer materia de esas cajas opacas de la fotografía. (¿He dicho opacas? (Un paréntesis es una grieta en el tiempo. Suena la máquina de ‘Doctor Who’.) El mundo cambia muy deprisa. El caso es que, de repente, me parecen más bien translúcidas. Volvamos al presente sin olvidar la actividad inesperada en su interior:) La misma opacidad que las hacía evidentes y vulgares deviene, al ser nombrada, una leve pero suficiente insinuación de transparencia enigmática. (Recuerdan un poco a aquel taimado Prisionero Cero al que solo se podía descubrir mirando de reojo.) Esas cajas cerradas, numeradas y etiquetadas (como si fuéramos a comprobar los datos y aceptar la utopía de la Ley de Protección) están abiertas a todo. Están, sin duda, abiertas a toda la ciudad. El embrollo de cables que generan multiplica las probabilidades. La maraña inalámbrica es aún mayor: es más difícil perfilar la percepción oblicua adecuada. No es necesario ni oportuno hablar de telarañas: las arañas son tejedoras cartesianas; no merecen nuestro miedo. Ni de micelios, que pertenecen al reino de lo fascinante y enteógeno, pero que en esta ciudad solo invocan gnomos de jardín en el extrarradio. La correcta simetría de los miradores con los registros grises lo disfraza todo de inofensivo. Pero el sopor inquieto, pero los sueños, pero los peros… Todo es accesible para todas las personas, pero ¿alguien tiene un plano de los circuitos solapados, interconectados o no? ¿Alguien fue actualizándolo desde el primer trazado, quizá en los tiempos en que la propiedad era vertical y todo estaba muy claro? ¿Mantienen todos los recorridos, activos o no, las funciones y estructuras con que fueron creados o los cruces y encuentros han producido un sinfín de estados latentes, probables singularidades que en un momento dado se toparán con la interrupción adecuada? ¿Oiremos un gran ¡clic! cuando eso ocurra? ¿Será, por el contrario, un hecho silencioso y sin la parafernalia mesiánica de la tecnoficción acomodada? ¿Ha ocurrido ya y no ha pasado nada? ¿Ha sido parasitado por una inteligencia autónoma autogenerada o alienígena a la que importamos un bledo tanto como a los dioses los debates escolásticos sobre su silencio? ¿O tenemos que resignarnos a entender que esa potencia latente de memoria y transmisión (hay 20000 sensores y se van a poner más, pero la gran mayoría solo funcionan como escapularios) proclamada en la última década no es más que la barraca ritual (creadores de contenidos: así se autodenominan los sacerdotes) de las rentas de la especulación que nos ofrece un viaje a su futuro si hipotecamos el nuestro?

.

El sueño de las alambradas

Sueño que un comercial intenta convencerme de instalar alambradas con cuchillas en una propiedad que no tengo. Estamos en los Jardines de Pereda. Han convertido el Centro Botín en un centro de detención de inmigrantes. En el interior, una multitud de todos los géneros pobres se agolpa contra los ventanales. También hay gente acampada en la terraza: “Póngase en nuestro lugar”, gritan. Sé lo que dicen, pero no lo oigo por culpa del ruido de las escamas de cerámica al caer. “No haga caso; considérelo una ‘performance’; son una peste: se comen todas las protecciones”, dice el vendedor, muy serio y uniformado, y vuelve a la carga. Afirma que me han nombrado dueño del mundo y tengo que asumir mis responsabilidades. Se transforma en una imagen del presidente regional y manifiesta que nuestra pequeña autonomía es infinita y debe protegerse del exterior. Es un busto parlante de dos dimensiones. Lleva un escapulario de Nuestra Señora de la Oportuna Ecuanimidad. Parece un personaje de South Park o un colaje de Eduardo Arroyo. Quiero soñar que me despierto entre sudores fríos buscando la definición de biopoder, pero todavía no es una pesadilla. Alguien cuenta un chiste de carniceros: se quejan de la competencia institucional. El presidente se convierte en el de los hosteleros y pide que le sirvan. Acude una legión de autómatas. Ahora lo entiendo: sobran camareros. Vuelve el vendedor. Me doy cuenta de que el uniforme es de baja calidad. Se le despegan los logotipos de tantas subcontratas. Le pagan poco y tiene que poner él la bicicleta. Pero no le importa: cuando llegue el Gran Asalto, tendrá alambradas con las mejores navajas. Lo pone en el convenio. Por eso cree que va vestido de general. En los sueños, se sabe todo. Seguirá esforzándose para que no lo despidan y, aun así, lo harán, porque, aunque hay cercos de sobra (pero no: nunca están de más), llegará un momento en que las alambradas se venderán solas. Rechina un bandoneón desafinado, un tango horrísono: son sus pensamientos. “No estamos hablando de mí -protesta herido en su orgullo-. Salga de mi mente, por favor, y recuerde que esto atañe a la historia de las civilizaciones. Hay que proteger ese patrimonio. Hay que asegurarlo todo en todos los sentidos”. Le pido disculpas y le digo que me lo pensaré. Se va desconfiado después de darme una tarjeta que no consigo tirar a una papelera. Me la devuelve una y otra vez. No me queda más remedio que despertarme.

Cantabria: marcos y postales

Hace casi un mes, me llamó la atención un tuit de un representante de una formación política cántabra no sé si emergente (fue el día de los inocentes; tampoco sé si eso significa algo) sobre un comentario de un miembro de otro partido ya asentado: “No todos los pueblos pueden ser de postal”, dice el primero que le dijo el segundo.

Pensé entonces en escribir un artículo explicando lo muy injusto que me parece el tópico que reduce las tarjetas postales ilustradas a muestras de estética adocenada y belleza académica ignorando una historia llena de guerra y ocio que reúne todos los estilos, géneros, temas, tradiciones, vanguardias (cadáveres exquisitos, readymades, collages, ejemplares únicos o modificados arrojados al mar incierto de los servicios de correos) y, por supuesto, propagandas y usos abyectos, triviales, militantes, doctrinarios, eróticos, rebeldes…

En eso estaba, pero enseguida se me ocurrió que, al fin y al cabo, la afirmación del político solo era una consigna más de las muchas creadas para cerrar o limitar un debate (en este caso, uno tan amplio como el mundo: el del territorio y el medio ambiente) mediante una declaración de impotencia del poder, que se justifica dogmatizando sobre la naturaleza de las cosas: no pueden ser de otra manera. El razonamiento sería irrefutable si la impotencia no fuera voluntaria. Pero eso se disimula agitando ante el máximo común denominador del electorado sonajeros de beneficios colectivos de intereses privados, fetiches de servidumbre voluntaria y toda la parafernalia kitsch del oficio demagógico… Y entonces recordé la frase de Milan Kundera (“el kitsch es la negación absoluta de la mierda y el ideal estético de todos los políticos”) y me topé con lo inexpresable y el aburrimiento.

Ahora leo que el vicepresidente y consejero de Cultura del gobierno de Cantabria está haciendo una campaña de promoción turística poniendo marcos gigantes de madera en marcos incomparables. Tanto si han decidido complementar la impotencia voluntaria con una suerte de ironía voluntaria sobre sus propios actos con el fin de aplicar la máxima de que lo importante es el bullicio de los titulares como si ni siquiera habían contemplado esa posibilidad (el acierto por azar también tiene su mérito), se confirma que les urge aplicar el modelo. Me cuesta creerlo -están acostubrados a la falta de oposición real-, pero igual temen que aumente la disidencia.

La selección de los paisajes que merecen un marco y los pueblos que tendrán el dudoso privilegio (palabra que delata una injusticia) de ser de postal está hecha y la exhiben, por supuesto, con impacto sobre el paisaje. No lo pueden hacer de otra manera: el marco está para que ellos se fotografíen a su lado, para separar la forma del contenido.

La política económica basada en el turismo busca la utopía de la mirada perfecta, clientes que sepan apreciar lo que se les ofrece prescindiendo de observaciones superfluas. Eso requiere un dominio de la escena y la tramoya para el halago de los espectadores. Los habitantes deben ser figurantes de paisajes y postales con censura previa (los medios, los mensajes…) o camareros en precario, o guías de temporada o relatores de tiempos pasados para los visitantes, aunque de estos se espera que interactúen lo imprescindible para pagar y no pretendan ejercer de viajeros ni exploradores, ni busquen descubrir nada imprevisto ni en sí mismos ni en los demás: se les dará el tipismo y el folclore justos y necesarios, pero habrá aparcamientos y minigolfs y festejos adaptados para que esa mayoría que viene del vértigo urbano se sienta como en casa, es decir, sienta que no ha abandonado el espectáculo de “su” civilización de ciudades insostenibles.

Los pueblos de postal y los paisajes con marco sufrirán las consecuencias tanto como los excluidos de la categoría. Ambos serán réplicas de las especializaciones de las estructuras urbanas. Unos tendrán marcos y calificativos de postales y otros quedarán fuera de campo, pero la mayoría de los habitantes tendrán que conformarse con los consuelos mal pagados del mismo espejismo y con oír que no hay alternativa hasta que de verdad sea tarde para construirla.

Por eso conviene recordar que las postales, entre otras muchas cosas, también pueden ser denuncias. Y que un marco solo es un recorte.

César Abín y James Joyce despiertan sospechas

No te conviene soñar que paseas por la dársena de Molnedo porque lo más probable es que te encuentres con César Abín, que se ha topado con James Joyce a la salida de Shakeaspeare and company y se han alejado para discutir sin testigos. Ambos te miran, te señalan y se acercan con un plan determinado. Se aproximan sin andar, porque los sueños prefieren las fotonovelas a los planos secuencias (una voz te dice que llegan mientras permanecen inmóviles), manejan con habilidad la incertidumbre, incluso se insinúa la pesadilla, pero, de pronto, el dublinés te pregunta (y te sientes elegido aunque no hay más paseantes): oiga, perdone, ¿sabe dónde está la barraca de Delvaux?, y, ante tu estupefacción, añade: buscamos a los espectadores de la Venus dormida, no a ella, a los espectadores, usted me entiende, ¿verdad?

Y entonces Abín ordena a unos estibadores invisibles que apilen ante la bahía, haciendo fachada, diversos objetos del muestrario oficial del siglo XX, de manera que obtiene en 3D la caricatura que Joyce aceptó o dirigió para sí mismo. Ya es leyenda en Cantabria y en París: la publicó la revista transition (la brisa pasa las hojas) pero no sabes cuánto tiempo estuvieron hablando de ello ni por qué hay dos versiones sobre la concepción del dibujo. Después de la revista, la presentó el diario L’Intransigeant con la presunta transcripción de un diálogo entre el autor y su obra firmada por Les Treize de la que surgió entre los pocos felices el mito del juicio del bistrot, que puede ser una confirmación anticipada de la explicación recogida en la monstruosa biografía de Joyce que escribió Richard Ellmann, según la cual el dibujante fue empujado por el escritor hacia su sarcástica percepción de sí mismo, y les vas a preguntar a esos dos cuál es la pura verdad (tu ingenuidad no tiene remedio), pero entonces aparece un bote sobre las aguas negras (no te has dado cuenta todavía si es de noche o de día; supones que es de noche porque estás dormido y la barca sale de un abismo lotófago) con un fanal en la proa y otro en la popa y en medio dos fornidos remeros que se parecen a Ernest Hemingway y Arthur Cravan. Arrastran ristras de guadañetas repletas de maganos alucinados por las farolas. Dan varias vueltas jaleados por Joyce (Abín permanece en respetuoso silencio; tu silencio no cuenta porque estás soñando) y, cuando apenas consiguen atracar sin destrozar los pantalanes, suben a bordo los dos como si fueran Zeuxis y Homero no sin antes aconsejarte adoptar el papel de un narrador sensato, omitir las preguntas que parecen impulsarte hacia la barca sobrecargada, permitir que esta se aleje sin implorar cobijo, fingir ignorar ese material que crees haber descubierto y optar por despertarte lleno de sospechas burlonas. Y, cuando lo consigues, lo primero que recuerdas es a otro gran ausente: Kafka, por supuesto.

James Joyce por James Joyce – El célebre escritor irlandés visto por el dibujante César Abín.

L’INTRANSIGEANT, jueves, 23 de febrero de 1933

Cuando el dibujante César Abín hubo hecho llegar al señor James Joyce, el célebre escritor de lengua inglesa, la caricatura que reproducimos aquí, se presentó en casa del autor de ‘Ulises’, que vivía entonces -esto era en junio de 1932- en la tranquila calle de Passy.

-Le he enseñado su dibujo al patrón del bistrot vecino y a algunos clientes habituales -le dijo inmediatamente James Joyce-. Todo el mundo se ha reído. Enseguida he comprendido que me habían reconocido. Porque yo no creo mucho en la crítica de arte. Sólo los patrones de bistrot son competentes en este asunto.

 Después, bruscamente, James Joyce se puso a interrogar a César Abin:

 -¿Qué idea tiene usted de Goethe? ¿Cree que era guapo o feo? Era guapo, ¿no? ¿Cómo lo imagina? ¿Un hombre grande con bonitos ojos? ¿Es eso? Pues bien, para el retrato de mi cincuentenario, actúe con toda libertad. Hágame aún más feo de lo que soy, como me ve o como mis amigos me ven. ¡Mire mis piernas! -prosiguió-: completamente flácidas… ¿mis muñecas?: alambres. Casi no tengo dientes. Y soy ciego… Sólo tengo de bueno lo que Dios me ha dejado…

Pero, como César Abín no preguntó a James Joyce qué le había dejado Dios, la conversación terminó con esas palabras.

 Les Treize.

Esto es lo que cuenta Richard Ellmann en su biografía de James Joyce (Oxford University Press, 1959-1982. En español: James Joyce. Traducción de Enrique Castro y Beatriz Ramos. Barcelona: Anagrama, 1991):

Los Jolas deseaban publicar en la revista “transición” un retrato de Joyce para celebrar su cumpleaños, y Joyce estuvo de acuerdo en que se le encargara al artista español César Abín. Pero, cuando el retrato resultó ser la figura clásica del artista en bata rodeado de sus libros, Joyce quedó descontento y durante quince días propuso un cambio tras otro. “Paul Leon me dice que cuando me paro agachado en una esquina, parezco un signo de interrogación”, dijo. Alguien lo había llamado “un comediante de nariz azul”, por lo que insistió en que se le pusiera una estrella al final de la nariz para iluminarla. Para sugerir su luto por su padre y su abatimiento crónico, deseaba llevar un sombrero negro, con el número 13 marcado y telarañas alrededor. Debía sobresalir del bolsillo del pantalón un rollo de papel con la canción “Déjame caer como un soldado”. Su pobreza debería ser sugerida por parches en las rodillas del pantalón. El punto del signo de interrogación debía tener la forma de un mundo, con Irlanda como el único país visible en la faz del mundo y Dublín en negro. Así se hizo.

'James Joyce'. César Abin, Transition 1932.
Caricatura de Joyce por César Abín. transition n° 21, marzo de 1932.

Santander, 1897: ¡Que vayan también los ricos!

En el otoño de 1897, el entorno del cuartel de María Cristina era un paisaje rural. Un poco más abajo de la fortificación, la finca conocida como “de la hija de la Castellana” ofrecía los servicios de un verraco suizo y chato. Las garitas orientadas al norte vigilaban prados y vaquerías. Los centinelas que miraban al sur, sin embargo, observaban un mundo más complejo: la ladera, cubierta de arboledas, casas con huertas y cuadras, se iba convirtiendo, al volverse ciudad, en un laberinto de cuestas, callejones y escaleras entre tejados, y después se abría la planicie con edificios de pretensiones racionalistas, regionalistas, señoriales y siempre eclécticas, hasta que el ensanche inacabado se unía al frente de la Ribera para mirar sobre las dársenas y las navegaciones de la bahía el fondo prehistórico de montañas y niebla.

Aunque el camino sobre el cerro tenía tradición militar, el cuartel no era muy antiguo. Se había construido en el lugar llamado Prado San Roque en 1885 para sustituir a los arruinados cuarteles de San Felipe y San Francisco. Tenía capacidad para más de mil hombres de infantería y caballería, pero la ocupación siempre había sido mucho menor. No se había llenado hasta que empezó a ser utilizado para albergar a las tropas que partían para Cuba, y tampoco había generado noticias alarmantes hasta que la prensa se vio obligada a recoger, a finales de octubre, los rumores de un motín.

Con todas las precauciones, y excusándose en la insistencia de la calle, se publicó que, al parecer, se había producido un conato de sublevación entre los mozos de reemplazo concentrados para embarcar en el vapor Colón el 5 de noviembre: “Se dice que lo hicieron a la voz de que con ellos lo hicieran los ricos”. Además, se comentaba que habían aparecido pasquines contra la guerra en los urinarios de la estación de ferrocarril y otros puntos de la ciudad. A pesar de las inquietantes reuniones de mandos militares y autoridades civiles, todas las instituciones mantenían una absoluta reserva sobre el asunto.

Los periódicos, incluso los menos sumisos a unas élites habituadas a negar sistemáticamente la existencia de conflictos sociales, temían las reacciones del ejército, cuyo prestigio estaba en evidente retroceso. Por aquel entonces, no era raro que grupos de oficiales se presentaran en las redacciones exigiendo la retirada o rectificación de cualquier crítica, por leve que fuera, amparándose en supuestas lesiones al honor de las fuerzas armadas.

Además de estos actos más o menos espontáneos, pesaba sobre el derecho a la información y la libertad de expresión el llamado “criterio institucional”, que permitía censurar cualquier noticia relacionada con lo militar: en el concepto cabían todas las arbitrariedades.

El imperio español estaba atascado en la que sería la última de las guerras de descolonización de Latinoamérica. Desde 1868, enfrentaba las sublevaciones independentistas con cambios de estrategia que alternaban la negociación con la represión. La isla estaba llena de trochas incapaces de contener a las guerrillas, campos abandonados por los desplazamientos forzados de la población (España fue pionera en los campos de [re]concentración), ingenios azucareros saboteados y soldados coloniales sin voluntad de victoria, enfermos y hambrientos (apenas una sexta parte de las bajas se debía a los combates), dirigidos de un modo errático y utilizados como mano de obra gratuita para mantener las plantaciones (muchos mandos y funcionarios cobraban por ello).

El reclutamiento no gozaba del aprecio popular; el patriotismo, valor que se proclamaba universal, se ejercía con desigualdad. Ir a la guerra era cosa de pobres. El servicio militar podía evitarse mediante pagos en metálico o presentando un sustituto. Duraba doce años, con un mínimo de tres en servicio activo. La consigna “Que vayan también los ricos” era frecuente.

La prensa santanderina de mayor difusión era más dada a la autocensura y menos diversa que los medios estatales, pero, además, entraban en juego otros factores que la obligaban a tocar el tema y minimizar el incidente. Tenía que defender el prestigio y la condición de plaza militar de la ciudad. El aumento de la guarnición permanente era una vieja reivindicación. Desde las guerras carlistas (la última acabó en 1876), existía el temor en la ciudad a quedar desguarnecida. Además, recientes planes de convertir el cuartel del Alta en hospital habían sido muy contestados. Y contaba también la rivalidad con Santoña, que se postulaba como mejor defendida(1)El 31 octubre: El Avisador de Santoña publicaba un artículo titulado “Santoña y las expediciones”:La acumulación de expedicionarios a … Continue reading; los santanderinos veían como una amenaza cualquier atisbo de cesión de capitalidad.

Así, tras la confirmación del rumor, los principales periódicos y las fuerzas vivas emprendieron una campaña que reducía los hechos a un momento de indisciplina irrelevante propio de reclutas aún no adoctrinados, alcoholizados y acostumbrados -afirmaba de forma algo sorprendente El Cantábrico– a no respetar a las autoridades de sus pueblos. Se trataba de una bronca infantil provocada cuando algunos habían pretendido prolongar las horas de paseo. Ante el rechazo de los oficiales, los soldados habían protestado tirando al aire las almohadas de las literas. Nada de sublevación, ni motín, ni exigencias de igualdad, ni siquiera algarada: una tontería corregida de inmediato que no debía tener consecuencias

Pero, por si surgía alguna duda -y de un modo un tanto contradictorio-, se remarcaba la inocencia de los cántabros. Los casi amotinados eran “vascongados y navarros”, es decir, procedían de las provincias que habían perdido el derecho foral a no sufrir las levas. En Cataluña, Navarra y País Vasco no había existido reclutamiento forzoso hasta 1.878. A las consideraciones de clase, se unía en las “provincias díscolas” la oposición histórica e identitaria al servicio militar(2)La Libertad, diario de Vitoria, explicó sin reparos: Los mozos que han de embarcar uno de estos días con dirección a la Gran Antilla llegaron à … Continue reading.

Cuando fuentes locales (La Voz Cántabra) y estatales empezaron a hablar abiertamente de motín con contenidos reivindicativos (y, según las tendencias, culparon a los socialistas y republicanos, justificaron en mayor o menor medida a los alborotadores o exigieron mano dura), la Liga de Contribuyentes, la Cámara de Comercio y el Ayuntamiento manifestaron solemnemente su preocupación por las consecuencias de una valoración excesiva del incidente y enviaron mensajes al Gobierno para afirmar la lealtad y disponibilidad de la ciudad.

No obstante, mientras se publicaban unas supuestas declaraciones de oficiales en las que ratificaban que entre los promotores de la protesta no había reclutas “de la zona” santanderina y se felicitaba a la población por la lealtad de sus vástagos (“son un dechado de subordinación y se sienten orgullosos de mandar tales soldados”), se supo que los 257 reclutas foráneos (esperaban la partida 468) habían sido trasladados a Santoña (3)El 25 de octubre 1897, una nota escueta pretendía zanjar el asunto: Ayer salieron para Santoña en el tren de Bilbao 257 reclutas procedentes de las … Continue reading y que el Alto Mando no era partidario de mantener las agrupaciones en Santander para no verse obligado a aumentar la guarnición en previsión de nuevas insubordinaciones. Por otra parte, la dotación de la Guardia Civil había sido reforzada con 90 hombres traídos de la provincia, lo cual hacía sospechar que el incidente había despertado más temores de los divulgados. Las paradojas seguían aflorando, pero el tiempo jugaba a favor del orden.

El día 5, según lo previsto, se produjo el embarque. Llegaron en tren los acuartelados de Santoña, se unieron a los demás y no se produjeron altercados. El Ayuntamiento obsequió a cada soldado con café, un panecillo y dos cajetillas de cigarrillos.

El día 8, con las aguas calmadas por la distancia, El Correo de Cantabria publicó un artículo, titulado “Cargas sobre Santander” con una lista de quejas que detallaba el sentimiento de agravio(4)Celebramos que hayan sido innecesarias las precauciones que se adoptaron, pero (…) esas precauciones han sido una nueva carga para este agobiado … Continue reading.

Sin embargo, los acontecimientos, en pocos meses, resolvieron el tibio debate confirmando tanto el desastre como la injusticia: los ricos repatriaron sus capitales y los pobres lloraron a sus caídos(5)Aunque las cantidades varían según las fuentes, se suele considerar que más de 250.000 soldados españoles combatieron en la Guerra de … Continue reading. España salió de Cuba en agosto de 1898. Antes, otras noticias dispersas prefiguraban el desenlace. En enero, como un involuntario sarcasmo y un mal presagio para el porvenir de miles de personas, las capitanías generales prohibieron a los soldados repatriados que implorasen la caridad pública.

[FAG id=6049]

Notas

Notas
1 El 31 octubre: El Avisador de Santoña publicaba un artículo titulado “Santoña y las expediciones”:
La acumulación de expedicionarios a Cuba en Santander, es por tanto, comprometido, y lo será aun más en lo sucesivo. Los horrores del clima y de la guerra en la Gran Antilla, demostrados por las espantosas cifras de mortandad, han llegado a conocerse en las más oscuras aldeas. Los jóvenes llamados al cruento sacrificio quieren que participen de él los hijos de los ricachos exceptuados por un puñado de pesetas, como pareciendo poner precio á la vida del que ha de sustituirle y, esto, indigna; porque únicamente a indignación atribuimos las protestas de los jóvenes quintos desconocedores todavía de sus deberes como soldados.
Pero estos arranques, entre los que han sido llamados á las filas, son solo dignos de la desaprobación general.
Llegado el momento de acudir a defender la patria, cúmplase esa honrosa misión; después, maldígase a los que aman la patria para gozar en la ventura y rehuir á las penalidades que ella le impone.
(…)
Por las razones expuestas, de la imposible acumulación de expedicionarios en Santander, donde ocurrirán actos de insubordinación, por falta de elemento militar suficiente, además de la condición populosa de aquella ciudad, siendo más dificultoso reprimir cualquier desorden, el sentido común aconseja que las expediciones permanecieran en Santoñas… y ¿porqué no? Hasta embarcaaran en nuestro puerto, de indiscutibles condiciones de entrada y salida para los barcos trasatlánticos.
En esta plaza, puramente militar, con espaciosos cuarteles para alojar reclutas y relativamente suficiente guarnición, no habría lugar a temor alguno, y esto, sin recurrir a los procedimientos de la fuerza.
Aquí no simpatizarían los socialistas con el soldado ni el pueblo les prestaría su apoyo ni los reclutas osarían faltar a sus jefes.
Las condiciones de Santoña para esto son excelentes y naturales por ostentar el título de plaza fuerte, y lo prueba la llegada de los 257 quintos y la conducta que estos siguen, tan diferente a la que observaron en la capital
.
2 La Libertad, diario de Vitoria, explicó sin reparos: Los mozos que han de embarcar uno de estos días con dirección a la Gran Antilla llegaron à amotinarse en el cuartel de María Cristina. Parece que á los amotinados exaltó el ánimo lo que habían leído y oído respecto á desigualdad en las clases militares haciéndose relación á lo que ahora se discute acerca, del servicio obligatorio.
3 El 25 de octubre 1897, una nota escueta pretendía zanjar el asunto: Ayer salieron para Santoña en el tren de Bilbao 257 reclutas procedentes de las zonas de reclutamiento de Navarra y provincias vascongadas, que por o visto era el elemento perturbador que existía en el cuartel de María Cristina. Quedan aquí 211 reclutas de esta zona que recibirán instrucción desde aquí al día 5 en que embarcarán para Cuba.
4 Celebramos que hayan sido innecesarias las precauciones que se adoptaron, pero (…) esas precauciones han sido una nueva carga para este agobiado vecindario. Esas precauciones han tenido aqui algunos días a noventa guardias civiles reconcentrados, dejando desamparados a los vecinos de los pueblos donde aquellos prestan servicio y castigando á la ciudad con el servicio de alojamientos.
Y como esas reconcentraciones están hace años en nuestra provincia a la orden del dia, ocasionándose a los de la benemérita enormes perjuicios, es preciso que Santander proteste solemnemente para que se dote á esta plaza de la guarnición que la corresponde para que de una vez desaparezcan los inconvenientes que dejamos señalados.
El puebio viene haciendo desde los comienzos de la guerra de Cuba incalculables sacrificios que en nada le agradecen nuestros gobernantes.
Súmense los miles de pesetas invertidos, muy bien por cierto, pues el soldado todo se lo merece; pero súmese repetimos lo invertido por el Ayuntamiento en dar socorros a todas las muchas expediciones que se han hecho por este puerto, y con esa partida podremos encabezar la cuenta de sacrificios llevados aquí a cabo sin tregua ni descanso.
Véanse los servicios realizados por este hidalgo pueblo desde que llegó á nuestro puerto el primer trasatlántico con soldados heridos y enfermos procedentes del ejército de Cuba, y dígasenos si el Gobierno no es con nosotros incomprensiblemente injusto e ingrato.
Pueba al canto. Publica el ministro de la Gobernación un decreto para que mientras dure la fiebre amarilla en Cuba, recalen en Santander todos los vapores que conduzcan infelices desvalidos y para nada se ocupa de la deplorable situación en que se hallan los servicios del lazareto de Pedrosa, que es por donde debía haber empezado para no envolvernos y verse envuelto el día menos pensado en gravísimo conflicto.
Surge un disgusto entre los reclutas en el cuartel de María Cristina y el Gobierno manda que se tome lujo de precauciones, pero no cae en cuenta o no quiere caer de que en esta plaza no hay más que veinte soldados de guarnición á pesar de residir el Gobierno militar de la provincia. Esto es inconcebible y llega al colmo de la inconsideración.
¿Para qué se impuso á este pueblo la inversión de muchos miles de duros en la construcción del cuartel modelo de María Cristina? ¿Para qué queremos este gran edificio?
Lo que está ocurriendo con la falta de guarnición y con tener los servicios del lazareto en el estado más deplorable, es además de muy comprometido para la salud y tranquilidad de los habitantes de Santander, altamente ridículo para nuestros gobernantes
.
5 Aunque las cantidades varían según las fuentes, se suele considerar que más de 250.000 soldados españoles combatieron en la Guerra de Independencia de Cuba; de ellos, fallecieron unos 60.000. El bando cubano perdió alrededor de 9000 guerrilleros y el número de civiles muertos en los llamados “campos de reconcentración” se sitúa por encima de los 200.000.

Plaza de Italia: los nombres, la memoria y la forma

En Poznan (Polonia), después de la caída del bloque soviético, decidieron cambiar el nombre de la calle Jaroslaw Drawoski, combatiente de la Comuna de París, por el de Henryk Drawoski, fundador de la Legión Polaca. El cambio sólo tuvo efectos en los viandantes avisados, esa minoría que no se apresura a invisibilizar los homenajes urbanos.

En París, en 1879, encontraron oportuno llamar Denfert-Rochereau a la Place d’Enfer (Plaza del Infierno), pero esa es otra historia en la que el diablo permanecía oculto mientras culpaba a los desplazamientos semánticos de los pasos inferiores. (1)Por aquí hubo polémica cuando alguien sugirió cambiar el nombre a la calle Alcázar de Toledo por el apelativo medieval.

La Plaza de Italia de Santander fue primero Plazoleta del Pañuelo y luego de Augusto González de Linares hasta que las tropas fascistas italianas, en 1938, recibieron el agradecimiento del franquismo. Supongo (no sé si se ha hecho explícito) que la democracia formal da por olvidados los motivos de la denominación actual y prefiere mantenerla en vez de volver a la popular o a la del científico, es decir, opta por la triste solución de la memoria salomónica: los que quieran asociar el lugar a otros nombres persistentes (el del general Dávila, Alonso Vega, Reguera Sevilla(2)Éste más intocable aún, pese a la cuesta escasa que le adjudicaron, por sus esfuerzos para impulsar una idea de promontorio vanguardista al … Continue reading, etc.) pueden estar tan satisfechos como los que celebran que Italia saliera del fascismo mucho antes que nosotros. Es una falacia brutal, pero, ¿a qué mayoría le importan las falacias?

El caso es que, si las embellecidas infografías no mienten, la remodelación que ahora se está haciendo no va a tocar el nombre que tapó a los anteriores, sino el lugar, y creo que está claro que se trata de un borrado de la plaza que merece jugar a las interpretaciones simbólicas.

Desaparecen las formas onduladas propias de la burguesía de casino y balneario que modeló el entorno y son reemplazadas por parterres rectilíneos y vías peatonales que parecen incitar más al tránsito que a la permanencia. Los promotores mantendrán la retórica identitaria (“lugar de privilegio”), pero el recogimiento circular, los atardeceres socializantes de los veraneos, orgullo del clasismo santanderino, se someten a la cuadratura neoliberal del espectáculo turístico y financiero. Todos los proyectos de la ciudad la empujan hacia esa utopía del mundo uniformado como si sólo fuera una gran superficie comercial en construcción que debe cumplir reglas sagradas de formas, fetiches y contenidos.

Transformado el espacio físico, ¿importan los nombres? Sabemos que el nombre es lo mínimo, lo que queda, pero requiere explicaciones y capacidad de lectura. Creo que muy poca gente pregunta el por qué de los nombres de las calles; es más fácil mirar fotos de cómo eran antes, pero los motivos de los cambios también requieren palabras. En esa necesidad del lenguaje se unen las cosas y sus denominaciones.

Borrar los homenajes a los criminales y las falsificaciones sirve de desagravio a las víctimas, pero casi siempre llega tarde y no recupera nada más que emociones; y puede despertar contradicciones(3)Hace poco se rindió homenaje a los prisioneros de los campos de concentración de la Magdalena escenificando una fotografía de propaganda hecha por … Continue reading. El de la memoria y los monumentos ya era un debate viejo cuando Courbet tuvo que pagar la columna Vendôme (por allí andaba el primer Drawoski) pese a ser inocente: no quería destruirla, sino desmontarla, trasladarla o, como mucho, aplicar antes de tiempo la idea de Daniel Buren: una estatua derribada se convierte automáticamente en escultura.

Otra manera es añadir a los monumentos enmiendas, textos o intervenciones explicativas. Aunque los cambios de nombres y las demoliciones son espectaculares, sólo permanecen las instantáneas. Las notas a pie de pedestales mantienen el recuerdo y, por tanto, prolongan la vigencia del debate. El problema es que eso no suele gustar a ningún poder o aspirante a él porque suscita controversias con matices que no se limitan a las consignas.

En la antigua República Democrática alemana, alguien escribió Somos inocentes al pie de una estatua de Marx y Engels. ¿Podría ponerse un rótulo en la Plaza de Italia en memoria de Cavour y Garibaldi proclamando su inocencia? ¿Y una explicación sobre los nombres anteriores? Un mural con imágenes de su pasado quizá abriera un debate interesante sobre formas y funciones urbanas, aunque, si se puede hablar del incendio de Santander y repartir fotografías omitiendo (o justificando sin pudor) la especulación y la segregación, no es descartable que la nueva plaza se plantee como un homenaje a la antigua con la misma desfachatez.

Plaza de Italia e infografía del proyecto municipal.

Notas

Notas
1 Por aquí hubo polémica cuando alguien sugirió cambiar el nombre a la calle Alcázar de Toledo por el apelativo medieval.
2 Éste más intocable aún, pese a la cuesta escasa que le adjudicaron, por sus esfuerzos para impulsar una idea de promontorio vanguardista al servicio de Fraga Iribarne.
3 Hace poco se rindió homenaje a los prisioneros de los campos de concentración de la Magdalena escenificando una fotografía de propaganda hecha por los carceleros en lo que hoy es la explanada de las caballerizas. Algunos simpatizantes del régimen de Franco argumentaron en medios bien dispuestos a acogerlos que esa era una prueba de la humanidad del régimen. La falta de iconografía objetiva o aportada por los vencidos es muchas veces un problema para la reivindicación de la memoria, sobre todo en un mundo en donde se han hecho imprescindibles las representaciones e imaginaciones como soportes de las ideas y cuando se combaten décadas de adoctrinamiento prolongado por las versiones posteriores a la dictadura. Entre las muchas discusiones pendientes, está el de la utilidad, más allá del hecho de reconfortar a los ya convencidos, sean militantes o historiadores, de las ceremonias de este tipo, cuya resonancia es efímera y se pierde en el cúmulo de celebraciones. El palacio es templo de cultura, recuerdo de esplendores aristocráticos y escenario internacional de espectáculos veraniegos que incluyen reivindicaciones solidarias de todo tipo. Su conexión con la vida cotidiana de los habitantes de la ciudad es un asunto borgesiano de senderos que se bifurcan.